En la calle, Leidi le teme a la noche. No sabe leerla. A veces un detalle cobra dimensiones exageradas; otras, signos claros de peligro pasan inadvertidos. Trata de dar pasos firmes; ni lentos ni rápidos. Si en algún momento se detiene es por algún motivo. No le gusta el amargo sabor del humo. Lo soporta para esperar en una esquina, adoptar una posición, adquirir una estatura. Se siente bien en el gesto que lleva el cigarrillo a la boca, escuchando el ruido del tabaco que arde, viendo la voluta de humo. No conoce la palabra, jamás la ha escuchado y es poco probable que la escuche.
La noche le pone género a las calles que inunda, las vuelve masculinas. A muchos les pertenece, la habitan, la respiran, la beben, la cantan, la recorren. A las mujeres las expone, las señala, las desnuda, las desarma…
La maestría del manejo de las palabras de Nicolás Buenaventura Vidal se hace nuevamente presente en esta novela, su primera. La musicalidad de cada párrafo es cautivante, cada personaje, cada calle, cada espacio tiene su vida bellamente descrita.
Leidi y Ana viven en un contexto que obliga a crecer rápido, a ver violencia de la forma cruda y a sentir rápido el amor y cualquier otro sentimiento en el presente, porque el futuro es borroso.
« …una imprecisa imagen ya vista, un momento ya vivido que regresa, un desasosiego que se estira. En silencio se miran, se distinguen, se reconocen, se desconocen, se encuentran. »