Este libro me ha llegado directo al corazón. Kota y el niño no es solo una historia, es una caricia: tierna, sencilla y a la vez profunda. Me ha hecho sonreír, me ha emocionado y, sobre todo, me ha recordado la importancia de mirar el mundo con ojos limpios, con esa curiosidad y bondad que a veces dejamos atrás al crecer.
Me ha hecho especial ilusión reconocer en sus páginas el Rincón de la Victoria, lugar de mi infancia que llevo conmigo como un pequeño refugio.
Hay una frase que se me ha quedado grabada y que siento que resume todo lo que he sentido al leerlo: “He descubierto que la belleza está más en los ojos que miran, que en lo mirado.”
Es un libro corto, pero me acompañará mucho tiempo.