La más cáustica, divertida, provocadora y feroz novela de iniciación adolescente, sin ningún tipo de concesión.
Dick Loveman es un galán espaciotemporal que vive todo tipo de peripecias lujuriosas a través de los siglos. Por desgracia, Dick solo existe en la cabeza de Franki Prats, un quinceañero católico, virgen y erotizado, a quien atormentan la propia imaginación y los «placeres solitarios». Durante cuatro meses de su vida, Franki, ayudado por su mejor —único— amigo Bruno Berniola, alias el sexperto, atravesará una variopinta serie de experiencias eróticas (oníricas, familiares, amicales, incluso zoológicas) mientras lucha contra los traumas del pasado y la escuálida realidad de su pueblo natal.
Dick o la tristeza del sexo es un bildungsroman hipersexual, profundo e hilarante, que pasa muy rápido de la erudición a la erección, y de la erección a la desolación. Una farsa iniciática y blasfema, llena de pornografía triste y humor negro, que reafirma el talento desacomplejado de Kiko Amat, y carece de equivalentes en el panorama literario español.
Kiko Amat (1971) nació en Sant Boi de Llobregat, en la periferia barcelonesa. Su padre era rugbista, y su madre, auxiliar del manicomio local. Abandonó los estudios a los diecisiete años para ser mod, cleptómano, disquero, cajero en McDonald’s, operario de cadena de montaje en Seat Martorell, vigilante de camping, cartero comercial y camarero de un gran hotel.
Ha publicado las novelas El día que me vaya no se lo diré a nadie (2003), Cosas que hacen BUM (2007): Rompepistas (2009), Eres el mejor, Cienfuegos (2012), Antes del huracán (2018) y Revancha (2021). También es autor de tres libros de no ficción, Mil violines (2011), Chap chap (2015) y Los enemigos (2022).
Escribe regularmente para El País y El Periódico, codirige el festival Primera Persona en el CCCB y coconduce el podcast Psycholand
No tengo muy claro qué acabo de leer, pues lo que apunta a un American Pie costumbrista da, efectivamente, lo que promete (la historia de la iniciación sexual de un chaval) y como tal llega a ser tronchante. Pero al mismo tiempo, me ha sumido en una tristeza increíble, me ha hecho reflexionar sobre cómo nos tratamos los unos a los otros y qué secuelas puede dejar eso a nivel emocional, cómo de indefensos llegamos a estar (en todos los sentidos) a ciertas edades... Y me ha dejado hecho polvo en algunas escenas que son realmente miserables. Así que no sé, pero directa, de momento, a la mejor lectura de 2025 y a ver si algo consigue bajarla de ahí en lo que queda de año. Eso sí, no sé bien bien a quién recomendar este libro.
Fantaseo con encontrarme a Kiko Amat en una calle de Barcelona, tocarle el hombro con el dedo y preguntarle si le importaría concederme toda una vida de su tiempo en un bareto de mala muerte, con la única condición de que solo hablara él de lo que le diera la reverenda gana. Por si lees esto, Kiko: pago yo.
Me fascina que, sin perder su sello personal, pueda transitar los estilos más dispares; que pueda escribir sobre el mismo tipo de personaje —adolescente desgraciado y sabidillo— sin que suene o se parezca remotamente al anterior. ¿O acaso nuestro entrañable Rompepistas, al que me he alegrado de saludar, inspira tanta tristeza como el intento de punk de Pànic?
En esta obra se vale de un lenguaje extremadamente culto para desarrollar conceptos tan vulgares como pueden serlo el sexo y el onanismo, lo que al final equilibra la historia y le da un estilo irrepetible. Cuida cada una de las referencias y el modo de hacerlas —aquí Nietzsche no es Nietzsche, sino su amigo Frederick; el título, formulado como la entrada de un tratado filosófico o psicológico— y no deja de ser humorístico ni en los peores momentos. Me ha arrancado risas al simplemente escoger los sintagmas más redundantes para frases sencillas, como «el autor premiado».
Los personajes pueden ser caricaturescos, ahora que lo pienso, pero es que la vida raras veces sorprende con matices alejados del estereotipo.
