Santiago de Chile, 2011. En un precario departamento del barrio Mapocho un prestamista ve, a través de un magnífico televisor en alta definición, las operaciones bursátiles del mundo antes de emprender un recorrido de impensables consecuencias a un mall del barrio alto.
Un jueves de protesta y pelotera, un senador de la república y presidente de partido —bajito, con el pelo como con laca y la cara llena de pecas—, decide dirigirse en su auto con chofer por el epicentro de la manifestación, sin dejarse amedrentar por la multitud que exige gratuidad, sin otorgarle valor a las cosas. Mientras, en un jueves muchísimo más preciso, el 25 de agosto de ese mismo año 2011, una mujer setentona y elegante, dueña —según la revista Forbes— de una de las cien fortunas más grandes del mundo, se dirige corajudamente, sin choferes ni guardaespaldas, en compañía de su hija y de su nuera, en una peligrosa noche de protesta, a ver los estragos causados por la turba resentida en una escuelita sostenida por su familia y por la sociedad de instrucción primaria que ella por puro desprendimiento dirige. Pero ese recorrido valiente —dirigido por un narcotizado narrador que la escribe— se transforma en un recorrido vital de su existencia y la enfrenta cara a cara con sus peores miedos y su peores —y reales—tragedias. La miseria a las orillas del Mapocho y el valor de mil pesos de 1979. La furia ancestral del pueblo mapuche y los privilegios de tener, en el patio de tu casa, una capilla del siglo XVII. La fobia a la sangre comprando calzoncillos en un mall capitalino y el pequeño cuerpo enterrado de Rodrigo Anfruns como la difusa metáfora de algo. Dinero, dinero, siempre dinero. Don Francisco juntándolo para la Teletón y ofreciéndolo a los favorecidos al son del Dispara usted o disparo yo. La plata y el resentimiento como una lacra. Y el origen de todo como unos cuerpos muertos y apilados en el desierto de Chile, iluminados por un bus serpenteante tocando las puertas de una real y conmovedora tragedia.
Qué hacer con el imperecedero odio patronal? Cómo lograr que la rancia élite latifundista empatice con el sufrimiento de los mestizos? En 200 años ha sido una tensión constante. La élite no cede ni un centímetro, y la única vez que estuvieron cerca de hacerlo utilizaron todos sus recursos, sus medios de comunicación, sus partidos políticos, sus funcionarios y sus saltimbanquis para torpedear el proceso de nueva constitución.
Chile es un fundo y sus dueños son ellos, no nosotros.
El libro contiene 4 relatos interconectados y utiliza una sátira acidísima para conseguir, incluso si es solo de manera ficcional, como ejercicio de imaginación, que dos de aquellos representantes de esa elite latifundista deban sentir en el cuerpo el dolor de los otros. Es un libro cargado de humor negro de principio a fin, no se contiene, no se guarda nada, desacraliza la muerte de un grupo de chicas de clase alta para imaginar a la dueña de la sociedad de instrucción primaria demostrando algo de empatía. Vemos a Carlos Larraín corriendo a poto pelado, incapaz de apelar a su autorial patronal, en fin, es una sátira que emplea de manera brillante la metaficción con un propósito didáctico.
Me leí sus 260 páginas en una tarde. Échele un ojo o pídale al señor que se lo muestre.
lloré después de cada relato. conocí a marcelo leonart hace poco y le dije que este libro había cambiado la manera en la que funcionaba mi cerebro, logra acercar experiencias ya cercanas y destaca problemáticas históricas de nuestro país y me da risa que el narrador (quien imagino es la misma voz de marcelo leonart) de vez en cuando interfiera entre paréntesis para derrochar su odio y rabia. es un libro para SENTIR y LLORAR y recordar las distintas maneras en la que la gente crece dentro de una sociedad tan dañada en el ámbito psicológico!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!