A diferencia de otras propuestas religiosas, el Opus Dei tuvo el atractivo de despertar el deseo por la religión. No digo que haya sido la única. Pero sin duda para muchas personas significó el pasaje del deber de cumplir preceptos religiosos al deseo de transformar completamente la propia vida dándole un sentido religioso-trascendental.
Este pasaje del deber al deseo, explica el impulso y crecimiento institucional que tuvo en sus primeras décadas, porque ese deseo se convirtió en sacrificio efectivo y ese sacrificio en energía y combustible que pusiera en marcha una iniciativa que demandaría una dedicación exclusiva, vidas enteras puestas a su servicio.
Pero junto a la estimulación del deseo, se daba su contrario, la estimulación de la angustia, recurriendo de diversas formas a la idea de la muerte, de la condenación eterna y en definitiva de la aniquilación personal. Aunque pueda parecer extraño, ambos impulsos convivían dialécticamente dentro del Opus Dei, el uno estimulando a través del premio y el otro a través del castigo.
Con el tiempo, el deseo terminaría en frustración, tanto por la defraudación vocacional como por los abusos sufridos sobre el sacrificio personal llevado a cabo con el fin de darse a Dios y convertir la propia existencia toda en una unidad, entre vida cotidiana y vida religiosa.
La experiencia en el Opus Dei, en definitiva, terminaría mal, luego de haber despertado ese querer, de haber pasado de la oscura edad del deber -pues Dios es amor, no es deber- a la luminosa edad del deseo, todo terminaría en una gran tiniebla. Y esto posiblemente porque desde el principio había habido un otro deseo, el de su fundador, de servirse del sacrificio ajeno para construir su propia organización, y para ello, despertar el anhelo necesario que llevara a muchos a impulsar un sacrificio ilimitado, en vistas a construir el Opus Dei.
Este libro incomoda, pero no por falta de caridad, sino por exceso de verdad. Opus Dei: Daños Espirituales es un texto que toca puntos neurálgicos del funcionamiento interno del Opus Dei con una lucidez poco común. No denuncia desde la rabia, sino desde la experiencia. No destruye: analiza. Y en ese análisis aparece con claridad lo que muchos han intuido, vivido o sufrido.
Uno de los grandes méritos del libro es mostrar cómo ciertas frases y estructuras —aparentemente espirituales— terminan produciendo una suspensión del discernimiento personal y una obediencia que no es evangélica, sino corporativa. “Para nosotros, la Voluntad de Dios es siempre clara […] porque el espíritu de la Obra y la ayuda de nuestros Directores nos permiten saber lo que el Señor nos pide en cada momento.” Es difícil imaginar una afirmación más peligrosa cuando se trata de formar conciencias adultas.
El texto también expone con claridad una contradicción de fondo: mientras a los fieles se les exige una entrega absoluta —sin vínculos jurídicos claros ni protección institucional—, la estructura de gobierno permanece blindada, y la responsabilidad ante los errores es prácticamente nula. “Romper el contrato sin dispensa es pecado mortal”, dice el Catecismo interno, pero romperlo desde arriba, sin explicaciones, no lo es.
Uno de los aportes más valiosos del libro es el análisis jurídico y canónico: la figura de la prelatura personal, tal como fue aprobada por la Santa Sede, no encaja con el modo de vida que el Opus Dei quiso mantener. Fue una elección propia —no una imposición externa—, pero resultó insostenible. Como señala el autor, el cardenal Ratzinger impidió que se aprobara una versión más amplia que habría creado una jurisdicción paralela dentro de la Iglesia. El resultado fue una figura jurídica que deja a muchos de sus miembros, especialmente a los laicos, en una situación ambigua, vulnerable y difícil de sostener teológicamente. Ahora bien, este libro no pide la destrucción del Opus Dei. Tampoco lo hace el Papa Francisco. Lo que se plantea —y se necesita— es una purificación de la obra, una vuelta a lo esencial, al verdadero espíritu fundacional. El Papa busca que la prelatura funcione conforme al espíritu del Concilio Vaticano II y a su verdadera naturaleza jurídica, sin estructuras paralelas ni prácticas religiosas que no le corresponden. Este libro no tiene todas las respuestas. Pero hace las preguntas que hay que hacer. Y eso, en tiempos de clericalismo y abusos espirituales, ya es mucho. Quien ame a la Iglesia sabrá leerlo sin miedo - AE