Para acabar, si bien podría pasar el resto de mi vida hablando de la obra de Amat, tengo que coincidir con los lectores en que el final es desconcertante para la altura literaria que ha demostrado a todos los niveles a lo largo de la novela. Quizá yo lo interprete en función de lo que le he leído previamente y rescatando el eterno retorno que menciona el mismo Franki: como que los adolescentes «estropeados» de Sant Boi nunca podrán dejar Sant Boi, y que en todas las vidas posibles, como en una profecía, vivirá, sufrirá y morirá en Sant Boi. No merece la pena luchar contra ello.
En definitiva, un Amat a la altura de sus predecesores. Tiene lo que todo libro inteligente y que merezca tu tiempo debe tener: muchas capas, ninguna pretensión visible que pueda sonrojarte y respeto por la inteligencia del lector.
Ahora que he podido leerlo (gracias hermana), me alegro de haber ido a juicio por un libro tan punki, provocador y divertido. Y recuerden: ¡a veces los libros pitan!
El humor de Kiko me gusta cuando le escucho en entrevistas y en los podcast en los que participa, pero aquí no he entrado. Reconozco que me he reído de forma sincera en un par de partes, pero en general el barroquismo con el que describe situaciones de lo más mundanas solo me ha distanciado. Entiendo la decisión de volver grotesco todo el universo que rodea a Franki, pero en algún caso me parecía bastante innecesario. La descripción de Montse se ensaña de más, por ejemplo. Toda la degradación moral no me molesta, incluso la agradezco. Pero en el fondo, lo que más ilusión me ha hecho es ver referencias a Rompepistas
Nunca había leído a Kiko Amat y quedé gratamente impresionado por su capacidad narrativa y creativa. Este libro es como un American Pie literario en el cual se cuenta el despertar sexual de un adolescente que nos lleva a preguntas existencialistas y de carácter moral. Es cómico, grotesco a ratos, ingenioso y demasiado entretenido. No sé si es un libro que recomendaría a todo el mundo pero a mí me caló muy hondo.
Me ha costado muchísimo leerlo. hasta llegar a la mitad o así me planteaba dejarlo todo el rato. mi espalda lo hubiera agradecido. peeeero he de decir que a partir de la mitad (a las 200 pags o así) me ha enganchado baaastante. A partir de lo del tío y tal. Aun así me ponía bastante incómoda ponerme en la visión de ese puto pajillero, y la verdad es q me ha costado leer ciertas partes siendo una tía. Las descripciones de cada uno de los personajes femeninos son de lo más vejatorias y desagradables y el trato del prota con ellas me violentaba y enfadaba un poco. Me daba rabia saber que había partes que no podía disfrutar sin sentirme un poco humillada yo también.
Dramón sobre la triste existencia de un adolescente de la periferia de Barcelona disfrazado de comedia pornográfica. No es un premio planeta pero me he divertido muchísimo.
No es un libro que recomendaría a nadie porque sinceramente lo he pasado fatal leyéndolo. El problema es que no puedo concebir darle una puntuación menor de 4,5 estrellas porque es, probablemente, lo mejor que Kiko Amat ha escrito hasta ahora.
El objetivo del autor es hablar de la obsesión con el sexo de un chaval de 15 años desde la perspectiva más asquerosa posible, y desde luego lo consigue. No voy a hacer referencia a los detalles de lo que ocurre pero solo digo que el libro se vuelve muy bestia y en ocasiones me he planteado dejarlo, no por malo sino porque está demasiado bien escrito como para recordar que esto es ficción.
Resumen: Un culicagao catalán recontra pajero de quince años, con complejo de Edipo, fijación por las axilas de su mami y de familia psicológicamente más inestable que un terremoto, con padres emocionalmente y físicamente ausentes, consigue probar/experimentar todo tipo de -filias (zoo-, pedo-, etc. — you name it) dentro de las 384 páginas del libro.
Descubrí Dick o la tristeza del sexo mientras veía el stream de Pelicanger, donde este estaba disecando una rana en el videojuego Bully. Al ver esa portada, pensé: hmm, qué coincidencia, hay que leer esa mondá, por algo me salió. Mi problema, supongo, fue que al comprarlo ni siquiera leí su descripción y… de entrada me quedé boquiabierto: no por el estilo del autor, sino por el gore y el abuso de animales descriptivos.
