Me apresuro a escribirte estas líneas antes de que el polvo de la estantería haga su trabajo y borre las impresiones que me ha dejado Pisábamos los charcos. Debo confesarte que al principio el libro me recibió con una efusividad sentimental ante la que mi escepticismo se puso inmediatamente en guardia. Aquella sucesión de retrospectivas, aquel aire de nostalgia insistente, por momentos tan cándida que amenazaba con volverse lastimera, me hizo temer que iba a pasar varias páginas defendiéndome de una emoción ajena. También es cierto que tras haber quedado deslumbrado con Stradivarius rex esperaba una suerte de continuación.
Y, sin embargo, uno va leyendo y descubre con cierta incomodidad que esa nostalgia no era un vulgar filtro sepia, sino un ejercicio de lucidez casi cruel. O, peor todavía, un espejo. Porque conforme avanzaba empecé a reconocerme en esa candidez deformada por el tiempo, en esa manera de recordar no tanto lo que pasó como la luz algo piadosa con que la memoria decide conservarlo. Me sentí interpelado, y eso siempre es una contrariedad para quien aspira a leer con la piel de lector curtido. Yo también fui joven, universitario, algo pazguato; también viví en Valencia; también confundí durante una temporada la vida con su promesa.
Ahí está, me parece, una de las virtudes más limpias del libro: retrata con mucha precisión la inocencia y la humanidad de otra época, pero sin convertirlas en pieza de museo ni en simple estampita sentimental. Hay en sus páginas un sentimiento de comunidad, de convivencia casi orgánica, de roce humano no administrado todavía por la prisa y la sospecha, que hoy resulta casi exótico. Y es justamente ahí donde lo que en un comienzo podía parecer cursi termina por dignificarse y volverse elogio. Porque quizá cierta ternura, cuando está bien observada, no es cursilería, es una reivindicación moral.
Debo señalar, estimado Román, una objeción de lector tiquismiquis. Hay muchos personajes. Tantos que en algunos momentos tuve la impresión de estar intentando saludar a media ciudad. Ya sé que la vida es así y que las novelas, si quieren parecerse un poco a ella, han de aceptar cierto tráfico humano; pero yo, lector que no retiene ni el nombre de dos vecinos y que padece una cierta claustrofobia narrativa ante las multitudes, tiendo a desconfiar de estas concentraciones de gente. Loable que el propio narrador reconozca ese agotamiento. Pero también he de reconocer que esa proliferación acaba encontrando su respiración y su engarce, y ahí recordé, por asociación quizá caprichosa, la soltura con que Antonio Tocornal iba enlazando vidas en La Noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie.
De modo que he acabado cerrando tu novela con una impresión mucho más honda de la que sospeché en las primeras páginas. Uno empieza sonriendo un poco por encima de ciertas emociones y termina descubriendo que se estaba riendo, en parte, de sí mismo. Tu libro, Román, tiene esa virtud discreta y algo peligrosa: obliga a recordar que también nosotros fuimos más ingenuos, más sentimentales y seguramente mejores de lo que hoy tratamos de disimular.