Después de ser fusilado, Eidan Yoson cae en las garras de un ser antiquísimo, un diablo ávido de sangre, que lo convierte en su acólito y esclavo, obligándolo a vagar junto a él (o Ello) en una eterna búsqueda de víctimas. Y aunque acaba desdibujado hasta convertirse en nadie, la periódica hibernación del monstruo le concede, al fin, la oportunidad de transformar su aciago destino.
Tú, diablo es una oscura y descarnada novela que nos brinda una reflexión sobre el poder de las dependencias y sus círculos viciosos, la pérdida de identidad y el deseo de prolongar la vida (por abominable que esta sea) a cualquier precio.
DAVID LUNA LORENZO (Toledo, 1976) es uno de los máximos exponentes del género fantástico en España. Autor de ciencia ficción, fantasía y terror, ha ganado numerosos premios literarios, incluidos algunos de los más importantes del género, como el Premio UPC, el Domingo Santos o el Ciudad de Utrera de Terror, además de resultar finalista del Alberto Magno, el TerBi o el Ignotus. En 2017, durante la Eurocon celebrada en Dortmund, fue galardonado con el «Chrysalis Award» a autor revelación por parte de la ESFS (Sociedad Europea de Ciencia Ficción). Ha publicado ocho novelas: "El Ojo de Dios" (Apache Libros, 2016), finalista del Premio Alberto Magno 2015 y del Ignotus 2017 a mejor novela corta; "Laberinto tennen"(El Transbordador, 2016), finalista del Premio Ignotus 2017 a mejor novela y del Guillermo de Baskerville a mejor novela independiente; "Éxodo (o cómo salvar a la reina)" (Apache Libros, 2017), novela ganadora del Premio UPC 2016, finalista del Premio Ignotus 2018 a mejor novela corta, del Guillermo de Baskerville y del Amaltea; "Sombras tennen" (El Transbordador, 2019); "Ponzoña" (Premium, 2019), novela ganadora del Premio Ciudad de Utrera de Terror 2019, "Noctópolis" (Apache Libros, 2021), Mención del Jurado del Premio UPC 2020, "Fortalezas tennen" (El Transbordador, 2024), con la que puso fin a la saga tennen, y "Tú, diablo", con la que regresó al terror. En 2023 publicó su primera obra de no ficción, "Eternos 27: el club de los malditos" (Ma non troppo), que versa sobre el mítico Club de los 27. A esta le siguió "El Gran Silencio" (Apache Libros, 2024), en la que se dan las 15 mejores soluciones a la Paradoja de Fermi: si es tan probable que existan los alienígenas... ¿dónde se han metido? Ha participado en las antologías "El abismo mecánico y otros relatos sobre la inteligencia artificial" (Cápside, 2015), "Sucesos extraños" (Apache Libros, 2016), "King. Tributo al rey del terror" (Apache Libros, 2018), "El futuro es bosque" (Apache Libros, 2018) y "Fabricantes de sueños, 2016-2017" (Pórtico, 2021); y ha publicado en las revistas "Windumanoth", "Supersonic" y "Delirio". También ha sido prologuista, jurado de diversos premios y seleccionador de la antología "Visiones". Amenaza con seguir concibiendo historias.
