Sorprende encontrar, en el transcurso de la lectura de unos textos que son cuatro veces milenarios, ciertas fórmulas y procedimientos que resultan reconocibles por encima de la distancia histórica y estética que impone la remota literatura acadia. Ante todo, el sabor de la épica, que se sustancia en la expresión física de los sentimientos, como "el muro de mi rostro" con que se caracteriza a un personaje, quizá Marduk, en el Poema de Erra. Cuando, en otra composición, el deforme Nergal anuncia a la apasionada Ereshkigal que abandona su lecho para volver al cielo, el poeta se limita a representar el dolor de la diosa diciendo que "se le tornaron negros a ella sus labios". También el uso de adjetivación metafórica, como el "viento cuádruple" mencionado en el Enuma Elish, anticipa algo del lenguaje homérico. Y no falta el componente catabático, que deja imágenes de lúgubre belleza en el relato del Descenso de Ishtar al inframundo, donde los muertos "visten, como los pájaros, un ropaje de plumas".