“La gloria, muchacho, no se gana sin remar duro a contracorriente como hacemos ahora. La tendencia natural del hombre es dejarse arrastrar por la masa en la corriente universal del olvido.”
Esta hermosa frase que podría pertenecer tranquilamente a Jorge Luis Borges, aparece en uno de los diecinueve relatos que componen este volumen de cuentos completos de Herman Melville, tres de los cuales incluidos en su libro de 1856 titulado “The Piazza tales” y que nos dan una idea cabal de quién fue en realidad Herman Melville, unos de los pioneros de la literatura norteamericana durante el siglo XIX junto con otros grandes de la talla de Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne (a quien le dedicara su inmortal “Moby Dick”), Ralph Waldo Emerson, Henry Wadsworth Longfellow y Walt Whitman.
Durante toda su obra literaria buscó la perfección narrativa y sucumbió ante críticas despiadadas y olvido de los lectores tal como explica la frase del epígrafe.
Marino incansable a bordo de barcos balleneros durante tres años alrededor del mundo, toda esa experiencia en los mares la devolvió con creces en sus novelas, desde la más inolvidable, “Moby Dick”, como así también en “Taipí”, Omú”, “Mardi”, “Redburn”, “Chaqueta blanca”, “Las encantadas”, “Benito Cereno” o “Billy Budd, marinero”.
Escribió además, novelas desconcertantes y densas como “Pierre, o las ambigüedades” y “El embaucador”, el bildungsroman "Israel Potter" y terminó sus días trabajando en una pequeña oficina de la Aduana de New York escribiendo poemas.
Además, escribió un cuento, que atravesó todas las décadas y sigue leyéndose con asiduidad por los lectores de hoy: me refiero a esa perfección hecha literatura que se llama “Bartleby, el escribiente”.
En este volumen, Melville se toma su tiempo para mostrar la humanidad en carne viva de las personas en joyas que nos recuerdan a aquellos relatos y novelas escritos por otro grande pero ruso, llamado Fiódor Dostoievski, más puntualmente en el cuento “El violinista”, impregnado de desazón, ternura y tragedia, en “El fracaso feliz” que pareciera ser el título de su propia vida, el desgarrador y probablemente más crudo relato de todo el libro, que se llama “¡Quiquiriquí!, o el canto del noble gallo Beneventano” que le arranca lágrimas al lector mientras que en otro se torna reflexivo a más no poder, tal es el caso de los cuentos “Fragmentos desde un escritorio”, “La mesa de manzano”, “La veranda” o “Yo y mi chimenea”.
También elabora retratos de distintos personajes sean reales como ficticios en “Anécdotas del viejo Zack”, “Jimmy Rose”, John Marr”, “El marqués de Granvin”, “Tres retratos de Jack Gentian”, “Los ‘gueses” (un homenaje a los portugueses) y “Daniel Orme”. Aquí les rinde honores a viejas glorias de la guerra de Secesión, o a marinos que hicieron historia.
Y también se da maña para escribir cuentos un tanto más divertido en el que destaca el hilarante “El vendedor de pararrayos” junto con otros más orientados a lo existencial o religioso, tal es el caso de “El campanario”, “Los dos templos”, “El pudín del pobre y las migajas del rico” y “El Paraíso de los solteros y el Tártaro de las doncellas”.
En resumidas cuentas, estos “Cuentos completos” nos dan un acercamiento definitivo al otro Herman Melville, ese que los lectores tal vez no conozcan tanto pero que resulta tan atractivo para leer y descubrir como aquel que la literatura, a través de las décadas, supo valorar y reconocer.