Hojear estos ejemplares que hacen perenne el resultado del Quincuagésimo Primer Concurso Municipal de Literatura "Franz Tamayo" tiene, para la actual gestión edilicia, un importante impacto porque es la prueba del cumplimiento de un compromiso con escritores y escritoras decididos a continuar hilando, con su talento, el tejido de la literatura boliviana.
A lo largo de 51 años, el certamen literario representa un importante medio para la consagración de importantes referentes de las letras nacionales, un verdadero hito en materia de concursos artísticos y validado más allá del ámbito local.
Reconocidos hombres y mujeres de distintos género se hicieron de los premios en distintas versiones, haciendo que el "Franz Tamayo" sea una permanente aspiración profesional. En este siglo veintiuno, lograr los primeros lugares continúa siendo un verdadero logro y reconocimiento en el mundo de las letras.
PRIMER LUGAR "Valle", de Marcio Ramiro Aguilar Jurado.
SEGUNDO LUGAR "Escorpiona", de Cynthia Alexandra Rojas Biggemann.
MENCIONES "La religiosa", de María Elena de los Ángeles Bozo Valeriano. "La verdadera conquista de España", de Homero Carvalho Oliva. "Coágulo", de G. Munckel. "Chapa", de Claudia Andrea Morales Aragón. "Toda la belleza y los pequeños triunfos", de Carlao Delgado.
Aunque no me siento cómodo con la idea de ponerle puntuación a una antología que incluye un texto mío, sí quiero comentar la impresión general del libro y los cuentos que más me gustaron.
En general, las antologías anuales del concurso “Franz Tamayo” incluyen cuentos de una calidad muy variable. El ganador no siempre es el mejor, y a veces aparece algún texto que sorprende por haber llegado a ser finalista. Pero, en este caso, la mayoría de estos siete cuentos tienen un buen nivel y sus propuestas son todas muy diferentes.
“Valle”, de Aguilar Jurado —que ganó esta versión del concurso—, es un texto interesante que se sostiene sobre todo por su manejo del lenguaje, que recupera el habla coloquial del sur de Bolivia de una manera que me recordó a lo que hace Marina Closs con el habla del norte de Argentina. “Escorpiona”, de Rojas Biggemann, me gustó más por su manejo sutil de una ciencia ficción ambigua y que va creciendo a medida que avanza la historia, pero el mayor acierto del cuento es que se enfoca en el impacto emocional de esta y cómo afecta la relación entre sus protagonistas. “La religiosa”, de Bozo Valeriano —el cuento que más me gustó de esta antología—, construye una atmósfera opresiva con tintes sobrenaturales ambiguos y un manejo de lenguaje que me recordaron un poco a Juan Rulfo y a José Donoso. “Chapa”, de Morales Aragón, aprovecha el tiempo que dura una caída tras una electrocución para rememorar una vida difícil que ya había sido superada pero que acaba de una forma tan poco digna.
Eso sí, creo que la portada es una de las más feas y flojas de los 51 años que tiene este concurso.