El teatro de Jon Fosse se reconoce por una escritura enigmática, el sentido de la cual no se entrega de forma directa.
En Invierno, la conversación entre un hombre casado y una mujer desconocida avanza entre titubeos, silencios y repeticiones que sugieren más de lo que dicen. El enigma no se resuelve, queda flotando, obligando al espectador a habitar esa incomodidad. Como dramaturgo Fosse trabaja desde la escasez: Soy el viento es paradigmática en este sentido. Dos personajes, apenas denominados El Uno y El Otro, conceptos que recuerdan a Beckett, en una barca, con un diálogo fragmentario. El texto es áspero hasta el límite, y logra desplegar una intensidad poética que una dramaturgia más exuberante nunca alcanzaría.
En esa desnudez se construye una poética de la desolación. En Sueño de otoño, el reencuentro entre antiguos amantes en un cementerio se convierte en una confrontación con la pérdida, el tiempo y la muerte. La atmósfera emerge es un vacío teñido de espiritualidad y de un dolor apenas enunciado.
El principio de que menos es un lema que se aplica a las obras aquí presentadas, donde lo esencial se condensa en gestos mínimos y frases cortas que, reiteradas, se cargan de tensión. La economía expresiva no empobrece, sino que concentra y multiplica la fuerza de lo representado. En todas estas obras, los personajes se contradicen, desean y al mismo tiempo rechazan, se niegan y se afirman en la misma frase. Ese vaivén es el motor dramático, más que una trama externa. Invierno es un buen ejemplo: lo que comienza como una invitación casual se transforma en un intercambio lleno de ambivalencias y retrocesos.
Su teatro no teme arriesgar, incluso en el uso del lenguaje. Fosse lo dobla, lo retuerce, lo convierte en un material casi musical a base de repeticiones obsesivas y variaciones mínimas. En Viento fuerte y Soy el viento, esta experimentación es radical, llevando las palabras hasta el límite de la incomunicación. Esto produce un vaciamiento de formalismo: las estructuras convencionales de conflicto, clímax o desenlace se erosionan. Lo que queda es una puesta en escena abierta, que exige al director y al actor una enorme libertad y responsabilidad. Sueño de otoño no se ordena en torno a un desarrollo clásico, sino que se presenta como una sucesión de encuentros, más cercanos a la memoria o al sueño que a la narrativa lineal.
El lenguaje de Fosse, siempre escrupuloso, pulido hasta la extenuación, es también áspero pues cada palabra se escoge con cuidado, pero al mismo tiempo parece cortar el flujo del diálogo. No busca la naturalidad, sino la fractura. De ahí que el espectador perciba un temblor constante; las escenas está forzada a temblar, como si todo pudiera desmoronarse en cualquier momento. En conjunto, estas obras muestran cómo Jon Fosse ha creado un teatro único, donde el silencio, la interrupción, la contradicción y la ausencia se convierten en protagonistas, y donde lo mínimo adquiere la mayor densidad posible.
¡Bravo!