Madame Nadie es una historia de amor y de dolor entre un hombre y una mujer que ante los demás representan el éxito social y profesional. Ambos inician su relación una noche de verano en Formentera, en una fiesta clandestina que celebraba el fin de la pandemia.
Hugo, un reconocido y atractivo músico en la frontera de los 50, sufrió un accidente en su juventud del que arrastra secuelas irreversibles en forma de dolor crónico. Daniela es una joven y exitosa publicista a quien la relación con Hugo le descubre un mundo que desconocía, tan lleno de luz como de sombras.
A medida que aumenta el éxito profesional de Hugo, también lo hace el consumo abusivo de los opiáceos, convirtiéndose en el eje central de su vida. Su decadencia y la de su carrera contamina su relación con Daniela, quien ve aplazada la suya, relegando a un segundo plano sus ambiciones y proyectos en un intento por salvarle. Ambos se enredan en una dinámica cada vez más tóxica, a la que se suman terceras personas y fantasmas del pasado, en la que los límites entre el amor y el daño acaban por confundirse.
El lector asistirá en estas páginas a la quiebra y el desvanecimiento de una pareja, también a la complejidad de las relaciones humanas en las que no hay inocentes ni culpables. Una contradicción que a la vez funciona como motor de su propia historia.
Mónica Pérez Sobrino construye con emoción y sensibilidad una novela que indaga en el abismo de las adicciones, el dolor de la culpa y el amor como salvación.
Le cogí a mi madre el libro porque ya me había acabado todas mis lecturas del verano y me ha sorprendido muy gratamente. Intenso y adictivo, me ha gustado mucho.
Madame Nadie, de Mónica Pérez Sobrino, es una novela de lectura fácil, de esas que se leen sin esfuerzo entre sol y toalla. No pretende ser una obra maestra, pero al menos cumple con algo cada vez menos frecuente: contar una historia con cierta coherencia y sin caer en la vergüenza ajena.
La trama sigue a Daniela, alias Madame Nadie, en una relación tóxica con un pianista famoso, brillante y autodestructivo, adicto a las drogas y a su propio desastre. Ambos se arrastran mutuamente en una espiral de dependencia emocional bastante reconocible, narrada sin grandes alardes pero con claridad suficiente para que el lector siga adelante sin fricción y, por momentos, con cierta intriga.
La prosa es sencilla, funcional, a ratos correcta. Hay, eso sí, una cantidad llamativa de tildes ausentes, algo que no puede cargarse solo a la autora y que apunta también a un descuido editorial. No es un detalle menor, pero tampoco termina de hundir la experiencia de lectura.
En conjunto, Madame Nadie no es una novela trascendental, pero dentro de lo intrascendental resulta digna. No es un espanto, no es patética, no se traiciona intentando parecer profunda o literaria cuando no lo es. Y eso, en el amplio y a veces bochornoso territorio de la “novela de toalla”, ya es decir bastante.
El libro me ha enganchado (casi) tanto como el protagonista a las sustancias. La historia se mete bajo la piel haciéndote vivirla y sufrirla.
Eso sí, en mi opinión la autora se excede con tantas referencias a músicos, escritores, artistas varios… que aportan, pero llegado un punto, me saturan. Aun así, el viaje merece la pena.
Un libro intenso, ágil y con un punto oscuro que lo hace adictivo.
Se trata de un libro distinto, aunque a primera vista pueda parecer que recurre a un concepto clásico o incluso trillado.
En esta historia, el personaje “nadie” parece desdoblarse en varios, o al menos así lo percibí. La falta de identidad y de autopercepción impregna las vivencias y diálogos de los protagonistas, de manera sutil y casi oculta para el lector, hasta que uno se detiene a reflexionar sobre lo leído.
La novela aborda temas sugerentes: el anonimato como voz colectiva, la confrontación directa, la ceguera que provocan las dinámicas de las relaciones y de la vida, el éxito entendido como forma de complacer a los demás, y un amor–odio narrado sin moralizar.
El estilo es fluido y de fácil lectura, aunque eso no significa que sea ligero. Varias escenas y contextos requieren esfuerzo y cierta curiosidad cultural para comprenderse con claridad; aun así, basta con una búsqueda rápida para completar las referencias, lo que la hace accesible sin perder profundidad.
La violencia ocupa un lugar central. Aunque podría parecer que se trata solo de violencia de género, en realidad va más allá: es una violencia que se ejerce hacia los demás y, sobre todo, hacia uno mismo. Esto le otorga un matiz interesante, pues se acerca al terreno del autosabotaje.
La narración utiliza algunos recursos frecuentes en novelas románticas, pero aquí resultan fugaces y justificados. En conjunto, sostienen un relato intenso, dramático y dinámico. Es, en efecto, una historia de amor, pero muy distinta a lo cursi o convencional. Se adentra en una de las formas de relación más complejas: la codependencia, que no siempre se limita a la pareja, sino que se expande hacia otros vínculos.
Si disfrutan de emociones intensas, dramas profundos y dinámicas psicológicas potentes, este es un gran libro para explorar.
Finalmente, conviene señalar que, aunque pasa a un segundo plano narrativo, el telón de fondo de la historia es el uso de opioides como recurso médico. Su empleo indiscriminado y la falta de regulación derivaron en adicciones masivas alrededor del mundo, un hecho real que la novela toca sin profundizar demasiado, pero que añade un contexto crítico.