Aquella tradición oral, aquellas voces del pueblo que se escuchan en las plazas pueblerinas, y que migran por todo México y el sur de Estados Unidos en busca de esperanza, son las voces que narran PEREGRINOS DE AZTLÁN, obra ya clásica de la literatura chicana. Pocas veces, como en este relato insólito y natural, se ha desplegado con tal soltura y nitidez el espíritu del habla mexicana, ese lenguaje que nunca olvida nada y todo lo inventa todos los días y que es profundamente culto y vernáculo a la vez. Nacido en Arizona en el año de 1930, crecido en Sonora en la infancia, jornalero y obrero de la construcción hasta 1970, Miguel Méndez es un vate en este libro hermoso y crudo, a los de abajo se les describe sin un ápice de sensiblería. PEREGRINOS DE AZTLÁN habrá de permanecer como uno de los libros clave de la literatura mexicana moderna. Su aventura espiritual y dramática -el desierto que une y separa a dos países, Tijuana, Tucson, la vida peculiar de la frontera, Valle Imperial, el asentamiento disfuncional en los Estados Unidos- encuentra un terreno encantado para el lenguaje, que en Miguel Méndez es tan hondo como el rulfiano y también tan libre como el de muchos narradores jóvenes. En este libro se encuentra toda una parte de México que ignorábamos.
Las historias estuvieron bien planteadas, aunque me hubiera gustado ver más historias de mujeres protagonistas. Un poco lento de leer debido a que las historias son varias, 12 más o menos y no son lineales, hay flashbacks.
A comparación de las otras novelas y cuentarios que últimamente he leído, me gustó, pero no me encantó, la pondría en un punto medio llegando a positivo. Aunque eso sí, es un clásico de la literatura chicana. EDIT: al reflexionar me arrepiento totalmente, realmente me fascinó y necesitaba dejar descansar mi mente para valorarlo. Todo está bien contado y todas sus historias están conectadas por ser parte de una cultura que ese entonces se estaba creando: una combinación de Estados Unidos con México; en sus respectivas ciudades cerca de la frontera, y eso lo noto especialmente como mexicana que vive en el norte de México.
You want to like this novel, but the prose does not live up to its thematic and structural aspirations. A series of voices, coming through in fragments, make up the form of the novel. In all, the protagonist becomes the collective Chicano conscious as it strives to affirm an identity. The treatment of space is interesting: taking place entirely in the U.S./Mexican borderlands, we are never sure what side of the border these voices speak from. Its lyrical description of the desert (one of the novel's highlights) situates that site as the sacred space of Aztlan. While a must-read in terms of Chicano literature and important to teach in dealing with border-spaces, its fascinating allegory is unfortunately held up by fragments and characters that lack a definitive brilliance.