La escritora uruguaya Marcia Collazo escribió la siguiente reseña que gusto en compartir:
Es una obra literaria de tintes costumbristas, situada a medio camino entre la ficción pura y dura y la novela histórica, de pulso sobrio y de hondura existencial. Una novela que no hace concesiones de ninguna naturaleza, pero que tampoco abandona un encanto y una nostalgia, venidos del pasado, que la convierte en una hermosa pieza narrativa, plena de significaciones. La trama hunde sus raíces en el Uruguay de los años 50, o sea en el Uruguay Feliz que aparece ante nosotros al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando se vivían ciertos momentos de plenitud en diversos ámbitos: el económico, el deportivo (nada menos que el “maracanazo”), el cultural, el de la democracia política que pretendía estirarse hacia la democracia económica y social, aunque no sin tensiones ni tironeos. A través de estas páginas nos asomamos, además, al Uruguay de los gobiernos colorados, en el que se suceden las presidencias de Juan José de Amézaga, Tomás Berreta, Luis Batlle Berres y Andrés Martínez Trueba, así como a la Constitución de 1952, que instaura un Poder Ejecutivo de nueve miembros (en clara reivindicación del viejo proyecto batllista), denominado Consejo Nacional de Gobierno.
En el marco de este contexto histórico, y a través de las complejas capas del quehacer colectivo, en los más diversos ámbitos, Margarita Heinzen se mete en la trama cotidiana de la vida, a través de las peripecias de una familia concreta: los Inchausti. Pero no lo hace a partir del pater familiae, el inescrupuloso abogado y político Oldemar, sino que la novela comienza con una mujer, con sus sueños y sus juegos, sus alegrías infantiles y sus posteriores anhelos. Representados en el vértigo de sucesivos giros, en los que el amor y la maternidad tendrán un lugar central. Es a partir de esa mujer, de su futuro abierto como una gran incógnita, que comienzan a llegar los derrumbes, es decir los golpes de la realidad, uno detrás del otro.
Oldemar, político colorado de la lista 14 —la de los Batlle Pacheco— tiene dos grandes obsesiones en este mundo: llegar a ser alguien, (un doctor, un Don con Mayúscula) y formar una familia que se sienta orgullosa de él. Veremos, a través de la trama, si lo consigue o no, y de qué manera.
En el seno de esta familia, pero también a su alrededor, comenzarán a desplegarse todas las cosas imaginables, relacionadas con el alma humana, la vida y sus durezas, los sacrificios, las concesiones, las adulonerías, las indulgencias, las complicidades.
Hay también otras presencias, no menos relevantes. En el Uruguay de los años 50 ya las izquierdas eran muy fuertes (lo venían siendo al menos desde la década del 30), la guerra fría estaba en su auge, y se había desatado un furioso anticomunismo en esta mitad del mundo, (recordamos que el mundo estaba dividido en dos tajadas lideradas una por la URSS y otra por los EEUU). En el seno de los dos partidos tradicionales, existían profundas divisiones; una de ellas, no la única, pero sí la más visible, se daba dentro del Partido Colorado, a través de la oposición o rivalidad entre Luis Batlle y los hijos de Batlle. Como expresa el propio César Batlle al abogado Inchausti, en la novela: “es importante para la lista que la gente vea y entienda dónde están los verdaderos ideales de nuestro padre. Que somos los verdaderos herederos y no un sobrino huérfano al que le gusta coquetear con los comunistas”.
Las pinceladas costumbristas, que recorren toda la obra, le dan sabor a la trama. La autora nos sumerge, como en un pase mágico, en el mundo de la época, en sus comidas, las de la clase acomodada y las de los pobres; en la vida cruda del conventillo, en los interminables viajes en tranvía, en el abuso de las patronales que llegan al colmo de la franca omisión de asistencia a los trabajadores. Nos instala en dos grandes escenarios: uno es la urbe con su macrocefalia; otra es el pueblo donde se producen idénticos abusos y desigualdades, más escandalosas si cabe, debido a la estrechez del medio, en el que todos se conocen, y donde todos recelan de todos. Hay quienes se atreven a luchar para que la verdad se abra paso, en bien de la comunidad, aunque para eso sea preciso ir contra los intereses de las clases acomodadas, y hay quienes echan mano a cualquier herramienta, aun al crimen, para impedirlo, y mantener así un statu quo no exento de crueldades sin límites y brutales corrupciones. Los secretos engranajes y las largas raíces que plantea la novela, tanto en lo social como en lo político, pueden reconocerse sin esfuerzo en nuestros propios días. Las pulsiones entre la ética y la ambición sin escrúpulos, entre el deber y el aprovechamiento ilícito, entre la verdad y la mentira, entre la transparencia y la corrupción, entre la obediencia al político de turno y el respeto a los principios del batllismo, recorren todo el libro. Entre los personajes masculinos se destacan el padre, Oldemar, y Emilio, uno de los hijos. Las mujeres también son personajes poderosos, aunque no siempre sean capaces de desplegar acciones épicas: se destacan María Esther y Lila, pertenecientes a mundos opuestos, pero con aproximaciones (de nuevo) existenciales, cada una en su propio derrotero de liberación. La autora no nos ahorra por supuesto, diversas referencias al machismo, a la pasión y al sexo, al amor y al odio, a la esperanza y al desencanto, a la ilusión y la resignación, territorios difíciles en los que se debaten estas mujeres. Dice la autora, sobre Julia Arévalo: “Y te emocionas, porque al menos allí hay una mujer sin temor, planteando sus ideas en un mundo de hombres pero que también tiene hijos y puede criarlos y también puede estar ahí”.
Y están finalmente los derrumbes, que comienzan a aparecer, aunque sutiles, desde las primeras páginas. Unos derrumbes que se desploman sobre esos personajes, pero también sobre el Uruguay histórico de esos años. Así como se produce una caída sobre ciertos sectores partidarios en beneficio de otros, y se aprietan los anillos de la desigualdad, de la cuestión social y de la crisis económica que se develará unos años más tarde en toda su crudeza, así también en la novela pasa el tiempo y el aluvión de los derrumbes intensifica sus ruidos. “todos los buenos recuerdos, a partir de ahora, también serán amargos”, piensa uno de los protagonistas, casi al final. Toca ahora a los lectores decidir en qué grado se presenta esa amargura, y si hay, además, lugar a la esperanza.