Diego Zamora Estay construye la ciudad marica como un gran palimpsesto donde las capas de sentido levantan cuerpos que se yuxtaponen, se tocan, se friccionan en notables microrrelatos, como suspiros maricas o colas que piensan un horizonte desviado. Esta caja de resonancias afectivas, de las primas, las locas amorosamente viejas o las infancias agraviadas por la violencia masculina del barrio, en la pobla o en el pueblo chico como infierno grande, son pantallazos del universo marica que el autor nos regala. Hay complicidad, algo así como sentir que conversamos con la amiga, con la loca, con la vecina que nos cuenta su vida intensa. El autor nos narra, nos cuenta, nos exhibe, nos propone un tránsito nómade cruzando las vivencias del VIH/SIDA más allá de las metáforas, las pandemias actualizadas como el covid-19 y el relato seropositivo como experiencia vital y compleja. Marica: cómo vamos a morir es una gran fotografía cultural, activista y aguerrida del universo marica local. Escritura lúcida, afectiva y que se graba como un mantra sexodisidente en la ciudad de la furia
La verdad es que es una lectura súper curiosa e interesante. El autor nos presenta diferentes perspectivas de la comunidad desde su punto de vista personal. Aunque no me sentí identificado con algunas partes del libro, debo admitir que se entrega un mensaje bastante claro y potente sobre aspectos importantes de la comunidad Marica. Cabe destacar que hay partes que no me llenaron lo suficiente o sentí incompletas y me dejaron deseando un poco más de contexto o narración en ellas.
"Marica: cómo vamos a morir" es un libro que te muestra la realidad de una parte de la comunidad que ha sido marginalizada gracias a la serofobia impuesta en la sociedad. Además de eso, es un libro que te deja reflexionando, sobre todo en el último apartado de este, donde el autor comienza a razonar sobre lo que ha vivido y presenta las injusticias que vive la comunidad LGTBQ+ en una sociedad que aún sigue cerrada en demasiados aspectos y que se ve cegada ante una evolución inclusiva para todes.
“Estamos de acuerdo en que no estamos de acuerdo”. Es una forma extraña de explicar lo que me pasó con el libro pero lo resumiría con esa frase. Me explico: la propuesta del Diego está muy bien hecha. Los textos tienen una cadencia hermosa y arrastran un oficio evidente. El imaginario, sus referencias y sus apuestas se llevan muy bien. Es un universo completo y coherente y le va a gustar a mucha gente. Pero no es el mío y soy hasta capaz de cuestionar su por qué.
Es casi un problema existencial el que tengo con el libro. El libro es bonito, sí, pero es que el autor está interesado en un mundo pintado completamente por la pena, la miseria y el patetismo. De hecho, el mismo Diego dijo en la presentación: solo me interesa el fracaso. Y no digo que eso esté mal. Pero su fijación se traduce en muchas decisiones que me sacaron.
Primero, el libro resulta demasiado, y repito, demasiado, Lemebeliano. No se trata de un “aire”, sino del mismo fraseo. Son, exactamente, los mismos adjetivos, usados en el mismo orden y en el mismo sentido.
Por otro lado, se trata de los mismos personajes de ese universo santiaguino gay de los 80 90 lemebeliano. Están igualmente descritos, tienen sus mismos problemas, sus mismos deseos y sus mismos cuerpos. El problema es que utilizarlos el día de hoy, encuentro yo, tiene un efecto mucho más anacrónico y me pareció al borde del cliché. Diego, que reconoció estar escribiendo de lugares que nunca ha visitado, llena la geografía más contemporánea del cruising con los mismos personajes de antes, como si su imaginación estuviera atascada en el pasado y se negara a mirar sus nuevos habitantes y terminara con retratos tremendamente tuertos y poco realistas, pero hermosamente escritos.
