“Dicen que, después de Bruselas, mientras Verlaine estaba en Mons, mucho antes de los campos de bananos, Rimbaud regresó al redil; que, en un sobrado de las Ardenas, en Roche, en tiempo de siega, rodeado de los campos y bosques en que los labriegos de la rama materna acamaron sus vidas en vanas siegas hasta llegar a Vitalie Cuif, ese pavoroso joven, ese bárbaro, ese corazoncito de hembra, escribió Una temporada en el infierno; o que, al menos, caso de que empezara a escribirla en otro lugar, en los dominios de Baal, en esas metrópolis en las que la civilización había caído bajo la pezuña de Baal, la pezuña tiznada, futurista, la acabó aquí, en este perdido y civilizadísimo rincón rural, bajo la pretérita claridad de las siegas. Y, cuando regresaban a la cocina, entre dos carretadas de gavillas, el hermano, las dos hermanitas pequeñas, la madre con su cara de diciembre en pleno mes de julio, cuando, por ejemplo, a las cuatro de la tarde se permitían un poco de sombra fresca, en la sombra fresca cortaban rebanadas de pan y las migaban en vino fresco para reanudar luego con más coraje su afanosa danza bajo el sol, esos segadores oían, allá arriba, sollozar al autor de la Temporada; y en esos sollozos hay quienes llevan un siglo queriendo oír el luto por haber perdido a Verlaine, por la desbandada de las ambiciones literarias, por el plomo definitivamente alojado en el ala; y también el luto por la videncia, y los recursos brujos para atraer al verbo, todo ello mojigangas futuristas que la Temporada descalifica sin rodeos; pero yo me pregunto si esos sollozos, esas voces, ese puño que golpeaba la mesa como un martillo cadencioso, no eran, más allá de cualquier luto, una alegría antiquísima y muy pura. Eran quizá los sollozos del estilo excelso, cuando, por casualidad, una vez en la vida, la gracia te concede el don de volcártelo en la página; los sollozos que la frase cabal te arranca mientras te arrastra hacia adelante; los que te estremecen cuando el ritmo cabal te empuja rabiosamente por la espalda, y entonces, deslumbrado, pillado entre ambos, dices lo verdadero; eres ese hombre insignificante que dice lo verdadero; y no sales del asombro de que en un triste rincón perdido de las Ardenas, en Terrier des Loups, en la inmediata cercanía de una mujer anciana, negra e insensata, el sentido haya recurrido a tu mano asilvestrada, a tu luto asilvestrado, a tu corazón de hembra, para aparecer una vez más ataviado con los harapos de las palabras.”
Pierre Michon. Rimbaud el hijo.