Cuerpos vendados, quejidos por la noche, cuencas vacías en las caras de quienes han perdido los ojos, piernas prostéticas, niños que brotan por todos lados en el hospital de leprosos. Tamio Hōjō describe el sanatorio donde vivió los últimos tres años de su vida como una aldea, donde todos los pacientes cumplen una función y encuentran en sus actividades una forma de sobrellevar la tragedia.
Tres años le bastaron para construir una obra que le dio sentido a una vida completa. Hasta el día de hoy se lo destaca como un poderoso cronista de la vida de los pacientes y el principal representante de lo que se denomina literatura de la lepra.
“Algunos libros —como decía Francis Bacon— hay que leerlos; pero otros, hay que devorarlos”. En mi experiencia de vida, que está lejos de muchos de los usuarios de esta red social, este libro demasiado breve de Tamio Hōjō es de los segundos.
Por sus páginas desfilan cuentos y memorias. ¿Sobre qué? ¿Sobre la lepra? ¡Incorrecto! La lepra es solo el pretexto para ser humano. Porque este libro es sobre la fragilidad, la vulnerabilidad y el miedo que nos produce morir... Y más que miedo, porque pocas veces aparece en el hilo del relato la amenaza de una muerte inminente, percatarse y reconciliarnos con nuestra propia finitud.
Es aquí donde Tamio Hōjō triunfa del mismo modo que lo hicieron Camus, Manrique o Dostoievski sobre el tema de cómo vivir de cara a la muerte... Pero lo más sorprendente es que lo haya reflexionado y expuesto con seguridad y maestría antes de morir a los 23 años.
Mi primer acercamiento a la literatura de la lepra, y qué buen inicio.
Tamio Hojo, quien vivió esta enfermedad en carne propia, convierte su experiencia y la de otros pacientes en relatos profundamente humanos. Más que cuentos lejanos a su realidad, este libro reúne historias que nacen de las aldeas de leprosos, comunidades donde la vida se reconstruye pese a la marginación y el dolor.
Me impresionó cómo, a pesar de ser historias distintas, todas giran en torno a premisas comunes: la necesidad de estar en comunidad para sobrellevar la condición; cómo esas aldeas se transforman en verdaderas sociedades al asignar roles y funciones; la duda constante entre quitarse la vida o esperar a que la vida se vaya; y la comprensión de la lepra no solo como enfermedad, sino como una frontera que separa a los “enfermos” de los “sanos”, aunque todos compartan la misma marca.
También resalta la fe —a veces perdida, a veces recién encontrada— y la esperanza en los tratamientos y en una cura que, aunque finalmente llegó, fue demasiado tarde para el propio autor.
No es un libro desgarrador, pero consigue que sientas cada duda, miedo y certeza como si fueran tuyos. Su empatía es tan profunda que por momentos parece que habitaras su piel.
Cuentos breves, fáciles de leer y profundamente humanos. Se debe leer literatura sobre la lepra al menos una vez, y este puede ser ese gran libro.
Este libro cambió algo en mi. No sólo por la manera de narrar del autor, si no por la forma que veían la vida sus personajes. Entre la ficción y la realidad, sin caer en golpes bajos, es un libro que te abre la cabeza en dos.
La crudeza del relato... además, lo leí cuando mi mamá estaba internada en sus últimos días y lo terminé cuando ya había fallecido. Siento que hay algunas similitudes aunque fuera otra enfermedad. Es un libro duro.
Es increíble el mundo que describe. Me sorprende lo poco que sabía de la lepra hasta leer este libro. Leyéndolo me pasó algo que muy pocas veces (por no decir nunca, si mal no recuerdo) me había pasado: soñé con uno de los cuentos. Me impactó como no puedo describirlo.
Destaco mucho el trabajo del traductor y de los editores. Me alegra que hayan traducido esta obra al español.
Acá una cita que me encantó y me dejó reflexionando:
"Siempre hay un camino para seguir viviendo. No importa dónde terminemos, siempre hay un camino alternativo. Solo tenemos que ser más modestos con lo que esperamos de nosotros mismos y de nuestras vidas."