Curiosamente el único personaje menos definido aquí, casi etéreo e inasible, es Rosetta. Pero alrededor de ella gravita la novela. Rosetta intenta suicidarse con una sobredosis de barbitúricos en una habitación de hotel. Pero el narrador no es ella, no, ella está vista con cierta distancia, como si en realidad todo esto no se tratase de ella sino de Clelia, que es la narradora en primera persona intradiegética, es decir, es testigo y parte de la historia. Clelia regresa a su Turín natal, luego de muchos años viviendo en Roma y teniendo éxito como modista. Va a abrir una tienda exclusiva de moda y los preparativos de adecuación del local son a la vez hilo conductor de la trama y narración paralela. Se hospeda en el mismo hotel en el que está Rosetta, y esa mañana, apenas llegar, Clelia ve sus manos sobresaliendo de la camilla cuando la sacan inconsciente. Pero Rosetta vive esta vez.
A partir de aquí la trama muestra el encuentro de Clelia con una serie de personajes del mundillo cultural y de élite de Turín, con quienes departe y sale casi en modo automático pero manteniendo siempre una mirada algo irónica sobre ese modo de vida con el que no se identifica (el ocio, los placeres, el vivir sin trabajar), pues ella proviene de abajo. En gran medida, la novela es como una esponja gigante que va limpiando y absorbiendo los últimos rastros de una sociedad que ya no existe, de tiempos ya fueron y que terminaron casi de un tajo después de la 2da Guerra Mundial. Esto, que apenas se insinúa sutilmente, es quizás lo más crucial de la novela y lo más autobiográfico (pese a una escena explícita que, como un augur, sucedió en la vida de Pavese), ya que como cita Pierre Adrian en su libro biográfico sobre Pavese, Hotel Roma, al escritor turinés lo que le pasaba era que se hallaba en un anacronismo vital respecto al presente, en el que el mundo del campo y los oficios artesanales y manuales agonizaban como si fuese el fin de una civilización. Esto se puede ver claramente en una escena de esta novela, en la que un ebanista se niega a trabajar porque no merece la pena hacer muebles tan bonitos para un local comercial. De hecho, el ebanista ya no acepta encargos, cede ante la modernidad de los muebles de aglomerado. Una escena potente y simbólica que no obstante, fluye con la misma sutileza del resto de imágenes. Porque es una novela llena de imágenes, como un fresco de una ciudad, de una época, de unas gentes. En Pavese, como dice el escritor Pierre Adrian, lo que importa no es la trama de sus novelas, ni su estilo ni su lenguaje (aunque hace un trabajo pulidísimo, armónico y de gran belleza), sino la vida misma abriéndose paso entre la ficción. Y sí, pese a su vocación suicida y su pesimismo, y a pesar de la visión cínica y desencantada de la protagonista y voz narradora, Clelia, esta novela está llena de vigor, nostálgica sí, pero conservando ese maravillarse ante la vida misma.
Ahora, aunque este retrato de un mundo que agoniza subyace a la narración y es mostrado de forma mínima e indirecta, lo que más sobresale es una crítica social en apariencia contenida y desapasionada sobre aquellas élites sociales y quizás, de las mujeres propiamente, aunque los hombres salgan mucho menos favorecidos en esta novela. “Lo ensucian todo”, dice Rosetta al referirse a los hombres. Y es que los personajes masculinos aquí son medio fantoches, fatuos, pusilánimes y algo ridículos. Las mujeres, son. Simplemente son. Pavese hace el ejercicio de meterse en el pellejo de no una, sino varias mujeres, y eso es lo interesante, porque termina sin importar que está tomando la voz femenina desde su lugar de enunciación literario masculino y en verdad logra darle una cualidad única a cada personaje, de tal forma que no destacan por su característica femenina, sino por su propia construcción dramática dentro de la ficción. Está hablando de mujeres y de un mundo femenino, de amigas, de intimidades de chicas pero no hay atisbo de intrusivismo ni de apropiación o proyección de lo femenino como constructo masculino. No. Pavese sobrepasa esos niveles al hacer literatura pura, desde una honestidad de creador de ficciones que poco deja de sí mismo o de su idiosincrasia en sus personajes (o quizás ese era su verdadero sentir). Ellos son entes independientes. Cómo diría Pierre Adrian, “Pavese había comprendido que las mujeres eran el mejor filtro de la realidad”.
Y señalo todo esto porque precisamente Pavese ha sido calificado (y autocalificado) de misógino por sus conocidos problemas en sus relaciones y sus opiniones contradictorias sobre las mujeres, expresadas sobre todo en su célebre diario El oficio de vivir. Aunque quizás ello era también una puesta en escena de sí mismo. Como puesta en escena (o representación) es lo que los personajes de ese mundillo de clase alta y culturetas de esta novela hacen. En principio, Rosetta estaría harta de representar, a decir de Clelia, y por eso intentó suicidarse, aunque eso no termina de cuajar. Ni eso, ni la posible decepción amorosa (primero heterosexual luego lesbiánica). Hay algo más en ese paso al vacío de Rosetta y es el mismo que el de Pavese. Su acto final. Porque “cómo podía ser que quien como Rosetta tenía tanta necesidad de vivir, quisiera morir”. Lo mismo Pavese. La muerte de Rosetta es una prefiguración de la muerte de Pavese. Un plan. Una representación. En un mundo que los mira desde lejos y no los comprende.
Recomendada sin duda. 4.5 🌟