Edición en blanco y negro (porque si lo editara en color, Dolmen tendría que cobrar 80 euros mínimo por cuestión de principios, supongo) de la bastante corta serie que Marvel dedicó a Tarzán. Breve crítica: no es ninguna maravilla.
Y es que, aunque Rafa Marín intente convencernos de que John Buscema ha sido el mejor dibujante de Marvel de todos los tiempos (venga, ¿a quién se le ocurren, mínimo, cinco superiores en uno o en todos los aspectos? Ahí van los míos: Jack Kirby, Neal Adams, Barry Smith, David Mazzuchelli y Michael Golden. Y Paul Smith. Y Gil Kane. Y Steve Ditko. Y...), en aquellos tiempos Buscema enfocaba su indudable talento en Conan, y aquí, pues está a medio gas. Es cierto que los primeros números son resultones, pero bien pronto se cansa y se dedica a abocetar, dejando el curro fuerte a todos esos chavales filipinos que tanto explotó Marvel durante décadas, o sea, a Tony De Zuñiga, a Rudy Nebres, a Alfredo Alcalá... gente muy talentosa, desde luego, pero no tanto como Big John (bueno, Alcalá sí que lo era, pero esa no es la cuestión). Y si solo fuera eso... pero es que Roy Thomas no tiene ni idea de por dónde va a llevar al hombre-simio por excelencia: primero lo mete en una larga, larguísima adaptación de una novela de Burroughs no demasiado inspirada, y luego se dedica a contar historias ambientadas en la juventud de Tarzán básicamente porque sí (y que conste que son de lo mejor de la serie, bastante entretenidas, de verdad). Luego, Thomas se pira rumbo Conan, su amor verdadero, y deja a Lord Greystoke más colgado que nunca, y eso es mucho decir tratándose de este personaje.
Toma entonces las riendas de la serie un segundón que no veas, Anthony David Kraft, famoso por... bueno, por nada, que la conduce a nuevas cotas de aburrimiento con una saga todavía mucho más larga y tediosa que la perpetrada por Thomas. En principio, la dibuja un Buscema maravillosamente «embellecido» (en lenguaje Marvel, esto significaría que Big John pinta cuatro monas y el entintador se curra todo lo demás, presumiblemente cobrando lo mismo que si el dibujante hubiera sido Dave Gibbons trazando hasta la última línea del tronco de un árbol que aparece en el fondo de una viñeta diminuta) por Klaus Janson, y mola mucho, la verdad. Pronto, Big John se pirará para dar paso a... ¡tachán!: su hermano pequeño, pero, mientras Janson siga, el apartado gráfico no se resentirá demasiado. Entre tanto, Kraft va perdiendo cada vez más el oremus, sacando porque sí a un señor que se llama Abdul Alhazred, pero que no tiene nada que ver con el archifamoso árabe loco de los relatos lovecraftianos, al cual acompaña una troupe de secundarios que no nos importan un comino; a continuación, todos, incluido Tarzán y una princesa negra que por allí pasaba, atraviesan un portal que conduce a Pelucidar (nadie se molesta en explicar qué diablos es eso, remitiéndonos en notas a pie de página a las novelas de Burroughs por si a alguien le interesa saberlo) y luego sale mucha gente que se dedica a darse de tortas con otra mucha gente porque sí. Por el camino, perdemos a Janson y, con él, cualquier tipo de interés que todavía pudiéramos tener en el tebeo. El final no tiene pies ni cabeza, y a Jane, que al principio salía bastante y prometía ser un personaje de peso en la colección, se la traga la tierra (figuradamente... supongo) y desaparece sin dejar rastro, lo que a nadie le importa un bledo, y mucho menos a su marido. La serie acaba aquí (según la wiki, tuvo tres anuales, que no aparecen por ningún lado en la edición de Dolmen... sus motivos tendrán, aunque sea Dolmen), y demasiado duró. Mucho peor que los cómics de Hal Foster, de Manning o de Hogarth, e infinitamente inferiores, en mi humilde opinión, a los del gran Joe Kubert, que son los que más me gustan. Hasta los de José Ortiz me parecen mejores, fíjense lo que les digo.
Bueno, vamos, que esto es solo para fans locos de Buscema (recordemos, el mejor dibujante de Marvel, en opinión del ínclito Rafa Marín, el Arturo Pérez-Reverte del mundillo) o completistas del hombre-simio. El resto, abstenerse.