Recluido en un apartamento, un pornografo responde las cartas que hombres y mujeres le escriben, guiándoles en un laberinto hecho de vértigo y lujuria. Este oficio extenuante lo consume emocionalmente. Sólo tiene un respiro: observar desde el balcón a su amada Úrsula. Pero ella decide cambiar las reglas de la relación. Ya no más visual, sino epistolar. El pornógrafo por primera vez recibe y escribe cartas de amor. La medida del tiempo pasa a ser leer a Úrsula y escribirle. Poco a poco su antigua vida se agota, y apenas llega a vislumbrar la que viene.
Alan Pauls es Licenciado en Letras y escritor argentino. Sus novelas, ensayos y cuentos han sido traducidos al inglés, al francés, al portugués, al rumano, al italiano, al holandés y al alemán. Además de su labor como autor, Pauls ha enseñado teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires, ha trabajado como periodista en el suplemento cultural del diario porteño Página/12 y ha firmado varios guiones cinematográficos. Su novela El Pasado, ganadora del Premio Herralde en 2003, ha sido adaptada al cine por el director argentino-brasileño Héctor Babenco.
Ya desde su primer título publicado, el argentino Alan Pauls se asienta sin embudos ni vacilaciones en lo que es su terreno literario. Es decir, en 1984, con la democracia argentina recién restaurada, para el joven Pauls no existe ninguna urgencia de constatar adhesión a la libertad ni nada similar, su formación es básicamente literaria; cierto que bebe de muchos filósofos franceses como ahora Barthes o Deleuze, pero su prosa no intenta demostrar compromiso político, ni profundidad filosófica, ni tampoco erudición enciclopédica, ya desde el inicio Pauls se adentra en la vertiente de la poesía, su interés reside en la palabra, en sus resonancias, sonoridad, melodía y modulación, en la que late un residuo del significado, con el que vagamente construye la historia de un atribulado amante que mantiene una 'relación óptica' con una mujer llamada Úrsula, con la que inicia una relación epistolar.
Por eso, la prosa de esta novela es tremendamente rítmica y fibrosa, las largas subordinadas están manejadas que mano experta, una vez comienzas un capítulo es muy fácil verse arrastrado por su agilidad y la ironía que disimuladamente crea, pues el anónimo narrador viene a ser una especie de avatar del amante del siglo de las luces, con sus pudores, reservas y florituras, pero que habita un mundo mucho más salaz. Su ocupación son precisamente contestar cartas, que se nos comenta son altamente sexuales y él las contesta como dejándose llevar por el vértigo que le produce leerlas, pero luego regresa a ese aire púdico, se dirige a Úrsula como si fuese un joven Werther o un personaje similar, para él la pasión romántica es la beatitud absoluta, cosa muy diferente en ese mundo al cual se dirige mediante sus cartas.
Esta colisión, unido al virtuoso manejo que Pauls tiene del fraseo sin duda otorga a este El pudor del pornógrafo un interés nada despreciable, sin duda si piensas que la novela tiene que ser un juego, Pauls debe ser uno de los nombres escritos con letras de oro en tu particular salón de la fama. Hasta cierto punto así lo creo, pero no tanto, o por lo menos encuentro a Alan Pauls menos gracioso de lo que él parece opinar de sí mismo.
Para nada una obra inmadura, por el contrario ya muy en sintonía con las novelas que luego publicará, incluso me parece un punto de inicio mucho más recomendable a su obra, dado que es más sucinto y condensado que El pasado, su libro que más fuerte ha pegado, también de las pocas que ha conseguido acceder al mercado anglosajón, que tiene el perjuicio de la autocomplacencia y el exceso y por eso se extiende más allá de la paciencia, cosa que El pudor del pornógrafo no hace porque sí sabe cuando dar por acabada la fiesta.
