«Los antiguos creyentes preferían mirar hacia la inmensidad inmutable del universo. Allí fuera, más allá de la sociedad, los dioses, cuyas estatuas destrozadas y profanadas estaban esparcidas por el suelo, todavía brillaban con resplandor inmaculado en la galería refulgente del templo de las estrellas, muy por encima de los monjes y obispos vestidos de negro, cuyos perfiles de buitre proyectaban una sombra cada vez más alargada sobre un mundo descreído. El kosmos, el mundus, el reluciente universo repleto de estrellas inamovibles sobreviviría rutilante en el vigor de la eternidad; solo los cristianos osaban decir que ese reino divino era de tiempo limitado y breve duración. Para hombres como Eunapio, los milagros eran mensajes que llegaban de una región apacible y duradera. Caían en la tierra tan delicados y frágiles como los rayos del lucero del alba».
Peter Brown no decepciona una vez más en esta pequeña joya. Cargada de una vasta selección de fuentes que utiliza con gran maestría, perfila con su clarividente erudición todos los intrínsecos de la sociedad aristocrática tardorromana.
Se embarca para glosar las funciones de la paideía como pilar fundamental en la construcción de una clase social capaz de concitar la intercesión imperial en asuntos de mayor o menor gravedad, regir el día a día de los consejos urbanos del Oriente imperial e interrelacionarse a través de una serie de elaborados códigos de conducta y honor basados en el ya desaparecido, pero siempre presente, mundo clásico.
Esta nítida imagen de las clases altas del mundo griego es contrapuesta por la figura, más difusa pero indudablemente más energética, de los obispos y del clero de esta época, que copa la segunda parte del libro en la que expone el ascenso social de los obispos como nuevos merecedores de las capacidades y prerrogativas cívicas de la vieja aristocracia pagana. Mediante la usurpación de la relación con el poder central, tradicionalmente ejercida por los terratenientes y prohombres de las ciudades, el cristianismo se articuló como el representante de las ciudades, sus ciudadanos y sus pobres, que siempre tuvieron un papel relevante en el imaginario cristiano tras ser relegados durante siglos por las autoridades ciudadanas.
Asimismo, menciona algunos de los mecanismos del poder local de los obispos, con sus milicias de enterradores y porteadores, y procura detallar, en las páginas finales, el papel del emperador como representante de Cristo en la tierra, a medio camino entre Dios y el mundo, y como la percepción del poder imperial provocó siglos de matices conciliares en el cristianismo temprano.
Muy buen libro de Peter Brown, padre de este campo del estudio de la Antigüedad. La nota, que debería ser un cinco, baja a 4,5 por la grandísima cantidad de citas y referencias que encontré cuándo tenía ganas de seguir leyendo más de la erudita pluma del historiador irlandés. Me serán útiles en el futuro, aún así, y se agradece que cada dato y cada mención cuenten con respaldo.