Y los diálogos, pucha, me parecieron impostados y poco naturales, como si el autor necesitara usar un linguo gay que ni siquiera se llevaba al momento en que sus personajes, supuestamente hablan. Eso me pasó. Es como si el libro estuviera desesperado en parecerse al pasado, en hablar como la literatura hablaba una década atrás.
No digo que no podamos seguir escribiendo o leyendo sobre las maricas tristes, las jóvenes mariposonas, las colibrís con el alita rota y las colas enamoradas de machos casados. Pero me pregunto por qué no plantear narrativas nuevas, por qué no inventar algo. Por qué, en este culto al pasado, en el respeto a las a las colas muertas y el honor a las antiguas experiencias de la enfermedad (que son importantes, concuerdo), no nos aventuramos a un nuevo lenguaje, a nueva sensibilidad, o a la menos, a palabras nuevas.
Pucha, puede ser el timming pero no logré conectar ni con autor ni su historia. La primera parte de retratos si logré ver como estas personas era puntos de su vida aunque varios superficiales. Pero la parte de "paisajes" fue una soberana lata: lugares comunes, nada que me dijera por qué este lugar es importante ¿solo porque es punto de encuentro del autor con la comunidad? ¿Nada más? ¿Esa cultura mágica" es la que identifica la ciudad que habita el personaje?
Quizás en otro momento, al releerlo las piezas encajarán mejor, pero el activista que entregan la visión del marica local a través de su propia historia me dejó... insatisfecho (a falta de una mejor palabra).
me da como cosa dar mi opinión de este libro porque relata experiencias que jamás voy a vivir. experiencias que nunca podré compartir, por diversas razones, y que me hacen pensar que, a lo mejor, no "entendí" el libro o no lo "aprecié" en su totalidad. pero bueh, dejo eso como disclaimer, como una incapacidad de mi conciencia a comprender.
"Marica..." es un libro atravesado por la enfermedad y la muerte, de eso se trata a mis ojos. de la experiencia homosexual ligada al eterno fantasma del VIH, así como a la muerte humillante de quien vive una vida distinta, desviada o queer. a momentos es profundamente patético, con un enfoque al dejarse estar o al representarse desde la enfermedad como un "na que hacerle" súper intencional. y, por un lado, me gusta. hay ciertos espacios no héterocis que se olvidan de que parte de la experiencia humana es no ser dignx eternamente. que nos dejamos de lado por poco. quizás es porque, al ser diversidades, sabemos que siempre habrá alguien que diga "ah, lo hacen Por Eso", como si ellxs fueran libres del pecado del patetismo.
en ese sentido, aprecio la tónica. lo hace real, humano, innegable. lo hace comprensible desde su absurdo.
sin embargo, a veces es como mucho. además, con este lenguaje medio Lemebel-core al peo que tiene al inicio, una jerga tan manoseada en su uso que parece forzada, cuesta seguirle el ritmo o apreciar en su totalidad a los protagonistas de las historias. es un patetismo rimbombante, patéticamente elevado. filo, estoy repitiendo demasiado la palabra, pero es que el texto en sí mismo termina un poco por agarrar la cualidad. te lleva al punto de pensar "ya, pero cómo chucha" más veces de lo seguido.
ésto, eso sí, sólo ocurre durante la primera mitad, aprox, del texto. más adelante la pluma cambia de manera radical, nos encontramos con ensayos autobiográficos del autor. estas reflexiones la verdad sí sacan un poco de onda porque, si bien siguen hablando de la experiencia VIH-Sida y la muerte, ya es en un plano mucho más cercano, personal y dolorido. no se asemeja en nada a la primera parte (que considero, dicho sea de paso, a los "perfiles" y a los "lugares" que relata), y me deja con la sensación de que leí libros distintos, que no se corresponden entre sí.
en suma, creo que esto es un boceto de algo que podría ser mucho mejor. un borrador a nuevos libros, ideas y textos. pero, en sí mismo, quedo con la sensación de un texto apresurado, poco original en ciertas partes, y con más ganas de expresar que de crear una obra de calidad. se establecen discusiones importantes, sí, pero no es suficiente. no da para "un buen libro" o "un libro" y ya. no sé. esperaba más, o simplemente algo muy distinto.
