Después de varios años regresé a "Marinero en tierra", un conjunto de poemas breves sobre el desarraigo. En los poemas aparece la voz de infancia de quien creció a la orilla del mar y fue llevado de repente y sin explicación lejos, a la ciudad que en nada se parece a su lugar amado. Así, con una pregunta, el primer poema establece el tema: "¿Por qué me desenterraste / del mar?" A partir de ahí, el poemario está lleno de esa pregunta: ¿por qué?
Quien habla no puede evitar mirar hacia atrás. Aparecen los campanarios de Cádiz, la playa, el puerto. Siente el viento, las mareas y la sal del mar. En las noches, en sueños aparecen los veleros y al estar despierto el horizonte lo engaña porque parece que ve la orilla marítima. Sin embargo, parece que no hay marcha atrás: quien ha sido llevado al exilio no puede volver. El lugar amado se ha perdido para siempre, aún cuando se pueda volver al mismo espacio. Sólo así se entiende que un "lugar" no es sólo una ubicación geográfica, sino un tiempo específico, relaciones, sueños, vocaciones. Se puede regresar a la ubicación geográfica de donde se sufrió el desarraigo, pero las raíces no pueden crecer otra vez. Exiliar es desarraigar: quitar de tajo lo que alimenta la vida.
El exilio provoca un choque en donde se pone en duda la misma esencia de quien sufre: "Nací para ser marino / y no para estar clavado / en el tronco de este árbol." ¿Qué sentido tiene ser un marinero en tierra? No porque la vida junto al mar (siempre como metáfora) sea ideal. El marinero ha nacido para enfrentar lo que el mar trae, pero fuera de su lugar, ¿qué ha de hacer con su vida? Tan solo perderse: "Me perdí en la tierra, / fuera de la mar." Los anhelos existen en pequeñas cosas que juegan con la fantasía ("Madre, vísteme a la usanza / de las tierras marineras" o "Sube, sube, balcón mío / trepa el aire, sin parar: sé terraza de la mar, / sé torreón de navío") y el amor parece estar identificado como posible siempre que sea en el lugar de añoranza, pero todo queda ahí.
Para quienes están lejos de su lugar, una pregunta permanece: "¿por qué me tenéis aquí, / si este aquí yo no lo quiero?" Pero, ¿qué hacer cuando el "aquí" no es suficiente?, ¿qué se hace cuando el retorno es imposible y el presente no satisface?, ¿cómo encontrar camino a nuestros mares cuando ni siquiera se les alcanza a vislumbrar? De momento, queda la poesía. En el exilio, la palabra sigue siendo un hogar con el que se carga y en el que hay cierto refugio, ya sea como gemido o como sueño. Finalmente, en el penúltimo poema, Alberti da luz sobre la manera en que se regresará del exilio: "Si mi voz muriera en tierra, / llevadla al nivel del mar / y dejadla en la rivera. / Llevadla al nivel del mar / y nombradla capitana / de un blanco bajel de guerra." Una especie de resurrección por medio de la palabra.