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Flor de albero
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Displaying 1 - 2 of 2 reviews
December 2, 2025
Sin saber muy bien qué iba a encontrarme aquí, tengo que reconocer que el viaje junto a Lalín me ha removido por dentro. Él es un niño inocente que intenta crecer en medio de una familia hecha pedazos: un padre y un hermano que, movidos por un m4ch1smo brutal, lo castigan por no aceptar su homosexu4lid4d, y una madre sumis4 y hundida, acostumbrada siempre a callar y a agachar la cabeza, incapaz de ofrecerle el refugio que tanto necesita. Todo esto pesa todavía más por el momento en que arranca la historia: los años 60, dentro de una España dura, cerrada y cruel con cualquiera que se apartara de la norma.
La vida del protagonista transcurre en un caluroso pueblo sevillano, Alcalá de Guadaira. Desde niño, Lalín es obligado a trabajar repartiendo leche por las casas, siempre bajo la mirada severa y los gritos de su padre y su hermano mayor. Crece asfixiado por un ambiente autoritario y rígido, donde la tradición se impone sin compasión y la libertad se castiga, una opresión que el autor retrata con crudeza y que golpea al lector desde la primera página.
Lo difícil de esta novela reside en su incomodidad. No es una historia fácil: en muchos momentos duele de verdad. Tanto, que uno termina sintiéndose parte del propio Lalín, deseando tomar las riendas de su vida, intentando guiarlo, protegerlo y acompañarlo en la búsqueda de un futuro más esperanzador, como si compartiéramos con él cada golpe, cada lágrima y cada silencio.
A medida que la novela avanza, he ido sintiendo un torrente de emociones diferentes. A las más duras y difíciles hay que sumarle también momentos de alegría, de risas inesperadas o de sensibilidad que acarician. Es un libro que da mucho y que enseña todavía más. Me sorprende cómo, entre sus páginas, me he encontrado con cosas que no esperaba, lecciones que se quedan conmigo mucho después de cerrar el libro. Y eso, para mí, es lo más valioso de leer: aprender, descubrir, sentir… y, al mismo tiempo, disfrutar a cada instante de una historia que envuelve.
Otro aspecto que me ha gustado mucho es, además, la manera en la que el autor ha sabido retratar muchos de esos rasgos sureños que yo mismo he vivido en primera persona durante mis visitas familiares al pueblo de mis padres. En efecto, los pueblos pequeños de interior y la reacción de su gente ante lo diferente, ante el de fuera, así como las inevitables habladurías y el intenso calor de la zona, aparecen todos representados con gran precisión y sensibilidad por Rafael La Casa.
La historia se despliega ante nosotros ofreciéndonos la estampa de un Lalín niño, y es entonces cuando el libro, como un viejo narrador paciente, nos toma de la mano y nos guía con suavidad por las distintas estaciones de su vida. En ese transitar, vamos encontrándonos con las distintas almas que lo conforman, todas surgidas de su obstinada búsqueda de una identidad que lo ampare. Así, se nos revela, por un lado, la personalidad frágil, inocente e insegura, casi un susurro tembloroso; y, por el otro, la valerosa, creativa y digna que late con la fuerza de aquello que aún no ha encontrado su voz definitiva, pero ya reclama su verdadero lugar, allí dónde quiere quedarse.
Sin duda, una historia de luchas y aprendizajes constantes. Un libro que requiere de ganas y reivindicación. Perfecto para una lectura fácil, pero interesante para muchas cosas. Tiene su lado real y su lado ficticio, sincero y emocional, necesario y cercano. Un mundo mejor es posible y está dentro de libros así.
Felicidades al autor.
La vida del protagonista transcurre en un caluroso pueblo sevillano, Alcalá de Guadaira. Desde niño, Lalín es obligado a trabajar repartiendo leche por las casas, siempre bajo la mirada severa y los gritos de su padre y su hermano mayor. Crece asfixiado por un ambiente autoritario y rígido, donde la tradición se impone sin compasión y la libertad se castiga, una opresión que el autor retrata con crudeza y que golpea al lector desde la primera página.
