Si resumiera esta obra en un enunciado sería este: Es un llamado a la paz, en cualquier momento y situación.
Todos libramos batallas, y no me refiero a enfrentamientos únicamente con otras personas, también batallas espirituales, batallas personales e internas. Estos textos te hacen reflexionar teniendo como punto central la búsqueda de la paz vista no como quietud, sino como la constancia de hacer las cosas “bien”.
Como diría ahora la chaviza en redes (aunque yo lo expresaré en singular y no en plural): me dio teatro, me dio poesía, me dio oración, me dio esperanza, me dio reflexión, me dio confianza, me dio fuerza de espíritu…
Jeremías es un profeta que anuncia la guerra y trata de detenerla, no lo escuchan, el orgullo interviene dominando al Rey Sedecías, en cambio Jeremías siempre se mantiene humilde, nunca es soberbio, no se siente orgulloso por traer un mensaje así, al contrario, se cuestiona por qué él siendo tan débil ha sido escogido por Dios, quisiera no tener esa responsabilidad y aunque quiera evadirla, Dios siempre le da aliento para continuar anunciando e intentando abrir los ojos del pueblo de Israel que habita Jerusalén. Jeremías vive un constante rechazo y humillación. Hubo un punto en la historia que yo me cansé de que lo trataran así y no le hicieran caso, tardé dos meses en terminar el libro. Sin embargo, Jeremías resistió y al final es tan bonito cómo le transmite paz, consuelo y esperanza a su pueblo. Terminé este libro porque compartí la lectura con mis amigos, si no, probablemente lo hubiera abandonado. Por fin, después de dos reuniones en las que ya íbamos a hablar sobre él, ahora sí estoy lista. También dejo unas de mis frases favoritas, que fue tan difícil reducir mi lista, pero aquí van:
Es Dios quien señala la hora, no nosotros.
No es Dios quien hace la guerra, sino los hombres! Ninguna guerra es santa, ninguna muerte es santa, lo único santo es la vida.
¿Es que crees que la paz no es acción, la suprema acción, la acción de las acciones?
¿Acaso somos nosotros los que hemos fraguado esta guerra? Aquí me tienes, con una lanza en la mano, sin saber contra quién la dirijo. Allí abajo, en la oscuridad, espera aquél para el que ha sido afilada. Ni él lo sabe ni yo le conozco, jamás he visto su rostro ni el pecho que atravesaré con la muerte. Y, a lo mejor, hay otro calentándose junto al fuego del campamento, ignorando que será su mano la que deje a mis hijos huérfanos de padre, a pesar de que jamás me ha visto ni yo le he ofendido. Somos extraños el uno para el otro, igual que los árboles del bosque; la diferencia es que ellos crecen en paz y, llegado el momento, florecen; nosotros, en cambio, nos enfurecemos unos contra otros y echamos mano del hacha y de la lanza para que la resina de nuestra sangre brote del cuerpo. ¿Qué es lo que extiende la muerte en medio de los hombres y siembra el odio entre ellos, cuando la vida tiene tanto espacio y el amor tanto y tanto tiempo?
Ahora que estoy vivo, ¿cómo no voy a preguntarme por mi vida?
¿Dónde está mi obra? ¿He traído la bendición a alguien? ¿Sembré la paz?
Alguien tiene que dar el primer paso para traer la paz igual que lo da para iniciar la guerra.
¿acaso la guerra es algo tan precioso como para que la ensalcéis? ¿Es un bien que debáis anhelar? ¿Es tan provechosa como para que vuestro corazón la acoja con tanto fervor? No, pueblo de Jerusalén, yo os digo que la guerra es un animal taimado y voraz que consume la carne de los fuertes y sorbe el tuétano de los poderosos, tritura las ciudades con sus mandíbulas y pisotea el país con sus pezuñas. Quien la despierta no la vuelve a adormecer. Quien desenvaina la espada y la blande contra otro, tiene muchas posibilidades de caer por ella. ¡Ay de la soberbia que prende la discordia y siembra la hostilidad gratuitamente! ¡Ay de aquellos que quebrantan la paz con sus palabras!