He leído su cuento “Bajo la luna, sobre la tierra, bajo la noche”. Quiero decirle que me ha gustado el tono de esas páginas. Me gusta cierta simplicidad directa y la manera de contar. Desde hace 15 años formo parte del Directorio del Fondo (no sé hasta qué día) y me llamo Victoria Ocampo. Lo saludo cordialmente. Siga escribiendo.
Carta de Victoria Ocampo a Diego Angelino, 30 de octubre de 1973 El universo de Angelino nos interpela y nos involucra sin obligarnos a tomar partido, sin señalarnos qué deberíamos pensar de lo que estamos en todo caso empujándonos a pensar desde un lugar más humano y generoso. SELVA ALMADA La enorme potencia narrativa de Angelino se funda en dos la naturalidad con que distingue –y hace brillar– lo extraordinario en lo cotidiano y su destreza para enhebrar en las tramas el curso irreversible del tiempo. JORGE CONSIGLIO Diego Angelino escribe como parecía que ya nadie podía escribir. El tiempo y las palabras se ponen a sus pies. Al encontrarlo sentí lo que sentimos cuando, cansados, encontramos un refugio que extrañamente parece haber estado esperándonos. ALEJANDRA KAMIYA
Todavía recuerdo la excitación y el temblor que produjo en mí el cuento Antes de que amanezca. Lo leímos en voz alta en una noche pampeana, esperando por nosotros para ser leídos por Angelino. Bajo la luna, sobre la tierra, bajo la noche y Con otro sol, son quizá los cuentos más perfectos que haya leído. Según Kohan, Angelino es un escritor de los instantes, de las esperas, del tiempo y su atravesamiento. Es además un testigo de la memoria, del olvido que se repite. De una espera que le da sentido a una vida, enterrada hace mucho tiempo. No le hizo falta oscurecer sus aguas para aparentar profundidad.
Veinte cuentos perfectos que no deben nada a los escritores con los que se los emparenta. Los once primeros transcurren en una misma región, Campo del Banco, y hacen una especie de novelita coral o fragmentada en la aparecen, desaparecen y reaparecen los mismos personajes, mientras que los nueve últimos se expanden y recorren otros espacios, con historias un poco más largas pero no por eso menos excelentes que las primeras.
“La narrativa es una manera humilde, pero poderosa, de modificar la realidad”, dice el autor en una entrevista reciente.
Muchos de los cuentos están situados en un espacio casi mítico llamado Campo del Banco, pero también en territorios azotados por la sequía, las enfermedades, la guerra, las catástrofes naturales. Perdida en esas geografías, la memoria de los personajes es, como dice el cuento “Viejo Pancho”, un caballo sin amansar. La persona más longeva de Campo del Banco, sintiendo que el paso del tiempo estraga sus recuerdos, decide no volver a emitir palabra. Así envejece despacito, mirando el cielo, viendo cómo se levantan las langostas y todos corren: se viene la peste.
Y si ese personaje se ensaña en su exilio del mundo, en “El contador de historias”, un vagabundo pasa los días contando a los turistas el inolvidable maremoto que asoló a Mehuin, un pueblo de Chile. A través de los rostros de los oyentes aprende a modular su relato, dándose cuenta “que con la misma fuerza con la que acariciamos nuestra pena castigamos la tragedia de los otros, y que nadie puede llorar demasiado lo que no siente, porque nadie puede sufrir por lo que no ama” 💔. La memoria podrá ser, también, como esa gran nouvelle de Felisberto Hernández: un caballo perdido. Pero ese temblor, nadie lo olvida.
Lo prodigioso de la prosa de Argelino, tal como señala Martin Kohan en el prólogo, es saber desprender de esos lugares (que no le son indiferentes) un tiempo largo y lento, escalas de duración que acercan su literatura “a la verdad esencial de las esperas, la quietud y la soledad”, mientras el desenlace se abalanza sobre los personajes. Es lo que hace también Juan José Saer: sutilezas que quedan picando en la imaginación durante mucho tiempo. Pero basta de comparar, lean a Diego Angelino, un robusto narrador.