_Catalina tiene dieciséis años y es consciente, desde hace tiempo, que el cuerpo que tiene puede producir un montón de reacciones en otras personas.
Pasa las tardes en la casa de una amiga, en una urbanización a las afueras, ese territorio que parece seguro hasta que deja de serlo. Es finales de agosto. El verano empieza a despedirse y algo —un episodio incómodo, turbio, imposible de contar sin que se desfigure— la obliga a irse antes de tiempo. Camina sola. Piensa en hacer autostop y el miedo le sube por la espalda con la voz de su madre, con los noticiarios, con todas las advertencias que alguna vez escuchó, que incluyen a chicas de su edad que terminan asesinadas por no ser lo suficientemente precavidas sobre lo que vestían, a qué horario andaban fuera de casa y con quién decidieron juntarse.
Llegar tarde no es una opción. En su casa los horarios no se negocian, sino que solo se obedecen. Y pareciera que, mientras más se apura por cumplir el horario del toque de queda, más se paraliza su cuerpo con recuerdos y todas las posibilidades catastróficas para su futuro que se pueden llegar a cumplir si toma malas decisiones.
En La educación física, de Rosario Villajos, el trayecto dura apenas cuatro horas y, sin embargo, contiene una vida entera, y es un relato que se siente también muy asfixiante. No es solo el camino de regreso: es la conciencia de una adolescente que empieza a entender que su cuerpo ya no le pertenece del todo. Que ha pasado a ser territorio observado, juzgado, interpretado.
¿Por qué como mujeres debemos simplemente aceptar que una vez que nuestros cuerpos crecen y se desarrollan nosotras tenemos que aprender a cuidarnos del escrutinio social, y en particular, de los hombres? No importa qué tan flaca, gorda, alta, baja, de busto abundante o pequeño seas. Siempre habrá un hombre observando más o menos, criticando, juzgando, culpando por mostrar tanto o no mostrar nada.
La narración nos deja claro que Catalina lleva años siendo testigo de ese comportamiento masculino, tanto para con el resto como con ella. Ella no sabe mostrar lo que siente. Confunde tristeza con rabia, miedo con deseo, admiración con amor. Lo único que reconoce con claridad es una especie de rencor sordo, antiguo. Un enfado que no estalla hacia afuera, sino que se repliega y se clava en la piel. Se muerde las uñas hasta hacerse daño, se arranca pelos, levanta costras. El dolor físico le ofrece una frontera clara: duele aquí, en este punto exacto. Lo otro —lo que le ocurrió, lo que intuye, lo que teme— es más difuso.
Como lectores, podemos sospechar qué pasó en ese suceso incómodo del que Catalina arranca acercándose a la carretera y estando dispuesta a hacer autostop con tal de llegar a casa a tiempo. Porque, fue hasta allá sin permiso de sus padres en primer lugar. Y, tristemente, nuestra protagonista sospecha que a sus padres lo más probable es que les siguiera molestando más que llegara tarde a cenar incluso si ella les confesara de qué fue víctima. Además, es su cuerpo: tú tomaste decisiones, tú te comportaste de cierta manera, tú dijiste o hiciste algo.
La novela, ambientada a principios de los años noventa, retrata con una precisión incómoda esa edad en la que el cuerpo cambia antes de que la mente esté preparada. Catalina tiene “buen cuerpo”, pero no quiere sentirse guapa. No quiere ser mirada. No quiere convertirse en aquello que los demás ya empiezan a leer en ella. Se siente distinta de sus amigas, desacompasada con sus gustos, con su entusiasmo por los chicos, con la necesidad de encajar. Se sabe observada y, ante esa sensación constante, quisiera esconderse como si aún estuviera en una crisálida.
Hay algo profundamente generacional en esta historia, pero también algo que no ha caducado. Las advertencias siguen siendo las mismas: cuídate, no provoques, no te expongas. La responsabilidad siempre parece recaer en ellas. En su ropa. En su risa. En su cuerpo. Catalina interioriza esa culpa con una rapidez devastadora. Antes que señalar hacia afuera, se señala a sí misma.
Su nombre significa “pura”, “inmaculada”. Lo aprendió de su padre, como si la etimología pudiera protegerla de una realidad femenina que experimentamos todas con más o menos frecuencia. A lo largo del relato intenta rehacerse, reformarse, volver a ser la de ayer. Busca respuestas en la cultura, en las normas, en lo que se espera de ella. Intenta imaginar versiones de los hechos que resulten aceptables para su familia, para sus profesores, para sus amigas. No quiere meterse en problemas. Quiere agradar. Aunque por dentro no esté de acuerdo.
La prosa es directa, limpia, sin artificios innecesarios. Y, sin embargo, duele. Porque lo que expone no es excepcional: es cotidiano.
Es una novela que invita a ser leída y discutida con y entre adolescentes, no como advertencia moral, sino como espacio de escucha y entendimiento. Para que las adolescentes encuentren palabras donde antes solo había confusión. Para que los hombres comprendan que crecer siendo mujer implica negociar constantemente con una amenaza que no siempre se ve. Para que las familias recuerden que el diálogo es una necesidad.
Lo que Catalina vive no pertenece solo a los años noventa. Sigue ocurriendo. Cambian los escenarios, pero no la sensación de estar caminando contra el tiempo, con el miedo en el cuerpo y la culpa pegada a la piel.
Y esa es, quizá, la verdadera educación que narra la novela: la que no aparece en los libros de texto, pero se aprende demasiado pronto.
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Creo que ha sido una de las novelas que más me han incomodado y hecho sentir vista en el último tiempo, y por vista no lo digo en un buen sentido. Una como niña no puede saber qué tan expuesta va a quedar sobre su propio cuerpo respecto del escrutinio del mundo. Desarrollarse más o menos, generar reacciones sin esperarlas, deber aprender a sobrereaccionar, ya sea mostrando menos piel así haga un calor insoportable, a callar, a aceptar una palabra como piropo aunque sea de hecho acoso.
Es un libro incómodo, pero necesario. Que no solo se debe leer para aumentar un reto lector, sino del cual se debe sacar un debate, una conversación.