Este libro fue como una montaña rusa pero en el Delorean del "Volver al Futuro": de un momento a otro pasamos de la tristeza a las carcajadas con todas las conversaciones e ideas de Don Rober y su hijo Rodrigo; de igual forma podemos imaginar a Don Rober intentar comer la insípida comida que prepara su hijo para luego estar con los influyentes de sus amigos mientras se chinga un caldo tlalpeño.
La ausencia de una dicotomía de personajes en esta historia es magistral: ni los buenos son siempre buenos, ni los malos son siempre tan malos. Prueba de esto radica en el propio Rodrigo que puede pasar de andarse rompiendo la madre con Don Rober en casa de su abuela a ser su acompañante en las sesiones para el cáncer... Para luego mandarlo a la chingada e irse a pedalear en un viaje de introspección combinado con ataques de ansiedad.
Una de las escenas más sinceras, la reconocerá quien haya tenido familiares con cáncer, es cuando Rodrigo y Don Rober van a su primera sesión en el hospital con todo listo en su hielera, vestidos de los mil colores, mientras pasan el escrutinio de las enfermeras. Todo ese recorrido desde la llegada, la entrega de papeles, la sala de espera mientras transcurre la sesión sin poder ir a comer, hasta la salida del paciente que ya no aguanta la ganas de mear mientras va conectado a un par de tubos... Realmente trae recuerdos.
Respecto a lo mencionado de personajes malos no tan malos, hay algunos que cagan bastante la madre, aquí está el caso de Adriana: la típica pinche hermana/tía/hija que quiere lo mejor para su familiar mientras controla su vida y su dinero, desde lejos, queriendo dar órdenes siempre. Adriana es el claro ejemplo de como es fácil desde lejos decir y hablar, mientras no están lidiando con el paciente enfermo y terco, aquí aplica la frase de "veo más hocico que manos".
Una de las frases de Don Rober que más impacto tuvo fue: «Primero voy yo, luego mi negocio y el tercer lugar ya no me acuerdo, pero no eres tú». Y así fue Don Rober, fiel a su estilo hasta el final, hay gente que cambia antes de su muerte pero no Don Rober, él se fue siguiendo su línea de mentiras, fraudes y embustes. Y al parecer la única heredera universal no solo se quedo su casa de Valle de Bravo y su camioneta chocada, también esa ideología, pero sin el carisma de Don Rober para endulzar el oído del tonto.
Solo me queda una duda, ¿Cuánto dinero habrá ganado/perdido en el casino Don Rober?
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Mi papá tampoco estuvo muy presente por temas de trabajo pero damn, Don Rober me ayudo a valorar todavía mucho más que al menos mi papá si traía dinero a casa. No estoy seguro de como puedo describir este libro, es una lectura bastante ligera (si tienes tiempo lo terminas en un fin de semana), con personajes simples y sin mucha gracia, no hay nadie icónico, ni memorable, ni tampoco gracioso y es justamente eso lo que me pareció maravilloso, es un libro con personajes humanos, no buscan agradar al lector ni tampoco se sienten escritos para generar empatía, simplemente son seres humanos que a veces son una mierda con los demás y tu decides si tenerles esa empatía o no. La historia es bastante ligera, sabes como va a terminar todo pero no precisamente como reaccionará cada personaje y justamente es donde vemos reflejada esa humanidad de la que hablo.
Que cualquier entidad divina me perdone pero Don Rober podía llegar a ser un verdadero bastardo. Es el verdadero ejemplo de porque es importante tomar terapia antes de tener hijos, hubo momentos donde verdaderamente santifique a Rodrigo por la enorme paciencia de cuidar a una persona tan desagradecida.
Este libro me dejo varías reflexiones: La primera es que muchas veces las personas viven creyendo que merecen el cielo y las estrellas y se impulsan tanto en alcanzarlas que el golpe en el suelo llega a ser tan duro que destruye a todo a su paso. Es necesario que siempre nos detengamos a ver nuestra realidad y establezcamos metas reales que nos ayuden a alcanzar ese cielo y esas estrellas en medida de lo posible. La conciencia de la realidad ayuda a evitar que nuestra vida sea una mentira. La segunda reflexión es siempre recordar que el árbol genealógico también se poda, que el respeto también se gana y por supuesto, nunca alabar a una persona por cumplir su OBLIGACIÓN como padres; diiigooo, si tantas ganas tienes de traer a una vida nueva a este condenado mundo, no pides que te agradezca por todo lo que le diste sino pídele perdón por haberlos obligado a nacer (tampoco es que vivamos en una sociedad utópica donde haya felicidad asegurada), dejemos de romantizar tanto que los padres cumplan con sus obligaciones, por favor evitemos la creaciones de más señores como este. En fin, es un libro maravilloso, pero sobre todo, humano.
Chava, el protagonista, se entera que Don Rober, su padre, tiene cáncer. Años atrás decidió guardar distancia para evitar la violencia patriarcal y capitalista y proteger a su compañera e hija de ese tipo de relaciones, pero la vida lo coloca de nuevo frente a él.
El narrador viaja entre una prosa en primera persona usando su bicicleta, exámenes académicos y mensajes de Facebook y WhatsApp para llegar a las quimioterapias de quien fuera uno de los defraudadores más buscados. Es como si Juan Preciado hubiera encontrado a Pedro Páramo vivo para preguntarle ¿cuánto vale el olvido?
Don Rober, a diferencia de Pedro Páramo, fue un padre que procuró los mejores colegios para sus hijos, las mejores vacaciones, las mejores comidas, pero sin enterarse si sus hijos necesitaban algo más que consejos para ser millonarios.
Un personaje que hoy sería cancelado o funado, al que le queda menos de un año de vida, tiene la oportunidad de jugar contra la muerte su última partida de póker, su última carrera en el hipódromo, su última línea de jack, una partida contra su hijo, la oveja negra de la familia quien decide cuidarlo, y tal vez descubra que su hijo tiene su propia vida, una vida alejada de los fraudes, la vida de un maestro de inglés que viaja en bici por todo el país para olvidar la presión social de no ser nadie pero tener todos los sueños del universo.