Aprendiendo a vivir y la porfía de Clarice
Aprendiendo a vivir, así lo tituló Clarice. Y bien podría haberse llamado Aprendiendo a escribir, porque para Clarice, vivir y escribir son la misma cosa.
En una de sus crónicas, sobre escribir, dice: “Escribir es reproducir lo irreproducible”, es “La palabra que pesca lo que no es palabra”.
Escribir es algo que a Clarice le nacía cuando se encontraba con el vacío. Un vacío que no tiene un “cuando”, en realidad, porque, sintámoslo o no, está siempre.
A la palabra vacío Clarice alude todo el tiempo. El vacío como su angustia, y el vacío como su salvación. Vacío como salvación por la posibilidad que su gran espacio de “nada” le daba para inventarse, para hacerse y deshacerse todo el tiempo. Hacerse y deshacerse con holgura, y atestiguar las formas de todas sus vidas de esa vida suya en una temporalidad sin tiempo.
Sobre escribir, Clarice también dirá que una frase no es algo que se hace sino algo que más bien nace. A lado de esto en lápiz mina le converso mi pregunta: ¿Es posible pensar que algo que nace no sea por un constante acto de hacer y deshacer? ¿Realmente hay cosas que pueden nacer fuera del hacer?
Mi pregunta surge porque a lo largo de todas sus crónicas, pareciera que para Clarice vivirse, más allá de un constante inhalar y exhalar con sus pulmones, pasa necesariamente por un hacer y un deshacer, y en ese trayecto, un nacer inacabado, del que deseaba siempre encontrarse siendo testiga aunque se le escapase todo el tiempo.
Mientras escribo recién acabando de leer su libro, fantaseo que Clarice, con su sensibilidad inteligente, no respondería tranquila a partir de sólo concluir encadenados esos tres actos para dar definición a lo que para ella es vivir: hacer, deshacer y nacer. Mientras levanta sus cejas, expone sus delineados y brillantes pómulos, como lo hace el pavo real con su cola, y se fuma un pucho, más bien la imagino queriendo despedazar esta pregunta.
¿Realmente hay cosas que pueden nacer fuera del hacer?
Y es que sí, creo que diría Clarice. Es probable que para ella encadenar el momento único del nacimiento lo connotaría como el pecado humano más grande. Husmeando hacia su ventana, diría que hay algo del nacer que se agota en su propio acto. Hay algo en el vivir que no se hace y sin embargo nace: es ese instante en que la cosa viva se entrega sin que una la haya fabricado: la gracia. Y la gracia, me diría, no se produce, sólo se recibe. Y para poder recibirla hay que haber trabajado una vida entera en volverse porosa, disponible, sin sello.
Entonces el hacerse y deshacerse incesante no fabrica directamente un nacimiento, más bien ¿lo prepara? Ojalá ahora no con lápiz mina sino sentada frente a ella y con otro pucho, le conversaría.
Sí, creo que esa es la palabra, lo prepara, no lo fabrica. Fabricar y preparar son cosas distintas, creo que comentaría de vuelta.
Quizás eso sea finalmente aprender a vivir, un gerundio que nunca se cierra en pretérito. Un "aprendí a vivir" que no existe, porque lo que verdaderamente ocurre es un a-prendernos a un sentir que dura lo que dura la vida y que consiste, paradójicamente, en desaprender la voluntad de poseer, incluida la de poseerse a una misma.
Ser fieles al instante, como la brújula y el comando constante de Clarice.
A ese _instante ya_, como decía en _La hora de la estrella_, que leímos el día en que dimos inicio al carrusel de algunos de sus libros, con un grupo de lectura que nació y que no resigna seguir naciendo.
Esa es la porfía de Clarice.
La porfía de Clarice: hacer del desarmar un esfuerzo, una disciplina.
Instalarse movediza en una pasividad activa rigurosa por soltar el agarre de su yo, para que pueda nacer eso que sólo nace cuando una deja de apretarlo.
Ser leal al _instante ya_ es aprender a fascinarse con que en algún momento nos podamos atrever a romper los encadenamientos y podamos habitar la zona de clivaje donde las cosas nacen.
Clarice no se sella. Ella se sabe porosa. Se angustia y se salva en esa condición. Para hacerse a sí misma sin descanso. Con su yo que es ella y todo el afuera que ella mira y que la ingresa. Clarice no se sella, porque sellarse sería intentar retener un instante, y eso es justamente lo único que lo vivo no puede hacer sin morirse. Clarice no se sella, porque para ella nada se acumula, nada queda en reserva. Escribir, vivir, recibir, perder, el mismo gesto.
Clarice no se sella, porque ya sabe que toda la vida está en aprender, todo el tiempo y cada vez, a no quedarse con nada, ni siquiera con la vida.