El cuento. Esa disciplina que aglutina una historia en pocas páginas, que nos hace reflexionar de inmediato, que nos seduce con un baile rápido y sugerente. Tan denostado y, sin embargo, tan necesario en los tiempos tan fugaces que transitamos. Arantxa Rochet se suma a la amplia lista de relatistas de este país, y lo hace de una de las maneras favoritas de esta casa: atacando la realidad con lo insólito, con lo inesperado, con lo terrible. Un golpe sobre la mesa en toda regla, el suyo.
Desde el inicio, Carne de arena pone los puntos sobre las íes. «La tierra limpia», primer relato del volumen, marca la pauta de hacia dónde apunta Arantxa Rochet. La autora elige una serie de objetos cotidianos, como los cigarros o el humo que dejan, y los convierte en tótems simbólicos alrededor de los cuales baila la trama. Un simbolismo que abunda a lo largo del libro y que en este caso se centra en una trama que hurga en relaciones familiares —de algún modo, un nuevo tropo en el género de lo inquietante— y en sucesos oscuros muy bien escondidos entre líneas.
La alteración de la realidad es una constante en los relatos de Rochet. Ya sea en forma de metáfora sobre la enfermedad, tanto física como psicológica, a modo de una invasión que pone en jaque a la especie humana, o como cuento surrealista en la que la novia le quita al novio partes de su cuerpo para que esté «más guapo», la autora se mueve con soltura en esas deformaciones. Por supuesto, en ello consiste el impacto de todo buen cuento de género, y aquí tenemos un muestrario de ejemplo que nos enseña a utilizar el elemento fantástico como retrato alterado de la sociedad actual. Una crítica demoledora en muchas ocasiones.
Debo hacer una mención especial. «Gorda» ocupa la parte central del libro, y no es casualidad. En mi opinión, es la columna vertebral de Carne de arena, y lo es por su original reversión de un relato clásico de la literatura de terror —no diré cuál—, así como por la novedosa manera de contar la historia. Se trata de un cuento escrito en base a entradas de redes sociales con sus correspondientes comentarios, correos electrónicos y mensajes de aplicaciones de chat. Me resultó tremendamente adictivo, a la vez que una poderosa traslación de una denuncia muy actual: la esclavitud tecnológica a la que nos sometemos voluntariamente día a día.
Lo bueno de la distancia corta del relato es que (por lo menos a mi me pasa) al saber que es breve le dedicas más atención a los detalles. Sabes que el autor se lo ha currado en cada palabra, pq no juega a la larga distancia de una trama extensa. Y cuando encuentras el estribillo y las frases clave que hacen que sea especial, las saboreas con una pausa distinta a los timings con los que lees una novela.
Los relatos de Arantxa me dieron eso. Me hicieron disfrutar de penas como pantanos, de palabras empujadas hacia dentro, olores podridos, lombrices enroscadas, tiranteces en piel... me cantaron sensaciones que rechazaba y me causaba adición a la vez.
Eso es mucha técnica, arte y buen hacer. Los he disfrutado mucho y a fuego lento.