Nea, como un recontra pajero que anda mandando su pack a cualquiera que lo pida en DMs, como un recontra pajero desde su época adolescente, me sorprende el hecho de que pude sobrevivir a serlo sin bajarme hasta el infierno de desviaciones sexuales. Tal vez me pasó por siempre ser tan demisexual que buscaba más conexiones emocionales y vínculos (hey, hey, antes de juzgarme, nea — yo siempre fui un culicagao solitario con una mami muy estricta que no me dejaba socializar por celos — claro que quise, que deseaba la atención… Es la primera razón por la cual me tocó aprender a socializar y establecer vínculos/dependencias emocionales por primera vez en mis 23-24 años), tan medio marica con homofobia internalizada — yo qué sé, ¿sabés? Claro que me imaginaba dándola como triciclo en loma a una vecina o como a rata en balde a un pelao de mi edad al que siempre le notaba viéndome y viceversa, sí. Las hormonas, parce. Pasas que cosan.
Sin embargo, Franki, nuestro protagonista, de tanto paja ya se insensibilizó con cosas normales, cosas más suaves. No lo juzgo, y lo reiteraré más adelante: por supuesto, en mi salón mis compañeros también rotaban zoo y uhm, cepe (¿qué tan normal era que lo vieran pelaos de la misma edad? Juuuuum…), pero no lo sé, siempre me daba asco, y por ser tan vocal con mi asco conseguí consolidarme aún más como el mariquita del salón. I mean, un pelao que no quiere ver porno, que NO TIENE porno en su celuco, que no juega el furbito, que ama Crepúsculo y solo habla con las pelás sí o sí tiene que ser un mariconazo de los maricones, ¿no? Ajá. Like, lo máximo que pude permitirme fue catfishing de adultos, supongo. Los dejaba con los cojones/las vaginas (🗣️ eso, mi bebé pansexual) alteradas por el sexteo (nunca mandé mis nudes hasta mis 24) y ya.
He aquí donde el autor, con humor negrísimo, toma nuestra mano y nos guía, nos introduce sin dilatación y lubricación en la vida de su protagonista. Pero no de una, sino de la manera más episódica, cada vez dejándote con cara de asco y cringe. Y aunque ninguna explicación absuelve a Franki (sus desviaciones y ese final tan violento y gore), al completar este rompecabezas sexual —ajá, marica, porque Kiko Amat solo te presenta las piezas saltando entre fragmentos del pasado, presente y futuro— lo único que sentí fue una lástima por Francisc.
Maaaaaarica, no sé si siquiera es posible rodearse de gente con tantas perversiones. No es posible. Decime que no. Por favor.
La única cosa que no me gustó del libro fue el estilo del autor. Sé que lo escribió así de seco, lleno de términos más médicos/anatómicos para no parecerse todo un subnormal pervertido, para mantener el humor negro de la historia, sin embargo… no lo sé, no creo que escribirlo así haya sido la mejor opción, aunque tampoco sé cómo lo escribiría de otra manera. Simplemente no hay balance.
No es apto para todos, pero como una exploración de la psicología sexual de manera más “clínica” y más, uhm, gráfica, es increíble. Se nota que el autor no lo sacó del culo y exploró muy bien todo antes de escribir su libro: es muy detallista, muy pedante en su manera de abordar las perversiones.
El final, me ha parecido flojillo, una pena. Pq era de 4. Este autor es muy bueno,ojo. El libro, es un buen desparrame. El autor incluye un montón de referencias, incluso vocabulario que podría resultar pedante, pero para nada, las encaja perfectamente,aún sabiendo que el protagonista pajillero, no es el más espabilado y ni de coña alcanzaría un nivel intelectual cercano. Con buenas dosis de humor, se hace entretenido, avanzas con interés, por ver como el protagonista se va liando con sus hormonas y sus inquietudes sexuales, que son todas..hasta alcanzar cotas, donde estar salido, es casi la excusa para profundizar en el sexo adolescente...rezuma semen.