Hace unos días le escuchaba a la directora española Pilar Palomero (las niñas, la maternal) una frase que, al parecer, es dicha en su más reciente película, "Los destellos": la presencia de la muerte hace la vida mucho más interesante".
Y pensé en esa frase al escribir algo sobre este pequeño, frágil y magnífico libro, al que llegué por su editor, parte del equipo de una hermosa editorial chilena llamada Invertido ediciones, que lo lanzó a la vida pública hace pocas semanas (escribo esto un 13 de octubre) "Marica. Cómo vamos a morir", escrito por Diego Zamora Estay, recorre algunas vidas en la vida de un chileno homosexual que rebobina un poco para hablar de la primera mariquita a la que conoció; los paisajes que ha visto, donde se ha entregado y a donde ha terminado para lograr reflexionar sobre su propia vida como 'cola' con el 'chiste'.
En "Marica. Cómo vamos a morir" hay explicitud porque a todo hay que nombrarlo como lo que es. Para que exista. Para que sea visto.👁️💥 También es un relato que se levanta sobre lo sugerente. Su autor decide no subrayar algunas cosas y detalles, pero las marikitas todas lo entendemos. No hay que traducir demasiado, aunque hablemos en otro español. No hay subrayados porque como lectores (amplios, de todos los sectores y las esquinas) sabemos entender entre líneas.
Es una preciosidad de libro. Conversa acerca de la vida y la cercanía con la muerte. Habla de vivir y gozar. Es una oda a la acción de recordar con el corazón y también de la enfermedad como un soplo esperanzado lleno de vida. Cuánta inteligencia, cavilación y cuánto miedo reunido en un solo texto. Es de esos que se leen de un tirón.
Como el título nos adelanta, este texto habla sobre la muerte marica, una muerte que está media anunciada, suena predecible. El destino solitario, empobrecido y exiliado de los “Mariposones del barrio”, de quienes son parte del paisaje y reconocibles por la comunidad, pero nunca pertenecen del todo, quienes están para servir, ser generosos y ser discretos con su vida, se agradece sobre todo la discreción. Estos relatos que son muy íntimos, son también de memorias colectivas de las rebeldías sexuales: El niño colita, la chiquilla del barrio, el primo raro, personajes cotidianos marginados por las familias y la sociedad. Todos los textos marcados por esta geografía de las ciudades chicas y Santiago que sigue siendo un pueblo, nos hablan de lo que significa la vida en la diferencia. Nacer, crecer y vivir, pero por sobre todo como se vive y se resiste en un territorio inhóspito y hostil, en el que solo nos salva la ternura de la comunidad.
Yo no soy un hombre gay ni tengo VIH, desconozco gran parte de las experiencias de lo que es vivir como uno, incluso en mi propio país, incluso siendo parte de la comunidad. Nunca había leído un libro que hablara al respecto.
Este libro está separado en tres partes bien marcadas: Retratos, Paisajes, Lecturas. Que a su vez se sienten como: Vida, Sexo y Muerte.
En la primera, se nombran personajes rotos pero buenos pa la talla, como esa resignación con humor típica de Chile.
La segunda, parece ser un mapeo de “paréntesis inmorales”, dando ubicación a los encuentros más pe-culiar-es. Se despersonifica el colectivo gay para solo ser una masa sexualizada en frenesí.
Y al final, el mood cambia por completo, desde la escritura hasta las emociones que provoca, dando un vuelco hacia lo personal, de hablar más desde la verdad más que desde la escritura.
Quizás la intención era plasmar lo que es vivir, tener sexo y morir.
Aprendí mucho de este libro, de la comunidad gay, del VIH, de la muerte, la insensibilidad con la que asumimos el tiempo y la vida cuando en verdad no somos más que algo frágil y efímero.