Su reedicion, 2 décadas después de su redaccion original, me sorprendió y me creo la necesidad de leerlo con la esperanza de haberlo reescrito y haber creado asi una nueva version del mismo. No, Alan Pauls para variar no cae en lo trillado, pero agrego un postfacio que supera la obra epistolar original tan cotidiana como humana.
Quien alguna vez ha navegado en el mar, ignorando todo conocimiento de navegación, y sentido que de no ir acompañado por marineros expertos, se perdería irremediablemente en esa inmensidad de agua que le rodea, de noche, puede comprender el valor inmenso que significa un faro.
Vislumbrar, así sea a momentos en que uno saca la cabeza del agua mientras con trabajo nada hacia una orilla, y ve, intermitentemente, a alguien que extiende su brazo para que exhausto puedas pescarte de él y evitar hundirte.
Eso significó Entre paréntesis, de Bolaño, un faro que lo abarcaba casi todo. Un faro que no solo señalaba la orilla, sino que fungía también como reflector de otras islas literarias capaces de atrapar y de manternerte a flote entre tanta mierda de mediocridad.
Bolaño habla de un extraño señor Pauls, de un cuento apenas, de retazos de otras obras; de apenas un puñado de palabras de un autor que declaró como “uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos”, y ya con eso se convirtió en una obsesión buscar y leer.
Años después llegaría a mis manos Wasabi, El pasado; y muchos años después, esta novela que comento y que se había vuelto una especie de tótem para mí, por su título, por su autor; la reeditó hace unos años con Anagrama, y agrega -le agradezco sobremanera- un posfacio que arroja más luz sobre esta pequeña exquisitez literaria, este divertimento intelectual de un jovencísimo autor.
La tomé para este viaje de las fiestas, y la leí de un tirón a modo de descanso del Tadeys, de Lamborghini, que se está volviendo todo un reto de lectura, y creo que sirvió como un buen descanso, como una buena pausa, una que no está muy lejos del tema de la perversión, y que coinciden en su antieroticidad, desde trincheras muy distintas, pero, con coincidencias temáticas. Cierta asincronía entre quien escribió, en su tiempo de publicación, y quien la lea hoy en día.
A ratos se me figuraba el efecto que hoy en día causan los mensajes y cómo la espera en la respuesta puede sentirse como eterna y cruel; como el tiempo afecta entre quien escribe y envía una misiva, un mensaje, y su respuesta. Un pasado no tan remoto que pareciera que nunca existió para unas nuevas generaciones tan acostumbradas a lo inmediato.
La escritura se vuelve pornográfica, lo es, por lo que enuncia y por lo que oculta, por la fuerza de las palabras y lo que significan sobre las líneas y entre ellas; ¿qué extraño, no? En un mundo digitalizado, donde los mensajes cada vez se cifran en apenas unos iconos, donde un lenguaje de emojis puede traer confusiones porque Unicode lo leen distinto los dispositivos Android y los iOS; en este mundo donde la palabra parece ocupar otro lugar, distinto en jerarquía ante la imagen, la escritura se vuelve subversiva, la foto del desnudo, el “send nudes” en texto, se vuelven anárquicos y forajidos, la escritura se refugia en un terreno sinuoso, pero segura de que no la doblegarán.
El pudor es buenísima si te gusta la literatura. Si Kafka te dice algo, te sigue diciendo, si la lectura y la intriga las puedes descubrir más allá de la novela policiaca; hay esa voluptuosidad dieciochesca de la novela, un lenguaje refinado y burgués, pero de imposible datación exacta, hay una trama bien construida y un narrador gracioso y a la vez terrorífico, un grotesco de marco de madera con pintura dorada, imágenes figurativas iluminadas y con unas sombras macabras en algunas partes del cuadro.
Un disfrute y un deleite literario, definitivamente, de uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos.
Me encontré con este libro por casualidad en un estante abandonado de una librería y la tentación de leerlo fue inmediata. Para mi suerte, no me decepcionó en lo más mínimo. La forma de escribir de un joven Alan Pauls es impecable, profunda y evocativa. Una historia simple y compleja a la vez, muy bien narrada. Me encantó.