Probablemente nos confundamos al querer humanizar a los monstruos. Extraer de ellos todas las sombras para convertirlos en seres cuya diferencia con nosotros sea dada tan solo por longevidad o por esa superioridad física que los convierte en seres extraordinarios a los que es mejor temer. El monstruo pierde su esencia en cuando acaricia la cercanía y eso probablemente deteriore su poderío hasta convertirlo en parodia. No hay más que pensar en el referente por antonomasia de los vampiros, Drácula. La criatura de Stoker fue siempre el paradigma del mal, una representación en la tierra de todo los males desconocidos. Una plaga, aprovechándose del pavor que recorría Europa ante las epidemias de peste que atenazaban las calles y que, con el tiempo, palideció ante las burlas que ocasionaron sus apariciones en las películas de Abbot y Costello. No hay que negar que todas esas variaciones del monstruo supusieron éxitos innegables para las productoras de cine, que se aprovechaban de una figura emblemática en el terror para pasar a convertirse en el buffón de la historia. Mientras tanto, desde las sombras, el Nosferatu sigue extendiendo sus garras por las paredes ante un impresionismo perenne que nos recuerda que nunca estaremos tranquilos al caer de la noche. El vampiro siempre fue El monstruo. Esa criatura que atemoriza desde su concepción, con una voracidad que se nutre del que posiblemente sea el humor más sagrado del ser humano. La sangre siempre fue y será la sustancia que fija los límites entre la vida, la nuestra, y la muerte, la suya, invirtiendo los papeles ante un simple mordisco. David Luna comprende la importancia de retomar la figura del vampiro en Tú, Diablo, su nuevo acercamiento a la literatura de terror, volviendo a apostar por la presencia de un depredador insaciable. Conocedor de su poderío, la criatura se muestra a través de la mirada de su acólito, Edian Yoson, esa suerte de esclavo al servicio de un amo dispuesto a todo con tal de prolongar su hegemonía en la cadena alimenticia. Y lo hace presentándonos una historia de terror en donde el énfasis se centra más en la idea de la dominación que en lo que a la propia mitología vampírica cabría de esperar, dado el amor con el que se representa la criatura. Eso no quita que todos y cada uno de los elementos de los que disfrutamos los amantes de los vampiros aparezcan en mayor o menor medida. De hecho, uno de los grandes aciertos que tiene la obra se materializa en forma de regalo, al que por otro lado nos tiene acostumbrados la editorial Dilatando Mentes, en su cierre de la novela, con esos extras añadidos que complementan todo lo narrado, escrito en esta ocasión por el propio autor. Su conocimiento de la criatura se plasma a modo de extra para complementar las referencias que ya de por sí pueblan la novela. El vampiro que transita por las páginas de Tú, Diablo cumple todas las características que esperamos los amantes del género, con alguna que otra variación fundamentada más en la lógica que en el capricho, convirtiendo las historias en un deleite para quien desee retomar una de esas historias clásicas que tanto nos gusta. Voracidad, estacas, colmillos, metamorfosis, control mental, eternidad…estarán ahi a la espera de quienes quieran disfrutar de otra propuesta más que añadir a la mitología vampírica. Sin embargo, lo que convierte la propuesta en algo diferente es su apuesta por fijar el punto de vista narrativo en la figura de este Edian, ese esclavo que se mimetiza con la figura del vampiro hasta desdibujar las fronteras entre la personalidad de uno y del otro. Esa despersonalización, esa anulación de la voluntad, esa pregunta filosófica acerca de quienes somos realmente, del cuestionamiento del libre albedrío, del deseo de cuestionar lo establecido hasta encontrar una gota de vida que justifique la existencia, emparenta el destino de nuestro protagonista con el de un ángel caído que se cuestiona su papel en un mundo al que apenas consigue darle sentido. El ansia como motor, la necesidad de completarse, ese grito que certifique que todo aquello que pasa por tu cabeza, tus ideas, tus recuerdos, tus deseos, son precisamente fruto de tu conciencia y no el simple eco de aquello que temes y amas, hace que esta novela trascienda el recorrido por pasajes comunes para ofrecer una interesante reflexión acerca de la naturaleza humana. Si a eso le añades la presencia de la sangre, y la invitación a recorrer de la mano del autor la historia escondida entre los callejones de Toledo, sabrás que estás en el lugar donde quieres estar, aunque eso suponga no volver a ver de nuevo el amanecer.
El libro me ha dado igual, incluso a ratos se me ha hecho aburrido. Es un poco plano en cuanto a trama porque lo importante son los personajes principales (vampiro y acólito) y su relación. Por cierto, se promociona mucho la ciudad de Toledo (en el bendito prólogo) pero no aparece hasta la mitad del libro... Creía que su papel iba a ser más relevante pero me ha parecido más un fondo bonito que una ambientación ominosa e inquietante. El estilo del autor es innecesariamente ampuloso y no creo que sea para mí, dudo que vuelva a intentar leer algo suyo. Pero de lo que sí quiero dejar constancia es del cabreo que he sentido leyendo el prólogo en el que se repartían los carnets de verdaderos fans de los vampiros y se llora por la pérdida de los monstruos medievales que aterrorizan a las ingenuas gentes. Me imagino que la autora no estará muy contenta con obras como "Lo que hacemos en las sombras" y será una hater de "Crepúsculo". Supongo que arderá por dentro pensando en que algo tan exclusivo como los vampiros se haya hecho mainstream. Siempre me gusta imaginarme a este tipo de personas como a aquellas que criticaron en su momento al Quijote por hacer parodia con los libros de caballerías. Lo bueno que tiene el mainstream, le guste a la autora del prólogo o no, es que se produce más y seguramente por ello (o por contraponerse a ese movimiento masivo) el libro se haya escrito. Además, mientras lo leía sólo podía pensar en el meme de: "let people enjoy things". A veces queremos ir de guays y nos pasamos de frenada. Este será para mí un ejemplo perfecto de cómo un prólogo desacertado puede arruinar el contenido de una obra. Otro pequeño detalle que tampoco me ha gustado es la maquetación de las primeras páginas de los capítulos. La caja de texto tan estrecha hacía que la lectura fuera incómoda. Es una minucia porque la maquetación es buenísima (eso sí, hay que revisar esos cortes de palabras, he cazado bastantes erratas ahí) y la inclusión de la miscelánea me pareció muy buena. Y otro punto fuerte es que es comodísimo de leer (tipografía, tamaño, márgenes, todo elegido para ofrecer una experiencia de lectura muy buena).
