A veces resulta una tarea muy compleja el expandir un universo que no necesita ser expandido. Y no lo digo desde un punto de vista snob al grito de “todo lo pasado fue mejor”, sino todo lo contrario: Silent Hill, fuese cual fuese la entrega que uno quiera elegir (al menos hablando de las primeras cuatro) retuerce dicho universo y lo exprime de una forma donde cada gota que vemos caer es perfecta, interpelando directamente a las historias.
Por eso, el desafío de los comics no iba tanto por su aspecto visual y lo acertados que puedan, o no, ser con el diseño de aquel mundo, sino con lo que iban a contar. ¿Qué aberración nueva podía salir de un mundo que ya pasó por tantas estadías? ¿Qué se podía teorizar, interpretar, soñar o incluso, desear, que ya no haya sido perpetrado? Silent Hill: Dying Inside lo intenta, en cinco números muy dispares, que, si bien mantienen al mismo guionista, parecen manejar dos narrativas completamente diferentes dentro de una misma línea de tiempo, por así decirlo.
Scott Ciencin es el guionista de los cinco números. Los primeros dos son, sinceramente, una maravilla narrativa. Hay una forma de manejar el caos de forma estructurada que me parece, nuevamente, impecable. La voz en off (si me permiten decirle así) mechada meticulosamente con los diálogos, la forma de contar cada suceso, lo precisos que son los globos de texto con cada una de las viñetas. Este primer arco (no de la historia, sino en mi libre interpretación) comprende los dos primeros números qué, casualmente, tienen el arte del magnánimo Ben Templesmith, quien regala unos trazos que parecen contagiar ira, texturas tiradas sobre el papel de forma irregular y, por momentos, detalles puntuales para enaltecer rostros, expresiones exageradas, y la necesidad visual de contar lo que las palabras expresan.
El tercer y cuarto número conformarían el segundo arco. Acá ingresa Aadi Salman en reemplazo de Templesmith y, si bien sus intenciones son muy buenas y tiene algunas cosas a nivel artístico realmente geniales, el impacto visual cambia por completo y, no sé bien por qué, lo mismo pasa con la narrativa. Salman maneja un estilo que intenta ser similar al de su antecesor, pero no tiene ese control del caos del que hablaba antes. Todo parece sucio, manchado, desprolijo. Las texturas y las pinceladas llenas de ira están tiradas a la buena de Dios, sin esa estructura tan meticulosa de Templesmith. Por momentos, no se entiende nada de lo que está pasando a nivel visual, es todo una gran mancha, y la narración sigue el mismo camino. Todo se vuelve confuso, tosco, lleno de diálogos apurados que intentan contar una historia profunda e inmensa en apenas unas cuantas viñetas.
Para el quinto y último tomo de esta primera saga que expande el universo de Silent Hill, tanto Aadi Salman como Scott Ciencin retoman la compostura y, si bien no llega a ser lo que supieron ser los dos primeros tomos, todo se encamina. La historia se vuelve más nítida, la búsqueda se hace más certera y los dibujos tienen un poco más de forma. El problema es que, una vez que podemos mirar la imagen global, la propuesta de Dying Inside es, como dije en un principio, bastante irregular. Es como cualquier historia de personajes con secretos oscuros y demonios internos, pero metida en Silent Hill. No digo que esté mal, ni tampoco digo que no sea una buena impronta, pero justamente, para ser Silent Hill, todo se siente demasiado genérico, sin magia, sin ese brillo oscuro y decadente tan propio de la saga.