Increíble, una novela tan encarretadora escrita por un joven de 21 años. "se había vuelto para mí imperiosa la necesidad de encontrar el modo que nos permitiera introducirnos, por así decir, uno en el otro."
La primera novela de Alan Pauls (y primera que leo del autor) es una compilación de cartas que un personaje sin nombre le escribe a su amada Úrsula, a quién solo ha visto de lejos y con quien mantiene una relación limitada a la escritura de dichas cartas. El libro me pareció cansón, aunque a ratos y sobre todo al final, presenta momentos de tensión, en general es una novela plana, dónde lo que más destaca es el miedo irracional del protagonista (que además se dedica a escribir cartas obscenas para ganarse la vida) de que su correspondencia con Úrsula sea interceptada y tergiversada. Me parece que lo que más destaca en esta edición es el posfacio.
Todo es cuestión de expectativas. De este autor - alabado por Bolaño, citado por Fresán- esperaba algo más moderno, juguetón o trasgresor. Esta fue la primera novela que escribió y la primera que le leo y se siente un lenguaje, aunque muy cuidado, tan lleno de frases cliché o casi de hace un siglo que podría haber sido escrito por Zweig. Aunque "parodia" y "terror" pueden ser las ideas que se nos vienen a la cabeza luego del largo intercambio epistolar sobre el que se sostiene casi toda la novela (según el mismo Pauls comenta en su posfacio tres décadas después) creo que ninguno de esos "géneros" me motiva demasiado.
Pauls escribe fantástico, es un hecho. En esta novela, creada a sus 21 años, publicada a sus 25 y reeditada ahora, a sus 54, sigue dando cuenta de eso. Género epistolar, pornografía de alto nivel y una historia siniestra imposible de dejar una vez comenzada. Brillante aventura para vivir una noche de lujuria literaria.
El pudor del pornógrafo es la primera novela de Alan Pauls y esta edición contiene un posfacio del escritor en el cual nos dice que se trata de "un libro nacido de la idea de que cortar con 'la vida' es condición sine qua non de la ficción". El personaje principal del libro -que no tiene nombre ni ningún otro rasgo distintivo que nos permita situarlo en tiempo y espacio- se dedica en efecto a un oficio que no lo deja salir de su casa ni por un minuto: encadenado a su escritorio, contesta cartas escritas por desconocidos que tienen inquietudes sexuales y exigen una respuesta del protagonista. A ese vaivén diario de cartas -que constituye su única fuente de ingresos- se viene a superponer otro intercambio epistolar: el del protagonista con Úrsula. El lector sólo sabe de esa mujer lo que se deja entrever en las cartas que recibe el protagonista.
Esta novela epistolar no sería lo que es sin un elemento indispensable del género: el mensajero. El "enmascarado", según el apodo que le da el protagonista, ofrece una solución a la fragilidad inherente a cualquier intercambio epistolar: la posibilidad de que se pierdan las cartas, esos escritos gracias a los cuales los personajes permanecen unidos. "Porque la carta se envía y, enviada, en viaje, queda como en suspenso; cortada de todo, en el aire, como ofrecida a un mercado ávido de peligros: intrusos, impostores, espías, usurpadores... De ese terror habla El pudor del pornógrafo", escribe Pauls en su posfacio.
¿Historia de amor a distancia? ¿Novela epistolar? Los géneros se desconfiguran cuando los dos intercambios epistolares -que hasta cierto momento corrían una suerte paralela- vienen a entrecruzarse y rompen el equilibrio que el protagonista se esmeraba en preservar. Roto el lazo con su amada, permanece sin embargo la simetría cuyo eje le da a esta novela primeriza una estructura poderosa sobre la cual descansa el voyeurismo morboso del lector, la obsesión amorosa del protagonista y los temas tanto estéticos como metaliterarios que atormentaban a nuestro escritor en ciernes.
