Siendo solo el primer tomo, puedo decir que Eurípides no tiene nada que envidiar a los otros trágicos. Su obra se siente como un soplo de aire fresco.
Un nuevo paradigma nace con este autor en la literatura griega. La vida del hombre no queda determinada por la voluntad de los dioses. El centro es la psicología del individuo, su irracionalidad y su lucha por prevalecer y ser reconocido como tal entre los suyos. No es la condena heredada por un crimen de sangre, como en La Orestíada. O una búsqueda hacia la iluminación y purificación como en Edipo Rey.
La obra que mejor representa esta filosofía, y sin dudas la más prolífica de este tomo, es Medea. Siendo la mujer de Jasón, Medea debe ser testigo de cómo su marido, luego de prometerle el amor eterno, se casa con la hija de Creonte, gobernador de Corinto.
Este es un tema recurrente en el mito griego. Hera, diosa protectora del matrimonio, es constantemente representada como encolerizada por las infidelidades de Zeus, máximo dios del Olimpo. Eurípides abarca de otra forma este problema. Medea no se encierra en su agonía ni desea dejar pasar esta falta. Se propone acabar con cada uno de los partícipes de la argucia y, no contenta con eso, sus hijos también son víctimas de su locura.
Medea es un justo manifiesto feminista de la antigua Grecia. Las intervenciones del coro son una denuncia a las privaciones sistemáticas, ya sea culturales como gubernamentales, ejercidas sobre el sexo femenino. Tan determinado y noble fin está contrastado con otro mucho más reaccionario por parte de Medea. Su alma dividida en dos, diálogo interno entre cálculo y ardor, frialdad y pasionalidad, refleja la psique de un ser humano que busca ser reconocido, que, ante la falta de empatía por parte de sus pares, hierve su corazón, digno de una persona justa. De tal calibre es la innovación de Eurípides.
En contraste con esta visión, se encuentra otra de sus grandes obras, Hipólito. Teniendo un estilo más clásico, el conflicto se da entre dioses y representantes de ellos. Hipólito, protegido por Ártemis, es un hombre virginal y casto, amante de la vida natural. El producto de esta pureza obsesiva también engendra males, siendo Hipólito un misógino y un arrogante. Contrapuesto a este, Fedra, esposa de su padre, Teseo, es inducida por Afrodita a amar a su hijastro. La diosa, como figura del deseo, dispone su cólera en la destrucción de Hipólito y lo que representa.
Una bellísima metáfora en contra de los excesos, como dos hybris enfrentadas, la castidad y la lujuria irracional.