«Aquí verá un espantoso espectáculo que conmueve el alma y contemplará la guerra no con su alineamiento ordenado, bello y brillante, con su música y redoblar de tambores, con sus banderas ondeando y con sus generales a caballo, sino la guerra en su verdadera expresión, con sangre, dolor y muerte”.
El sitio a Sebastopol, heroica ciudad de viejas y nuevas batallas, es uno de los episodios más recordados de la Guerra de Crimea (1853-1856). Un asedio de 11 meses desgastantes que templó el espíritu de lucha del pueblo ruso anclado en la ciudad fundada por Catalina la Grande, y que determinó también, el destino de Lev Nikoláievich Tolstói, joven oficial de artillería del cuarto bastión defensivo. Imbuido de patriotismo, de ansías de gloria y redención, Tolstói se enlistó en el ejército y se dirigió por tierra a la ciudad sitiada por una coalición otomana, francesa e inglesa. En torno a Tolstói y Crimea se tejen numerosas leyendas, una de ellas, refiere a la crónica y al reportaje de guerra. En efecto, el conflicto bélico de Crimea desplegó una incipiente, pero importante cobertura mediática, que se ubica en la génesis de la espectacularización bélica que veríamos un siglo después. Para el Times, escribió William Howard Russell, reportero británico considerado el padre del periodismo de guerra; mientras que en el bando ruso destacó el joven Tolstói, quien percibió los horrores de las refriegas al sentirse convocado por las letras, al verificar que la violencia no tiene cabida en el alma humana. Lo hizo a través de 3 crónicas o relatos publicados entre junio de 1855 y enero de 1856 en la revista literaria “El contemporáneo”, fundada por Pushkin y editada por Nekrasov; estos textos causaron fervor entre los lectores rusos y extranjeros. Tolstói evocó la guerra desde sus múltiples ambiciones, pasiones y desatinos, creando un caos casi incomprensible de actores que deambulan heridos, envalentonados, confundidos, expectantes, temerosos, audaces o codiciosos. Un maremágnum de voces cada cual con su verdad, que se debaten entre la nobleza y el latrocinio. Tolstói intentó pagar sus culpas con patriotismo, pretendió olvidar su vida sexual desordenada y frenética entregada al juego, concentrándose en la defensa de la santa madre y de sus costumbres; encontró sin embargo, otro camino a la expiación: fue la literatura un fardo, un faro, la guía, la luz. Y Tolstói fue un iluminado del pensamiento pacifista en medio de la oscuridad los bombardeos, un ícono y estandarte de trascendencia universal que inspiró a más de un revolucionario/pacifista.
El primer relato: “Sebastopol en diciembre” es una introducción al campo de batalla, Tolstói presenta el escenario, las consignas y comportamientos del ejército ruso como un telón de fondo. La narración en segunda persona interpelar a los lectores, utiliza el pronombre “tú” a medida que recorre las instancias bélicas, deteniéndose en los hospitales de campaña y en los heridos. Las descripciones de Lev no dan tregua, son violentas y viscerales: enfermos llorando, gritando o sangrando, doctores amputando miembros, soldados esperando a que la muerte se los lleve, salvándolos de la vida y sus atroces dolores. En el segundo relato: “Sebastopol en mayo” Tolstoi busca, como un demiurgo ciego, las causas del conflicto, encontrando la futilidad, la vanidad, el engreimiento, el equívoco. Vanidad de vanidades, pelear por un pedazo de tierra y un amasijo de costumbres ¿O no? La crónica se debate equidistante, del canto heroico a un pueblo valiente en resistencia que defiende sus credos y tradiciones, a la mordaz crítica de una querella inútil, que fulmina a las tropa mientras inviste de hidalguía a los oficiales superiores, muchos de ellos, ajenos al estallido, al ardor, al fragor del campo de batalla. Es paradójico, los que quieren la guerra, los que la exaltan, los que la ordenan, los que la claman; se ocultan lejos de las trincheras, arropados en insignias y medallas, cobardes embusteros que se relamen en las cifras de caídos y de heridos. La cúpula militar protegida, conduce a una milicia desprotegida directo a la masacre, mientras a cuentagotas, resurge el valor de un pueblo inderrotable.
El tercer relato: “Sebastopol en agosto de 1855”, tiene un cariz de cuento. El argumento se centra en los hermanos Mijaíl y Vladímir Kozeltsov. El menor llega a Sebastopol con la ilusión juvenil de la batalla, una idealización nefasta que la guerra se encarga de borrar en segundos con sus bombas y explosiones. A través de la mirada de estos hermanos, Tolstói reflexiona sobre la disciplina castrense absurda, evidenciando la perversidad de los mandos altos y la ingenuidad de los bajos. El desastre está por suceder, sin embargo, la esperanza se mantuvo, a pesar de la caída y la derrota, a pesar de nuevas guerras, a pesar de regímenes impositivos y opresivos. Crimea se erige como un sitio de leyenda, signado por la guerra y la literatura, un lugar fronterizo de conflictos, magia y reconstrucción. En estos tres relatos se percibe el germen del periodismo de guerra, aunque el componente principal es la ficción. Una ficción que no puede leerse como un reflejo de la realidad nada más, sino como la lectura individual y particular que Lev Tosltói hizo de esa realidad, para volcarla embellecida en literatura. Por tanto, sus textos se acercan más al cuento que a la crónica, cuando la historia ingresa en la literatura deja de ser historia para convertirse en literatura, sin embargo, sus evocaciones son tan fehacientes, tan coloridas (en escala de grises) y tan palpitantes, que parece que el lector se desplaza a un campo de guerra verdadero. A pesar del entusiasmo del czar Alejandro II, los relatos fueron censurados por su ataque al heroísmo hipócrita de la jerarquía militar mezquina, por alejarse del movimiento literario romántico en favor de una descripción dura de los acontecimientos, y, por censurar la guerra en una época que la exaltaba como el camino necesario para encausar el orgullo nacional, unificando o desbaratando naciones. Debido a esta censura, los relatos recién fueron publicados completos y firmados en 1928, en medio de una humanidad que aun reclamaba sangre. Tres relatos que perciben la inclemencia de la guerra. Tres textos que cantan a la paz, y que anuncian lo que vendría en la carrera literaria de Tolstói.