En la primavera de 1992, los protagonistas de Días sin escuela, un niño de seis años, que será acogido por Elena Uriel y Sento, y una niña de cuatro, sueñan con que, al acabar el verano, empezarán a ir a clase con sus amigos, pero de repente se desata a su alrededor una guerra que, durante tres años, los arrastrará al infierno.
Todas las guerras parecen, siempre, la misma guerra, esa en la que los cuatro Jinetes del Apocalipsis, siempre movidos por oscuros intereses, siembran indiscriminadamente muerte, hambre y dolor, arrasando todo a su paso. Sus víctimas son, siempre, las mismas víctimas; personas inocentes abandonadas a su suerte y atrapadas en medio de la barbarie y el horror. Entre estas víctimas, los niños son especialmente vulnerables.
Treinta años después de la guerra de los Balcanes, esos niños nos empiezan a contar, y no recuerdan grandes batallas ni momentos históricos, como relatan los libros, sino que rememoran sus días y noches, durante tres largos años, con fríos inviernos y calurosos veranos, con el hambre, la enfermedad y la muerte cabalgando a sus anchas por los caminos. Recuerdan el miedo y recuerdan también juegos y risas, recuerdan su presente, porque todos los niños viven siempre, con inocencia, en el presente que, en cada momento, les toca vivir.
Unos supervivientes de la guerra de Bosnia nos cuentan desde la actualidad cómo fue vivir su infancia en mitad de aquel sangriento conflicto y, de camino, nos recuerdan cómo la infancia (de todas las épocas) sufre de forma directa e indefensa las consciencias de las guerras adultas.
La guerra de Bosnia contada desde el punto de vista de unos niños. La idea es interesante pero no me termina de cuajar: La guerra se ve como algo demasiado distante y se pierde el dramatismo de algunos momentos.
Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen… Ojalá estas memorias infantiles de la guerra de los Balcanes sirviera para parar las guerras actuales, pero me da a mí que nunca aprenderemos... La narración en dos tiempos muestra por un lado la visión infantil de la guerra - que se basa en las incomodidades, el hambre o el frío, pero también en los juegos y sorpresas - y por otro deja ver el análisis más maduro de esos mismos personajes que ya han crecido y saben del dolor, miedo, muerte y desolación que conlleva la guerra, con humanos que se convierten en monstruos cuando la atrocidad se convierte en rutina. El dibujo es realista y con detalle, monocromático durante los flashback bélicos y a todo color durante el relato en la plácida actualidad.
¡Me lo he leído en apenas un par de horas! Hacía mucho que no leía cómic, pero compartí firma con los autores y su historia me pareció de lo más interesante, así que allá que fui. Es cierto que he ido con los pies de plomo porque se centra en la guerra y no sabía muy bien cómo iba a ser su enfoque. Es una historia que habla sobre la guerra de los Balcanes desde la mirada de dos niños, por lo que se centra más bien en aspectos cotidianos y rutinarios del día a día de estos niños durante los años de guerra. Aunque hay algunas escenas duras, no son las que predominan y la guerra queda como un trasfondo para estos niños que solo quieren ir a la escuela después del verano. El dramatismo que se puede esperar de una historia como esta queda más bien reservado a escenas como el tratamiento de la fiebre cuando no se tienen medicinas ni recursos (electricidad, agua caliente, etc.), como cuando los personajes juegan a disfrazarse en el sótano de un teatro en el que se protegen de las bombas, o como cuando ir a la escuela supone un peligro para la integridad de la ciudadanía debido a los francotiradores. Además, la historia destaca por estar contada desde el presente mientras esos niños de la guerra, ya adultos, preparan y comen una pella mientras le cuentan a sus amigos y familia lo que sucedió esos días, así que se hacen algunos saltos temporales del presente al pasado. Por tanto, hay varias elipsis, momentos que se deciden contar con las viñetas y otros que se narran de forma más rápida desde el presente. De hecho, en las escenas del momento se hace alusión en diferentes momentos a dos guerras activas actualmente, la de Ucrania y Rusia y el pueblo palestino e Israel, por lo que no es difícil establecer una comparación y que el texto te haga reflexionar porque estar leyendo sobre unos niños que escapan de una guerra hace 30 años, es leer también sobre los niños que escapan hoy, tal y como reflexionan los autores al final del libro. Como es un cómic, es importante resaltar el formato en horizontal, que se convierte en una experiencia de lectura distinta. El estilo del dibujo es el propio de los autores, pero llama la atención el uso de los colores. Mientras que las escenas situadas en el presente mientras se comen una paella están llenas de luminosidad, las escenas que se ocupan de la guerra están impregnadas por tonos azules y verdes oscuros, facilitando así que el lector sepa en cada momento en qué momento de la historia se encuentra. Es un cómic que va más allá de la ficción porque lo que se cuenta no es ficción, sino que son las historias de esos niños que llegaron a casa de los autores y, en un momento dado, empezaron a contar cosas. Por ese motivo, en el final podemos ver cómo se diluye la diferencia enre realidad y ficción y podemos ver en todo momento cómo los autores son dos personajes más en el cómic. En conclusión, si os apetece leer o descubrir un nuevo cómic sobre un tema tan complicado y duro como la guerra y sin entrar en detalles escabrosos, este cómic es ideal. Después de leerlo, creo que esta historia, en primera instancia, sencilla, dice más de lo que ahí está escrito.
Una novela gráfica emocionante que te da ganas de conocer un poquitín más del conflicto de los Balcanes y de la disolución de la antigua Yugoslavia. Ver la historia desde el punto de vista de dos niños te hace tener los matices de cómo puede ser explicada la guerra desde otros puntos de vista.
A modo personal, la última página del libro me emocionó especialmente creo que es una de las mejores novelas gráficas que he leído últimamente.
'-Qué fuerte! Entonces, en 1992, mientras en Barcelona se celebraban las olimpiadas, en Bosnia empezaba una guerra? -Pues sí. -Y casi todo el mundo procuraba mirar hacia otro lado. -Como estamos haciendo ahora...'
Que la memoria ponga su grano de arena para no repetir tanta atrocidad que, aun con esas, se sigue repitiendo… Putas guerras, mierda de normalización, ay la complicidad de mirar para otro lado…