Insólitos, bizarros, abyectos, impredecibles, extraños: los adjetivos no alcanzan para definir el material que el lector tiene entre sus manos y que refleja la punzante radiografía de una literatura que emerge por todo el continente, desbordando los cánones del género en un huracán de historias que no responde ni a causas ni a efectos.
“Reflujo: antología del cuento delirante” reúne a 26 autores contemporáneos de Argentina, Chile, Uruguay y Perú que nadan contra la corriente con sus originales relatos. Entre estos, encontramos la historia de un hombre que dialoga con la cabeza de su pareja conservada en un portentoso refrigerador; el enfrentamiento de chilenos-haitianos y veteranos de la Guerra del Litio en una plaza pública; y la búsqueda de la perfección de una inteligencia artificial varada en el tiempo que intenta escribir la novela definitiva.
Joaquín Escobar, escritor y encargado de reunir estos relatos, nos propone un ejercicio que deja atrás las tendencias ya consagradas de las letras latinoamericanas, desde el realismo mágico hasta la literatura del yo: “Existe un calco que funciona como eje y repetición, es decir, el imaginario cultural se duplica como si estuviésemos leyendo siempre la misma novela. Pero hay temáticas literarias que se van agotando. Llega un momento en el que se redunda sin ningún tipo de variación, cuestión que genera reflujo en la comunidad lectora. Mi hipótesis (de allí la necesidad de esta antología) es que en Latinoamérica está empezando una ola de literatura delirante. Sin lugar a duda, la literatura delirante (si se transforma en un fenómeno masivo como sus antecesoras) va a generar reflujo. En algún momento se agotará y terminará transformándose en un refrito de ideas, personajes y alteraciones de espacios. Antes de que eso suceda (antes de que el planeta estalle), los invitamos a leer una antología en la que duendes, ciborgs y diablos se estrellan contra las máquinas de una realidad repetida”.
«Una tibia mañana de octubre, ella fue consciente de que pasaría el resto de la vida intentando construir un monumento mortuorio solo con palabras. Comprendió que las palabras, una tras otras, pueden generar sentido, pero rara vez belleza. La belleza está en el espacio entre las palabras. En todo lo que no nombran. En el cursor titilando. En la fuerza de la guía que empuja al tipo para estamparse en el papel. En la presión del lateral de la mano sobre el papel. En el insomnio que dispara un cuerpo fuera de la cama hacia cualquier dispositivo. Nada que una máquina pueda comprender. ‘Porque escribir es, tal vez, morirse un poco’ Eso fue lo último que escribió su jefa antes de extinguirse. Y que nadie más que la máquina leyó. : [Fin]:».
La máquina de escribir de Flor Canosa REFLUJO. ANTOLOGÍA DEL CUENTO DELIRANTE, vv.aa.