Un calvo que vivió hace más de mil quinientos años, pensador agudo y filósofo provocador, nos lanza a través de los siglos un auténtico desafío cultural: enfrentarnos, en tanto que lectores modernos, con un pensamiento original, socavador, ajeno a los dogmatismos estéticos y a los cánones de belleza imperantes en aquella época —y reproducidos de forma invariable hasta nuestros días—. Un elogio de la calvicie como elogio de la diferencia, de lo mundano y del juego. A través de su encomio, ágil, jovial y paradójico, Sinesio nos recuerda que la filosofía no tiene por qué responder a las coordenadas consabidas de la metafísica y la epistemología tradicionales: la atención a lo inmutable, lo eterno, lo universal. La filosofía puede y debe ser también un pensamiento de la urgencia, una reacción constructiva frente a lo inmediato y aparentemente insignificante, contra la privación y el sufrimiento cotidiano. Así, el filósofo es capaz de hacer de una carencia —su propia calvicie— una virtud. sin recurrir a antídotos ni secretísimos remedios —precursores todos ellos de nuestra engañosa y rentable industria cosmética—, Sinesio nos persuade de las bondades de la calva, de su relación con la sabiduría, con la integridad moral e incluso la buena salud.
No voy a escribir mucho porque me lo he acabado en el Cercanías y estoy con el móvil, pero me ha sorprendido que algo escrito hace tanto aún sea medianamente gracioso. Siguiendo el estilo de los elogios de Epicuro y acudiendo al neoplatonismo y la ausencia de materia (en este caso capilar) como perfección o a la relación entre la calvicid y los astros, pero también a la estrategia militar (defendiendo el casco como un cráneo calvo de bronce) o a la literatura, Sinesio trata de demostrar que la calvicie es más virtud que defecto. No sé si consigue convencer, pero divertir sí.