“¿Cuándo alguien que escribe se transforma en escritor? O bien, ¿cuándo un papel escrito se transforma en literatura?”. En estas páginas se narra el proceso de transformación de Maurau en escritor, quien se embarca en la búsqueda de un afuera con el fin de salirse de lo humano, único camino posible hacia la escritura, mediante la potencia de la inexistencia. En esta primera obra publicada por Pablo Farrés, se establecen los cimientos que posteriormente desarrollará en sus siguientes libros.
Qué complicado artificio que logra Farrés en este libro, mezclar, unir, amalgamar dos elementos que parecieran no tener conexión entre sí pero que puestos a funcionar, lo hacen, se alimentan y cobran sentido. Hablo del ser escritor y el ser idiota, que es la palabra que usa para referirse a alguien indeterminado, que por momentos parece tener problemas mentales, en otros creerse demasiado inteligente, en otros alguna discapacidad, y así. En algún momento sentí estar leyendo un El fiord recargado, ampliado, con ese grotesco, escatológico y cruel recorrido que tiene algo de adictivo y pregnante.
Maurau es un escritor, o un idiota, es casi lo mismo. Farrés piensa en voz alta qué es la escritura. Conjetura polos difusos. Lo imposible del lenguaje pleno, por un lado. La ausencia de lenguaje que es muerte, por el otro. Entre ambos polos, la literatura. Pero no algo de literatura, sino toda la literatura, algo imposible. Lo específico de esta narración hardcore está en la fascinación por el totalitarismo del lenguaje. No acepta deflación, el lenguaje no puede ser reducido, no puede contraerse hasta ser un punto. Eso es lo mismo que la pérdida de lenguaje, que es lo mismo que la muerte por aplastamiento de lo real. El mundo sin mediación es aniquilación. Pero tampoco hay salvación en el lenguaje pleno porque la máquina literaria es defectuosa, vive en una geometría dantesca. La literatura es falsa redención porque toda escritura tiende al punto. Contracción entrópica. Desde potenciales infinitos puntos en tres o en dos o en ene dimensiones el lenguaje se expande intermitente, pero siempre retorna al punto singular. A un solo punto que tiende a perder coordenadas. Amenaza la dimensión cero como fuerza suprema que se impone a todo lenguaje, a todo escritor. El infierno del lenguaje. Ni con literatura, ni sin literatura. Sin es locura, con es implosión del plano que deflaciona en punto. La muerte acecha. La amenaza toma la forma de escenas de pesadilla. En literatura sí, A no es A. Entonces puede ser cualquier cosa, inclusive no A. Una fractura fatal se incrusta en cualquier identidad. Es una ilusión. La recursividad de A sobre A muestra diferencia. Cuando vuelve sobre sí misma, A ya no es A. El principio de identidad es un voluntarismo ingenuo o un dogmatismo perverso. Si ocurre el colapso del punto idiota, entonces lenguaje sí muta en lenguaje no. Arrasan las escenas escatológicas, lyncheanas, johnwatersianas, burroughsianas, sadianas. Sucesos de opulencia barroca en escenarios despojados como teatro del absurdo. El despojo viene de la abstracción. La opulencia, de la desesperación. La artificialidad es indispensable. El ensamble es puro horror. Farrés escribe desde el jardín de las delicias.