“La infelicidad era distinta para todo el mundo, de acuerdo, pero no por su dolor intrínseco, ni por el volumen que le correspondía a cada uno (como aventuró él mismo), sino por la manera en que cada uno respondía a ella. ¿A mayor profundidad del alma, mayor respuesta, tal vez?”
No sabía que existían tantos sinónimos para los genitales masculinos. A parte de hacerte reír y sentir cierto pudor, consigue hacerte reflexionar sobre lo difícil que es enfrentarse contra uno mismo. ¿Podemos tomar decisiones en contra de nuestra propia voluntad cuando realmente deseamos un cambio? O siempre volvemos a las raíces? Un gran libro.
Punkarra, irreverente, repulsiva, y atrevida. Un amalgama entre Big Mouth y El Guardián entre el Centeno que, lejos de acabar en un desastroso quiero y no puedo, se erige como una obra rompedora y, a riesgo de ser redundante, repugnante a más no poder.
Ni es para todos los estómagos… ni para todas las mentes. Los de data analytics de digital de la RAE han debido de observar un incremento sustancial en las búsquedas de términos prácticamente en desuso del español a raíz de esta novela. Probablemente, trazables a mi IP.
Aviso a navegantes: a partir de ahora una estrategia siempre será un gambito, en lugar de “me duele la tripita” sentiré una depresión gástrica, el paracetamol tendrá un efecto lenitivo, la gente será de ingenio romo, las historias con los ex serás descritas como eventos ignominiosos y en lugar de dar contexto sobre un tema me sumergiré en los prolegómenos.
Esta lectura ha sido, sinceramente, un gatillazo. El comienzo me enganchó: el estilo directo, el ritmo y la propuesta inicial me parecieron prometedores. Sin embargo, a medida que avanzaba, la historia se me fue haciendo pesada y perdí el interés. Puede que no conectara del todo con el tono o el tipo de humor, o quizás simplemente no sea un libro para mí. Aun así, reconozco que tiene una voz propia y entiendo que pueda gustar a otros lectores con afinidad por lo excéntrico y lo ácido.
Ni me he reído, ni he empatizado, ni nada. Me he enervado al imaginarme un adolescente más pajero de lo habitual con déficit social. Por no hablar de la necesidad del autor a la hora de dirigirse directamente al lector. Un aspecto positivo es el reflejo realista de la obsesión de los niños-jóvenes por el “sexo” y la pornografía y la pasividad de los padres frente a esto.
Incómodo de leer, pero con una narrativa que engancha. Aunque el autor intenta introducir toques de humor muy negro, a mí me da más pena que otra cosa. Creo que este libro expone, de manera grotesca, la importancia de la educación sexual
Otra obra de arte de Kiko Amat. Un libro ingenioso a rabiar y con un léxico sexual que merece una exposición en un museo. La historia pasa de la más inocente a lo más descarnado y cruel en tan solo 1 capítulo de diferencia. Será a buen seguro uno de mis 3 libros favoritos del año.
He leído muchos libros eróticos pero nunca me había enfrentado a una obra antierótica, lo cual ha resultado sorprendentemente adictivo. Una crítica mordaz, más centrada en una generación previa a la mía pero completamente actual, a la ausencia de educación sexual con la que hemos crecido, y a la exaltación de la necesidad íntima ante cualquier cosa. Contraponiéndose al individualismo moderno de una sociedad donde las familias ya no se relacionan. Una obra buenísima con un profundo análisis social, una pena que su éxito este capado porque los lectores potenciales se vayan a quedar solo en que habla de un chico que se folla a su perro.
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San Agustín decía que el resentimiento era como tomar veneno y esperar que muriese el otro. Si ese era el caso, y posiblemente lo era, pues san Agustín era un experto en dichas cuestiones, Franki tomaría el veneno de todos modos. No veía cómo podía deshacerse del rencor y, aunque pudiese, no tenía claro que desease hacerlo. Sospechaba que aquello le acompañaría toda la vida, aquella quemazón en el píloro, el ardor que le subiría a la garganta cada vez que pensara en su pasado. Era así, y mejor aceptarlo: el resentimiento formaba parte de él, igual que las cicatrices de su vientre. Sí.