Esta novela me ha gustado bastante, aunque la trama es bastante plana, tiene una narrativa adictiva que gracias a sus capítulos cortos, te hace seguir leyendo casi sin parar.
La novela nos narra como Eidan llegó a convertirse en acólito de Ello, (al principio me ha confundido mucho que el autor nombra al monstruo de diversas formas, Ello, La Araña, La Bestia....) Eidan nos va narrando tanto hechos del presente como del pasado y tanto recuerdos suyos como recuerdos del monstruo ya que están conectados.
El final me ha gustado bastante y aunque no me lo esperaba, no me ha sorprendido.
Una relación complicada la de Eidan con el "monstruo" que David Luna ha sabido explicar magistralmente y la ha llevado hasta sus últimas consecuencias. Un monstruo es un monstruo se mire por donde se mire.
Un hombre es fusilado pero, en lugar de morir, es reclutado cómo esclavo de un ente diabólico, condenado a buscar víctimas para saciar su hambre. Sin embargo, el periodo de hibernación de la criatura dará a su esclavo un momento de libertad para cambiar su destino...
Con esta premisa nos adentramos en una historia de terror dónde recuperamos la imagen más siniestra y cruda del vampiro.
Desde la perspectiva del protagonista, se nos presenta una criatura antiquísima y sedienta de sangre. Nos olvidamos de la imagen del vampiro romántico para asomarnos a su lado más sangriento, más animal que humanoide.
Me ha encantado cómo se va construyendo la imagen de esta criatura a través del testimonio de su esclavo, al más puro estilo Renfield de Drácula. Cómo él es consciente de que baila con los hilos de su amo y sabe que "ello" lo controla. Lo que nos lleva a preguntarnos cuánto de lo que nos cuenta proviene de sí mismo o de la criatura.
También me ha gustado el tono general de la historia. Transmite una especie de resignación por la inevitabilidad del destino, pero teñido de cierto inconformismo muy sutil.
Es una historia que atrapa muchísimo, tanto pot la trama en sí, cómo por la forma en que está escrito. En un principio puede parecer que no pasa mucho o que avanza lentamente, pero todo tiene un sentido y está muy bien desarrollado.
También está repleto de guiños hacia las distintas figuras que ha adoptado el vampirismo a manos de otros autores, e incluso de la mitología. Por ello, es muy interesante leer las notas del autor al final de la historia, que aclaran muchos detalles que encontramos a lo largo del libro.
En resumen, una historia de terror que nos devuelve al vampiro que da miedo de verdad, dejando de lado la figura más romántica que se ha ido construyendo.
David Luna explora aquí la coexistencia del bien y el mal. Su protagonista, siervo de una voluntad superior, no lucha en cuerpo y alma contra la malignidad, sino que la analiza y juzga con la poca conciencia que aún palpita bajo su obediencia ciega. Encarna, por ello, una paradoja brutal: la del que ejecuta el mal, pero también lo percibe, lo sufre y lo duda.
Con esa doble mirada, el autor toledano convierte a su narrador en un Renfield dostoievskiano, siempre atrapado entre el anhelo y la condena, e inyecta sangre fresca a un género, el vampírico, muy debilitado por sus últimas tendencias tan lánguidas, cómicas y huecas. De hecho, Luna escoge meticulosamente qué aspectos del mito conservar y cuáles sacrificar. Consigue, apoyándose en una prosa medida, hipnótica y salpicada de resignación, que sintamos las consecuencias de la inmortalidad, la sed y la oscuridad. No concede espacio al romanticismo vacuo, al consuelo indulgente ni al adorno. Logra lo imposible: nos devuelve a las raíces del TERROR.