Había leído parte de este libro cuando estudiaba periodismo, gracias a Alejandra Carmona, una profe muy inquieta que daba el ramo de Antropología y que siempre llegaba con lecturas nuevas y actuales. Por ella descubrí no sólo a autores “académicos”, como Lévi-Strauss y Ángel Rama, sino a escritores que cruzan el periodismo con la etnografía y la literatura, como Martín Caparrós y Simon Singh, autor de El Último Teorema de Fermat. Es un libro hermoso, como hermosas son las matemáticas y como hermoso es el problema que heredó Fermat a sus colegas por más de 300 años y como hermosa es la historia de traiciones, desafíos y sueños que están ligados a este acertijo matemático.
Este es un libro que mezcla la investigación científica, el periodismo y la literatura. Aprendí un montón leyéndolo. Está escrito (y traducido) con una prosa limpia, liviana y sencilla, algo muy difícil de lograr, sobre todo cuando se explican temas intrincados, como las matemáticas. Salvo por el exceso de adverbios de mente (que, ay, me ponen medio mal) es un placer leer las explicaciones complejas de manera tan amable.
Pienso que la matemática son un universo de lógica, absolutismos y armonía de un nivel superior. Como toda disciplina y todo arte, aspira a la belleza y los matemáticos lo saben, persiguen la belleza de la perfección de los números y le achacan a este universo propiedades como la bondad o la amistad, todo a partir de patrones numéricos. Se me ocurre que mucha de la filosofía matemática refleja la moral de sus autores y, al mismo tiempo, describen también las relaciones humanas y la vida.
Me gustó mucho que el autor se hiciera cargo, en un apartado, del sesgo histórico de género que han acompañado las matemáticas. “A través de los siglos las mujeres han sido desanimadas a estudiar matemáticas, pero a pesar de la discriminación, ha habido varias matemáticas que lucharon contra esa costumbre institucionalizada e inscribieron sus nombres en forma indeleble en los anales de las matemáticas”. Y nombra a Hipatia de Alejandría o Sophie Germain, que tuvo que usar el pseudónimo de Monsieur Le Blanc para que tomaran en serio su trabajo. Cuando ella debió revelar su identidad, un destacado matemático (que fue su maestro sin saber que ella no era hombre) escribió: “Cuando una persona del sexo que, de acuerdo con nuestras costumbres y prejuicios, debe encontrar infinitamente más dificultades para familiarizarse con estas espinosas investigaciones, tiene éxito en superar estos obstáculos y penetrar las partes más oscuras de ellas, entonces sin ninguna duda debe tener el más noble coraje, talentos verdaderamente extraordinarios y una genialidad superior”.
Cuando yo estaba en octavo básico era muy porra. Me iba mal en el colegio. No estudiaba demasiado. Ese mismo año me puse a pololear con un chico dos años mayor que yo, que era escandalosamente estudioso. Me acuerdo cuando me explicó las potencias. Yo me había sacado un rojo en la prueba y él, con mucha paciencia y amor, me explicó esta materia que en realidad es súper fácil y entretenida. De ahí en adelante me puse igual de odiosa y matea que él. Salí de cuarto medio con promedio 6,9 en matemática. Después estudié periodismo y olvidé los números, pero al leer este libro recordé por qué me gustaban tanto, por qué disfrutaba más resolviendo facsímiles de la PSU de matemáticas que viendo Los Simpsons. Hay tanta perfección en los números, tantos juegos posibles.
El libro se trata de cómo se resolvió el problema matemático más famoso de la historia: el teorema de Fermat, que sostiene que no hay soluciones posibles al teorema de Pitágoras cuando la potencia es mayor a 2. El libro explica, también, porque esa demostración es tan endemoniada y difícil. La belleza del problema es que Fermat dijo tener una demostración, pero que no la podía escribir en el margen de un libro, ya que ese espacio era muy pequeño. En rigor, no existía la demostración (no existe, nadie ha visto jamás la demostración de Fermat). Era y es una especie de eslabón perdido de las matemáticas. 350 años después, Andrew Wiles plantearía su propia solución, una muy compleja y elegante, que unifica las matemáticas y que se sirve de todas las etapas de esta ciencia para lograrlo. Al final, el libro cuenta esa historia y también repasa miles de años de epistemología de las matemáticas.
Algunas cosas bellísimas que se leen en este libro:
—“Pitágoras había descubierto que unas proporciones numéricas simples eran responsables de la armonía de la música”.
—“La razón entre la longitud real de los ríos desde su nacimiento hasta su desembocadura y su longitud en línea recta (…) es aproximadamente 3,14: número cercano al valor de π”.
—“Las matemáticas son el lenguaje que permite describir la naturaleza del universo”.
—“La razón por la cual se le atribuye el teorema a Pitágoras es porque fue él quien primero demostró su validez universal”.
—“La llamada demostración científica depende de la observación y la percepción, las cuales son falibles y sólo suministran aproximaciones (…) [la demostración matemática] tiene una verdad más profunda que cualquier otra verdad, porque es el resultado de un proceso lógico. Las matemáticas son una materia de estudio no subjetiva (…) independiente de la opinión”. Es decir, una demostración matemática es una verdad absoluta y se aplica para un caso específico como para todos los de su serie hasta el infinito. Es loca esa hueá, ojalá las ciencias sociales funcionaran así.
—“Fermat y Pascal habrían de descubrir las primeras demostraciones y certezas absolutas de la teoría de la probabilidad, una materia que es, en esencia, incierta”.
— “[Pascal] sostuvo que ‘la emoción que un apostador siente cuando hace una apuesta es igual a la cantidad que puede ganar multiplicada por la probabilidad de que gane”.
—“El primer director del departamento de matemáticas (de la Universidad de Alejandría) fue, ni más ni menos, Euclides”.
—Sobre la destrucción de la biblioteca de Alejandría: “En el año 642, un ataque musulmán culminó con éxito aquello en lo que los cristianos habían fracasado”. Quemaron todo por fanatismo dogmático. Maldita religión.
— “El crecimiento de cualquier disciplina depende de su capacidad para comunicar y desarrollar ideas”.
—“Los números amigos son parejas de números tales que cada uno de ellos es igual a la suma de los divisores del otro”.
—“[En matemática] las ideas no corroboradas son infinitamente menos valiosas y se conocen como conjeturas”.
—“Es impensable para los matemáticos no poder, al menos en teoría, contestar todas las preguntas, y esta necesidad se llama completud”.
—“Los teóricos de los números consideran a los números primos como los más importantes de todos, porque son los átomos de las matemáticas”.
—“Dios existe puesto que las matemáticas son consistentes, y el diablo existe puesto que no podemos demostrarlo”, André Weil.
—Sobre Galois, un maestro escribió: “la locura matemática domina a este muchacho”.
—“Cuando se discuten cuestiones trascendentales, hay que ser trascendentalmente claro”.
— Y la frase que escribió Wiles cuando terminó su demostración del teorema de Fermat frente a la comunidad matemática más importante: “Creo que me detendré aquí” <3