Pequeño librito que condensa los escritos que nos han llegado de Epicuro, quizás el filósofo más malinterpretado de la historia. Me ha resultado muy fácil de leer y muy llevadero, dada su brevedad y la concisión con la que escribía el filósofo.
El libro incluye cuatro escritos: las Máximas Capitales, la Epístola a Meneceo, la Epístola a Heródoto y la Epístola a Pítocles.
Las Máximas Capitales son, quizás, la parte más interesante del libro, ya que engloban los puntos clave de la filosofía epicúrea. Su temática versa fundamentalmente acerca de la ética.
La Epístola a Meneceo se puede ver como un desarrollo de las Máximas, ya que el autor explica su visión acerca de la importancia de la filosofía y de cómo emplearla adecuadamente para lograr el fin último de la vida según Epicuro: la felicidad.
La Epístola a Heródoto versa acerca de la naturaleza y de la física. En ella, Epicuro da su visión sobre la teoría de los átomos.
Finalmente, la Epístola a Pítocles gira en torno a asuntos astronómicos y climáticos. Me ha resultado muy interesante acercarme a la concepción que se tenía en la antigüedad en lo referente a dichas cuestiones, ya que no debemos olvidar que los intentos filosóficos de explicar cómo funciona el mundo y el cielo son el origen de la ciencia, por mucho que algunas de las conclusiones a las que se llegó tan tempranamente fuesen equivocadas.
Para Epicuro, tres virtudes deberían regir la vida de todo ser humano: la prudencia, la honestidad y la justicia. Y el fin al que aspiramos a llegar mediante las tres (y al cual, según el filósofo, llegaremos necesariamente si de verdad nos conducimos por ellas) es la felicidad.
Lo que principalmente diferencia a Epicuro de los estoicos, según concluyo, es que para estos el fin último no es la felicidad sino la virtud. Epicuro no pide que seamos justos porque honre a la justicia (cosa que sí hacían los estoicos o Platón), sino porque actuar injustamente acabará conduciéndonos a conflictos y a ser juzgados, lo cual equivaldría a perder la tan ansiada paz de espíritu, que es requisito indispensable para alcanzar la felicidad.
("La injusticia no es un mal por sí misma, sino por el miedo de que no podrá ocultarse a los jueces responsables de la misma").
Para Epicuro, la vida es algo bueno, un don, siempre y cuando se evite en la medida de lo posible el dolor, se persiga el placer de una manera ordenada y racional, y uno mismo se conduzca por las tres virtudes que he mencionado antes. Es por ello que, contrariamente a lo que se ha venido pensando desde sus propios tiempos, Epicuro no era hedonista ni perseguía cualquier placer a toda costa.
Epicuro no negaba la existencia de los dioses (quizás porque estaba prohibido hacerlo, quizás porque creía en ellos realmente), pero sí se apartaba de la concepción popular y mitológica que se tenía sobre ellos. Para él, los dioses no intervienen en el mundo, por lo que es absurdo vivir temiendo sus castigos. Esta noción puede hacer que sea catalogado más como deísta que como ateo. Tampoco tiene sentido, según él, el temor a la muerte, ya que tanto el dolor como el placer provienen de nuestros sentidos, y estos se extinguen cuando morimos. Morir será, por lo tanto, un retorno a la nada, dormir sin soñar.
En conclusión, un libro imprescindible para quien quiera sumergirse en la filosofía de Epicuro, siendo muy recomendable para todos los aficionados a la filosofía clásica, dada su brevedad y la sencillez de los escritos que lo componen.