«Una tibia mañana de octubre, ella fue consciente de que pasaría el resto de la vida intentando construir un monumento mortuorio solo con palabras. Comprendió que las palabras, una tras otras, pueden generar sentido, pero rara vez belleza.
La belleza está en el espacio entre las palabras.
En todo lo que no nombran.
En el cursor titilando.
En la fuerza de la guía que empuja al tipo para estamparse en el papel.
En la presión del lateral de la mano sobre el papel.
En el insomnio que dispara un cuerpo fuera de la cama hacia cualquier dispositivo.
Nada que una máquina pueda comprender.
‘Porque escribir es, tal vez, morirse un poco’
Eso fue lo último que escribió su jefa antes de extinguirse.
Y que nadie más que la máquina leyó.
: [Fin]:».
La máquina de escribir de Flor Canosa
REFLUJO. ANTOLOGÍA DEL CUENTO DELIRANTE, vv.aa.