Escuché una lectura de Alan Pauls a comienzos de abril de 2024 en el campus Lo Contador de la UC, como invitado a La ciudad y las palabras, en Chile. Leyó un texto inédito sobre su experiencia de vivir en Berlin. Fue una lectura de 40 minutos mas o menos, que disfruté muchísimo. Me pareció magistral, porque fue simple, profundo y muy entretenido.
Tiempo atrás un amigo me sugirió con entusiasmo leer a Alan Pauls. Ese entusiasmo que se desborda en los movimientos de los brazos, en las palabras atoradas que no pueden salir al mismo tiempo que lo dicho. Bolaño también sugirió seguirle los pasos y leerlo. Y entonces, hace 3 o 4 semanas en alguna librería limeña pasé por encima de este título, y sin pensarlo mucho lo compré.
Cuenta la historia de un hombre, que desde la soledad de su departamento responde las cartas de personas que necesitan narrar la consumación de sus lujurias y pasiones sexuales más pervertidas, y se enamora un día de la idea que sugiere una mujer, a la que divisa en el parque que está frente a su edificio desde su balcón todos los días, y que de pronto comienza a enviarle cartas para acercar los corazones. Comienza así una correspondencia en la que el narrador protagonista va desnudando su propia psicología, sus temores y sobre todo su locura, desde el amor que dice sentir y profesar por escrito hacia esta mujer con la que nunca ha estado. Úrsula, así se llama la chica, entra en el juego y con sus respuestas arrincona a nuestro héroe vulnerable, que no quiere compartir con ella el mundo perverso que esconde en su "trabajo".
Me entero ahora, que este fue el primer libro que publicó Alan Pauls, nada mas y nada menos que hace 40 años (1984), y que fue republicado, sin editar ni una coma del original, el año 2014.
Si bien me pareció entretenido, con la dosis precisa de calor y excitación, no se bien por qué, pero hay algo del libro que no termina de cuajar en mi -siempre distraída- comprensión. Diría que es un libro que debe leerse después de sentir que Pauls es imprescindible, algo que entiendo ocurre después de leer su novela titulada El pasado.
Años más tarde, Alan Pauls quiere inscribir a este libro dentro del género de la parodia. Luego, reflexionando un poco más, se percata que no es parodia lo que exuda, sino, más bien, terror. Es el género del terror, y el goce del terror, el elegido por Alan Pauls para un primer acercamiento, treinta años después, a su primera novela. Luego, la presenta como una especie de prueba y de constancia, de la devoción, la fidelidad, la convicción del acto de escribir. Porque, dice, escribir no es difícil. Lo difícil es seguir escribiendo. En el caso del Pudor del pornógrafo, yendo al extremo de la propia imagen que Alan Pauls elige para explicar su novela, que es el Werther, se trata de escribir hasta morir. El pornógrafo, podemos advertirlo, logrará dicho cometido. Pero eso no queda expuesto en la novela. Solo se intuye, de su carácter quebradizo y débil. Y de su amor, también fiel, hacia Úrsula. La novela, siendo la primera novela de Alan Pauls, es poderosa. Ya entonces se auguraba la compleja pluma de este autor que me gusta mucho y al que vuelvo cada cierto tiempo. No obstante, no logré aceptar del todo ciertas concesiones que el sentido común tuvo que hacer con esta historia para que resultara posible. Hay múltiples cuestiones operativas que me parecieron insoportables, por caprichosas, injustificadas, incluso torpes. Como la utilización frecuente de un parque público para la comisión de actos sexuales totalmente explícitos. Semejantes atrevimientos son, sencillamente, inverosímiles. Y como este sencillo ejemplo, muchos otros. Eso, no me dejó disfrutar totalmente de la historia. Hacía ruido. De todas formas, el lenguaje, el uso del lenguaje, me mantuvo en vilo todo el tiempo. El arcaísmo es magnífico, la afectación, la sensiblería, el pudor. Y, todo, retocado con varias descripciones elegantes de sexo duro, genera un efecto que hace que el libro termine valiendo la pena.