Lo difícil de esta novela reside en su incomodidad. No es una historia fácil: en muchos momentos duele de verdad. Tanto, que uno termina sintiéndose parte del propio Lalín, deseando tomar las riendas de su vida, intentando guiarlo, protegerlo y acompañarlo en la búsqueda de un futuro más esperanzador, como si compartiéramos con él cada golpe, cada lágrima y cada silencio.
A medida que la novela avanza, he ido sintiendo un torrente de emociones diferentes. A las más duras y difíciles hay que sumarle también momentos de alegría, de risas inesperadas o de sensibilidad que acarician. Es un libro que da mucho y que enseña todavía más. Me sorprende cómo, entre sus páginas, me he encontrado con cosas que no esperaba, lecciones que se quedan conmigo mucho después de cerrar el libro. Y eso, para mí, es lo más valioso de leer: aprender, descubrir, sentir… y, al mismo tiempo, disfrutar a cada instante de una historia que envuelve.
Otro aspecto que me ha gustado mucho es, además, la manera en la que el autor ha sabido retratar muchos de esos rasgos sureños que yo mismo he vivido en primera persona durante mis visitas familiares al pueblo de mis padres. En efecto, los pueblos pequeños de interior y la reacción de su gente ante lo diferente, ante el de fuera, así como las inevitables habladurías y el intenso calor de la zona, aparecen todos representados con gran precisión y sensibilidad por Rafael La Casa.
La historia se despliega ante nosotros ofreciéndonos la estampa de un Lalín niño, y es entonces cuando el libro, como un viejo narrador paciente, nos toma de la mano y nos guía con suavidad por las distintas estaciones de su vida. En ese transitar, vamos encontrándonos con las distintas almas que lo conforman, todas surgidas de su obstinada búsqueda de una identidad que lo ampare. Así, se nos revela, por un lado, la personalidad frágil, inocente e insegura, casi un susurro tembloroso; y, por el otro, la valerosa, creativa y digna que late con la fuerza de aquello que aún no ha encontrado su voz definitiva, pero ya reclama su verdadero lugar, allí dónde quiere quedarse.
Sin duda, una historia de luchas y aprendizajes constantes. Un libro que requiere de ganas y reivindicación. Perfecto para una lectura fácil, pero interesante para muchas cosas. Tiene su lado real y su lado ficticio, sincero y emocional, necesario y cercano. Un mundo mejor es posible y está dentro de libros así.
Felicidades al autor.
July 6, 2025
No sabía bien qué esperar de «Flor de albero», pero me ha dejado una sensación difícil de explicar.
Lo empecé por curiosidad, pensando que iba a encontrarme con una novela centrada en lo rural y la homosexualidad en esos contextos —con su complejidad—, pero es bastante más que eso. Es una historia muy cruda y con tintes luminosos a la vez, y; ante todo, muy honesta. Tan honesta que a veces llega a doler, porque la v1ol3ncia no tiene límites y el m4ltrato cambia de cara o de forma pero es una constante en la vida de algunas personas.
Lalín, el protagonista, crece en Alcalá de Guadaíra con una familia rota, en un entorno donde ser diferente es una condena silenciosa. No hay grandes giros dramáticos ni redenciones de película: hay una vida narrada con detalle, con rabia contenida, con ternura en sitios donde no se espera encontrarla. El autor no intenta edulcorar nada. La violenc14 está presente. La homofob14 determina y atraviesa vidas. El deseo reprimido también se encrudece. Pero hay belleza en medio del desastre; y también dignidad en la fortaleza de querer constantemente ser fiel a uno mismo.
