Decepcionante libro en el que lo más sorprendente resulta el elogioso prólogo de Hayek. Resulta inadmisible que un ensayo escrito en los años sesenta del pasado siglo repita tópicos, desmentidos repetidamente por los historiadores ,acerca de la "oscura edad media" que condenaba el conocimiento y del florecimiento renacentista como un fenómeno de ruptura total con la etapa anterior. Aún más graves son afirmaciones como que Santo Tomás no logró reconciliar el aristotelismo con el cristianismo, o que las obras grecorromanas se salvaron gracias a los árabes y a algún noble pagano. Ni una mención, pues, a la salvaguarda de Occidente gracias a la Iglesia en los siglos siguientes a la caída de Roma, o a la labor de los Monasterios en la preservación de libros y difusión de las ideas.
En cuanto al desarrollo de la ciencia, el autor se centra, por supuesto, en el conflicto de Galileo con el Papa, y atribuye los fundamentos racionales que permitieron el origen de la misma a los griegos y al redescubrimiento de obras de Arquímedes. Olvida que Newton, Galileo y la mayor parte de los padres de la Ciencia eran creyentes convencidos de la existencia de leyes que regulaban los fenómenos, por la razón de que el Universo había sido creado por un Dios racional (recordemos la famosa frase de Galileo de que la Matemática era el el lenguaje con el que Dios había escrito el Universo).
Omite también el autor que los grandes artistas del Renacimiento fueron cristianos, y que los motivos y temas clásicos que caracterizan sus obras fueron solicitados y financiados por importantes miembros de la Iglesia Católica. Reduce toda la filosofía medieval a la escolástica de los últimos siglos, y no contempla la influencia en la aparición del Renacimiento de la caída de Constantinopla, la cual conllevó la llegada de múltiples tratados y libros a Occidente.
Hay por supuesto elogios a Diderot, Voltaire y la Revolución Francesa, pero sin comentar la persecución religiosa que tuvo lugar en esa época; las Guerras Mundiales apenas se mencionan (quizás para sostener la endeble teoría del autor de que la mayor parte de los conflictos bélicos ha tenido motivos religiosos), y se repite la teoría de Weber que atribuye el capitalismo a la ética protestante, teoría que también presenta a día de hoy bastantes puntos débiles.
Avanzando en el tiempo, encontramos perlas como que el proletario "no quería reconocer lo que había mejorado su situación", o propuestas tan egoístas como aplicar el control de natalidad a los países pobres para facilitar su desarrollo.
Antes de terminar, conviene mencionar que papel de España en el "Genio de Occidente" es, para el autor, prácticamente inexistente. La Escuela de Salamanca no existe (llamativo en un libro centrado en el desarrollo y la economía), y la gesta de trasladar las ideas y la cultura occidental a todo un continente a partir de 1492 no merece atención por parte del autor.