Hay novelas que las vives, las sientes, se te meten en la piel. Eso es exactamente lo que me ha ocurrido con Las que no duermen NASH. Con su lectura conseguí sumergirme en una historia con mucha intensidad, con esa sensación constante de estar caminando al lado de los personajes, de respirar el mismo aire que ellos, de compartir sus miedos, sus dudas y sus certezas. Dolores Redondo lo ha vuelto a hacer. Ha escrito una novela redonda, profunda y emocionante.
Esta es la segunda entrega de la tetralogía Los Valles Tranquilos. Se conecta sutilmente con el universo de la Trilogía del Baztán (y sí, Amaia Salazar aparece y se agradece muchísimo su presencia), pero la verdadera protagonista es otra mujer extraordinaria: Nash Elizondo, psicóloga forense, profesora universitaria, compleja, brillante, fuerte y vulnerable al mismo tiempo. Un personaje fascinante al que, desde ya, quiero seguir leyendo muchos años.
La historia comienza justo antes del confinamiento por la pandemia de principios del 2020. Ese telón de fondo —tan reciente y tan impactante— le da al libro una tensión subterránea que atraviesa cada página. La autora utiliza ese momento de incertidumbre colectiva para enmarcar el hallazgo de un cadáver que reabre uno de los crímenes más mediáticos de los últimos años: la desaparición de Andrea Dancur. A partir de ese punto, la novela despliega una investigación apasionante, pero también un viaje emocional por las raíces más profundas del Baztán, por sus leyendas, sus silencios, sus culpas y sus heridas.
La ambientación es una de las grandes fortalezas de la novela. El valle navarro no es solo un escenario: es casi un personaje más. Está vivo. Se siente. Hay algo hipnótico en la forma en que la autora describe ese paisaje envuelto en niebla, humedad, supersticiones y memoria. Es un entorno bello, pero también inquietante, donde todo puede pasar, y donde el pasado nunca está del todo enterrado. Las referencias a las creencias populares, a las brujas, a lo no dicho, le aportan una capa poética y simbólica que me ha encantado. Es una historia negra, sí, pero con alma.
Y luego está la manera en la que se narra. Qué manera de tejer una trama compleja con naturalidad, qué bien construidos están los personajes, qué ritmo más orgánico tiene la novela. Aquí no hay efectismos gratuitos, no hay giros forzados: todo fluye, todo encaja. La autora confía en la inteligencia y la sensibilidad de los lectores. Hay introspección, pero también momentos de tensión contenida, de emoción pura. El dolor, la pérdida, la búsqueda de la verdad, el poder del entorno, el peso de la maternidad y de las mujeres que no pueden dormir… todo está ahí, con sutileza, sin subrayar, pero dejando huella.
Nash, además, es un acierto total. Su forma de investigar es distinta: no busca pruebas materiales, busca conocer a la víctima en profundidad, entender su mundo, reconstruir su psicología. Es un enfoque que aporta una enorme humanidad a la historia. Me ha parecido tremendamente original y conmovedor. Además, hay algo en su fragilidad, en su insomnio, en su forma de mirar, que la convierte en alguien muy cercano. He conectado con ella de una manera muy especial.
A lo largo de la novela también desfilan otros personajes femeninos muy potentes: las hermanas Mitxelena, la propia Amaia Salazar, mujeres heridas, sabias, enigmáticas, todas unidas por esa vigilia perpetua, ese “no dormir” que da título al libro. Aquí las mujeres sostienen la trama, la emoción, la verdad. Y lo hacen con una sororidad muy hermosa, sin caer en tópicos, sino desde la honestidad y la complejidad.
El final cierra la historia de manera satisfactoria pero deja abiertas puertas que intuyo se explorarán en futuras entregas. Y ojalá así sea. Porque yo ya necesito saber más de Nash, de lo que vendrá después, de esa propuesta que le hace Salazar al final. Me entusiasma pensar en un universo literario que una lo mejor de Baztán con lo nuevo de los Valles Tranquilos.