“El pudor del pornógrafo” es la primer novela de Alan Pauls la cual escribió cuando tenía 21 años. El narrador de la novela es un pornógrafo que, recluido en su departamento, responde cartas eróticas tanto de hombres como de mujeres. Parte del intercambio postal pertenece a una mujer llamada Ursula con quien termina teniendo un intercambio de cartas amorosas que lo llevan al enamoramiento obsesivo y lo absorben por completo. En este vínculo epistolar interviene un personaje al que conocemos como “el enmascarado” quien toma el rol de cartero o mensajero entre los dos amantes. Las cartas están llenas de romanticismo y erotismo, confiesan los sentimientos más íntimos y oscuros del narrador, sus miedos y sus obsesiones, y los de Ursula que el lector conoce únicamente gracias a citas aisladas e interpretaciones subjetivas de quien nos narra esta novela epistolar. El lector espera quizás que llegue el momento en que se encuentren; el narrador quizás también aunque por momentos parece disfrutar del placer de sentirse deseado pero de nunca concretar.
"(Y para mi la impaciencia no es otra cosa que el pasatiempo de la espera)
No releí el pudor, (...) pero cuando lo haga sé cómo lo voy a releer: como una novela de terror.
Nada más personal, nada mas marcado que una carta. Ningún texto más sembrado se huellas -las del que lo escribe, las de aquel a quién está dirigido. Y sin embargo -es la lección terrorífica de Kafka-, nada más amenazado que esa reliquia, nada más precario y frágil que ese lazo de intimidad que la carta sella con su autor y con su destinatario.
Increíble, desfachatado y enorme Pauls. Quién pudiera tener como primera novela este cruce epistolar, erótico y tenso. Los diálogos que se reponen en cada carta, el lenguaje dramático pero febril, esa sensación de que algo está por romperse todo el tiempo pero que es imposible dejar de desearlo. Y, como cereza del postre, un posfacio que es como un barniz que resalta los colores vibrantes de la novela, pero también sus oscuridades. Una clase de por qué escribir y seguir escribiendo que resignifica su propia juventud narrativa.
Escrita a los 21 años -a inicios de los ochenta- por Alan Pauls, es un relato intenso sobre un escritor obsesivo de cartas pornográficas que tiene correspondencia con su musa. Con un lenguaje rebuscado, con tintes borgianos e incluso nerudianos en su prosa, hay relatos y descripciones elegantes de actos sexuales. Es interesante el posfacio escrito por el autor 34 años después, en que explica esta novela, su primera, que lanzó bajo un seudónimo.
Alan Pauls se define en el posfacio que escribió para la reedición de ésta, su primera novela, como el 'detractor principal' del erotismo. ¿Cómo podía salir un libro que tematiza sobre el deseo y el erotismo, escrito precisamente por alguien que piensa así? Exacto. Y aún así, detrás de ese equívoco fundante, y del tono pretencioso en el que se refugia por momentos, la novela tiene fragmentos interesantes.
Nada me deslumbra. Crisis lectora. Probé con Alan Pauls porque varios me lo recomendaron pero no sé si esta fue la mejor elección. Le daré otra chance, pero este libro no me apasionó y lo que no me apasiona me termina aburriendo.
Sin embargo, me parece bastante impresionante tener 21 años y poder escribir esta novela epistolar de la forma en la que está escrita, llena de adornos bien utilizados.
Un plomazo imposible de leer. Le di un par de oportunidades, pensando que a lo mejor el lelo era yo, pero no). No la terminé, y eso que es una novela cortita. Eso ya quiere decir bastante.
Le pongo tres estrellas y media pero, como no se puede, redondeo para arriba. Lo padecí hasta el final. Las últimas diez páginas cierran el libro muy bien. Todo el libro es para eso. Muy bien.