Este cierre de trilogía me dejó con una sensación agridulce. Por un lado, pude reconocer algunos momentos de la buena escritora que descubrí en su primera novela y que no encontré en la segunda. Disfruté siguiendo la evolución de personajes como Laux, Lucía, Iván o Pol.
Por otro lado, terminé de confirmar la conclusión a la que llegué leyendo Contando atardeceres: No me cae bien la Rubia. Voy a asumir que es un personaje más y no la representación fiel de la autora, porque me parece absolutamente insufrible. Siempre tiene que ser el florero en la mesa. Sin hacer spoiler, pero hasta en el final fue incapaz de hacerse a un lado y ceder el protagonismo (el último mensaje es completamente innecesario y solo emborrona un broche en el que la que importa no es ella). Un personaje con complejo de salvador al que puedes oír perfectamente decir "mi mayor defecto es que soy demasiado perfeccionista y me preocupo demasiado por los demás", que huele a afán de protagonismo desde lejos.
Espero que siga escribiendo y volver a intentarlo dentro de unos años, pero por el momento me tomaré un descanso de La Vecina Rubia.