El contexto rural andaluz está muy bien representado: El calor que agobia, los bares atestados, las casas con composiciones esperpénticas de lo sacro y lo kitsch. Todo eso me resultó muy cercano, incluso en los años que ni siquiera era un pensamiento en el mundo. También el paso a Sevilla, esa forma de moverse en una ciudad que parece más abierta pero que sigue empujando a los diferentes hacia los márgenes, hacia los recovecos de lo prohibido por la norma.
No es una novela cómoda, pero sí muy necesaria. Me hizo pensar en todos los «Lalines» que he conocido (y también en aquellos que viven en la vergüenza, que no quieren mostrarse, que se alimentan de la felicidad y autenticidad de otros). Lo queer aquí no es un adorno ni un tema de moda: es el centro mismo de lo que se cuenta, sin etiquetas, sin teoría, solo desde el cuerpo sometido y las duras experiencias que acumula el testimonio de una vida con el paso de los años.
El estilo de escritura es elevado, a veces suena complejo pero le da sentido a un personaje que quiere siempre «complacer» y vivir en «la perfección» para ser acogido y aceptado. Aún así, a algunas personas puede provocarle confusión en un principio.
En resumen, merece la pena echarle un vistazo y pensar en esta suerte de no-ficción biográfica que, por desgracia, será el reflejo de muchas personas queer que se ven obligadas a huir de una vida para intentar construir otra donde ser felices, en muchas ocasiones, sin ninguna herramienta para defender o encontrar aquello que necesitan, aquel cariño y familia encontrada que pueden salvarle.
Lo empecé por curiosidad, pensando que iba a encontrarme con una novela centrada en lo rural y la homosexualidad en esos contextos —con su complejidad—, pero es bastante más que eso. Es una historia muy cruda y con tintes luminosos a la vez, y; ante todo, muy honesta. Tan honesta que a veces llega a doler, porque la v1ol3ncia no tiene límites y el m4ltrato cambia de cara o de forma pero es una constante en la vida de algunas personas.
Lalín, el protagonista, crece en Alcalá de Guadaíra con una familia rota, en un entorno donde ser diferente es una condena silenciosa. No hay grandes giros dramáticos ni redenciones de película: hay una vida narrada con detalle, con rabia contenida, con ternura en sitios donde no se espera encontrarla. El autor no intenta edulcorar nada. La violenc14 está presente. La homofob14 determina y atraviesa vidas. El deseo reprimido también se encrudece. Pero hay belleza en medio del desastre; y también dignidad en la fortaleza de querer constantemente ser fiel a uno mismo.
El contexto rural andaluz está muy bien representado: El calor que agobia, los bares atestados, las casas con composiciones esperpénticas de lo sacro y lo kitsch. Todo eso me resultó muy cercano, incluso en los años que ni siquiera era un pensamiento en el mundo. También el paso a Sevilla, esa forma de moverse en una ciudad que parece más abierta pero que sigue empujando a los diferentes hacia los márgenes, hacia los recovecos de lo prohibido por la norma.
No es una novela cómoda, pero sí muy necesaria. Me hizo pensar en todos los «Lalines» que he conocido (y también en aquellos que viven en la vergüenza, que no quieren mostrarse, que se alimentan de la felicidad y autenticidad de otros). Lo queer aquí no es un adorno ni un tema de moda: es el centro mismo de lo que se cuenta, sin etiquetas, sin teoría, solo desde el cuerpo sometido y las duras experiencias que acumula el testimonio de una vida con el paso de los años.
El estilo de escritura es elevado, a veces suena complejo pero le da sentido a un personaje que quiere siempre «complacer» y vivir en «la perfección» para ser acogido y aceptado. Aún así, a algunas personas puede provocarle confusión en un principio.
En resumen, merece la pena echarle un vistazo y pensar en esta suerte de no-ficción biográfica que, por desgracia, será el reflejo de muchas personas queer que se ven obligadas a huir de una vida para intentar construir otra donde ser felices, en muchas ocasiones, sin ninguna herramienta para defender o encontrar aquello que necesitan, aquel cariño y familia encontrada que pueden salvarle.
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