Narración a caballo entre realismo e intriga, con un filtro teológico para plantear cuestiones filosóficas, con un lenguaje fácil e impecable, y que destaca por una caracterización extraordinaria de los personajes. Las cuestiones trascendentales se exponen de una forma concreta, realista y práctica, como ocurre en la vida.
El estilo es sencillo, limpio y con toques de suspense, como pinceladas en el cuadro principal para mostrar pequeñas rarezas que están sucediendo, pero sin dejar de enfocarse constantemente en los personajes, relatando en primera persona en todos ellos su perspectiva vital durante los dos días que dura la novela.
La profundidad en cada detalle ha hecho que la lectura sea para mí totalmente inmersiva, todas las historias entrecruzadas en los dos días de narración se recrean de una forma muy vívida, parece que oyes pensar a cada personaje o que has estado de cervezas con alguno de ellos (lo único que sobra en esta novela son cervezas, qué manera de beber...).
Este detalle extraordinario es buscado por el autor, en todos los personajes intenta plasmar la conciencia y todo lo que ocurre en ella, recreando sus voces auténticas a través de sus diferentes realidades, locura, sueños, alucinaciones, psicosis... llegando incluso a manifestar la voz de algún personaje en ese territorio entre la vida y la muerte. No en vano remata como colofón de la novela con un ensayo final (en palabras del autor) muy sencillo sobre la muerte, por parte de un personaje, más acotado en realidad a nuestra percepción física del tiempo, condicionada a nuestros sentidos, que viene a plantear de una forma muy breve la existencia de dimensiones que no podemos llegar a conocer. Original no es que sea porque se ha planteado lo mismo en incontables obras durante siglos, así que lo interesante sería interpretarlo como colofón a la novela: nuestra percepción del tiempo en nuestra realidad no es sino la que corresponde a nuestros sentidos físicos, la conciencia está más allá, en el reino de Dios.
"Estoy aquí, en este momento. Es suficiente." Esta frase de un personaje es el mejor resumen de la novela, totalmente focalizada en el ahora. "La conciencia es el mayor enigma que existe", dice un amigo de Kathrine. O de forma muy clara "El reino de Dios era el momento", en un capítulo de Egil,"los árboles, el bosque, el mar, los lirios, las aves estaban siempre en el momento" sin futuro ni pasado, ni angustia o miedo. "Aquello que le sucede al ave no le concierne"
Toda la trama está amplificada en la percepción del mundo cotidiano que nos rodea, incluidos los pensamientos, sentimientos y sueños, es decir, el mundo interno. Fuera, ha surgido pletórica y radiante una nueva estrella, los animales tienen comportamientos extraños, hace un calor extremo, hay algún fantasma, y un misterioso caso de unos asesinatos rituales. El drama creciente amenaza todo lo que damos por seguro, todos las pequeñas rutinas del día, las conversaciones y percepciones comunes.
De hecho una nueva estrella ha surgido en el cielo y por su gran tamaño parece que debe estar muy cerca, o acercándose, en lo que bien podría ser un apocalipsis bíblico y sin embargo nadie muestra alarma alguna, ocupados todos en sus quehaceres diarios.
Damos por cierto que todo, incluso nosotros, es resultado de una evolución constante, y al mismo tiempo actuamos como si todo fuera cierto e inamovible, como si nada nuevo pudiera suceder.
"Si la evolución rige para todo, entonces algo nuevo puede surgir en cualquier momento" sentencia un personaje.
Parece que después de tanto detalle no se llega a ningún sitio, aunque esto ya lo sabía por los comentarios de la novela y ello no me ha impedido disfrutar de su lectura, desde Kavafis hacia su Ítaca ya sabemos que lo importante es disfrutar del viaje, del ahora. Quien busque acción, desarrollo y desenlace se sentirá decepcionado. La estrella de la mañana es todo desarrollo y detalle. Me quedo con ganas de haber sabido mucho más sobre los personajes, porque todas sus circunstancias se limitan a lo que viven en dos días. Y deseando leer la serie completa.