¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena? Para el rabino Harold Kushner, autor de este libro, es la única pregunta teológica que realmente importa. Se le podría decir que hay preguntas más fundamentales: por ejemplo, por qué ocurren cosas malas para empezar, o por qué hay gente buena y mala, o si la distinción entre bueno y malo tiene algún sentido en absoluto. Pero es cierto, sí, que se trata de una pregunta que nos interpela más frecuentemente, en nuestra experiencia cotidiana, sin que -necesariamente- forme parte de una cosmovisión teológica. Es decir, todos tenemos una cierta idea de la justicia, y casi continuamente comprobamos que el orden del mundo no se rige según esta idea – especialmente, cuando las cosas injustas que ocurren nos afectan en un sentido negativo.
Cuando el hijo del autor tenía tres años, fue diagnosticado con progeria: una enfermedad que supone, además de múltiples estigmas físicos y una calidad de vida penosa, la condena a una muerte temprana. Estas noticias supusieron el imaginable shock para la familia Kushner. Hasta entonces, nos dice el autor, había sido uno de los afortunados que sabía de este tipo de sufrimiento solo de segunda mano. Desde un punto de vista, digamos, profesional, le había sido fácil considerarlo y evaluarlo siempre que les ocurría a otros. Kushner se vio en la situación de muchos otros creyentes, de casi todos, puestos ante una situación que contradecía su idea de la justicia – idea que, nada menos, supone la existencia de un dios justo y todopoderoso.
De este punto de partida podría esperarse lo que también es habitual en estos casos: que, en lugar de modificar este presupuesto, sus conclusiones terminaran reafirmándolo. O sea, una de las formas vulgares de la teodicea, o sea, una justificación del sufrimiento humano que no contradijera la benevolencia y el poder de Dios. Kushner, para mi sorpresa, descarta todas estas justificaciones fáciles. A quienes dicen que el sufrimiento existe como parte fundamental de un plan divino, opone la obviedad de que hay cosas que ocurren sin razón. Hay, por ejemplo, muertes innecesarias, como la de su propio hijo. Por cada persona que se salva imposiblemente de una situación límite, y sale de la experiencia con una fe fortalecida, hay centenas y miles que no la cuentan (la diferencia decisiva es que a esos no podemos escucharlos).
En este punto, querría decirle a Kushner que el problema es partir de una concepción de Dios y después tratar de que esta concepción se ajuste a la evidencia, como hacen, normalmente, las teodiceas. En realidad, creo que deberíamos hacer lo contrario, empezar por lo que sabemos sobre el mundo y a partir de eso hacer nuestras especulaciones. ¿Concluiríamos que existe algún tipo de entidad superior detrás del diseño del universo? Quizás. ¿Sería esta deidad omnipotente, omnibenevolente y omnisciente, por necesidad? Sospecho fuertemente que no. Claro que el rabino Kushner tiene derecho a creer y escribir lo que quiera, pero de mi parte veo un problema inexistente, un problema que solo aparece merced a una concepción heredada y tradicional de Dios.
Con todo, las teodiceas tratan normalmente de salvar todos los atributos de Dios, es decir, de justificar la existencia del sufrimiento sin que este pierda su omnipotencia ni su benevolencia. Kushner no sigue este camino. Le parece obvio que Dios se abstiene regularmente de actuar en el mundo y, en consecuencia, de evitar un sufrimiento evitable, o que al menos sería evitable para una deidad todopoderosa. La conclusión de Kushner es que hay cosas que Dios no puede hacer, aunque quizás querría hacerlas. Es un Dios todavía benevolente pero limitado; limitado, en este caso, por las leyes de la naturaleza. Las cosas ocurren por principios físicos, mecánicos, que no tienen ninguna relación con la justicia. Para Kushner, hay que buscar a Dios no en el sufrimiento en sí, como si proviniese de él, sino en nuestra respuesta al sufrimiento, en nuestra noción de justicia e injusticia, en la compasión e incluso en la ira. Esta es su tesis principal.
El texto no ahonda en detalles teológicos, por lo que no sé exactamente si coincido con la argumentación de Kushner. A primera vista, me parece que no coincido con sus conclusiones. Hay especulaciones clásicas sobre lo que significa la omnipotencia. Santo Tomás, creo, decía que para Dios todo es posible, incluso aquello que va contra las leyes de la lógica. San Agustín operaba otra definición de omnipotencia, que significaría la capacidad de hacer todo lo que es posible. De esta manera, Dios no podría crear un triángulo de cuatro lados, ni hacer que 2 más 2 fueran 5. Bastaría, entonces, considerar que las leyes de la física son solo una extensión de las leyes de la matemática, y estas de la lógica. Para Dios sería igualmente imposible revertir una enfermedad, o reparar el motor descompuesto de un avión, como hacer un triángulo de cuatro lados. Bajo nuestra concepción humana, se trata de problemas de distinto orden, cuando en realidad no lo son.
Así, el Dios de Kushner es aún todopoderoso, pero su omnipotencia tiene ciertos límites. Este gambito resuelve, ciertamente, algunos problemas, al mismo tiempo que crea otros. Emulando el Dilema de Eutifrón, pero ahora aplicado al ámbito de la naturaleza, deberíamos preguntarnos si Dios sigue ciertas leyes o si las leyes lo siguen a él. En el primer caso, Dios no sería un ser primordial, dado que las leyes de la naturaleza, o las de la lógica, de alguna forma serían preexistentes a él. En el segundo, tendríamos que suponer, en cambio, que Dios decidió crear un universo bajo ciertas leyes y, después, abstenerse de romperlas. Un problema más grave, que no es mencionado en el texto, se deriva del tercero de sus atributos clásicos: la omnisciencia. De ser Dios omnisciente, entonces debía saber, al momento de crear el universo, todas las consecuencias que ese acto traería. De manera que, si no fue la causa inmediata para aquella enfermedad o este accidente aéreo, sí fue su causa primera, y lo fue, además, voluntariamente. Esto nos deja en un territorio todavía más pantanoso: o tenemos un Dios aún más limitado, que creó el universo contra su voluntad, o volvemos a la antigua teodicea, según la cual Dios conocía todo el mal que iba a causar, y sin embargo decidió crear el universo por un bien mayor, todavía desconocido. Kushner, por razones comprensibles, no lleva su especulación hasta este punto.
Otra cuestión que permanece sin ser aclarada es por qué Kushner decide salvar la benevolencia de Dios y sacrificar su omnipotencia. ¿Por qué no supone que Dios es todopoderoso, pero no es necesariamente bueno? ¿O por qué, quizás, que no es ni una cosa ni la otra? Acá, como en muchas otras cuestiones relacionadas con la fe, parece pesar más el deseo del propio creyente. En un pasaje del texto, Kushner nos dice: “Dios no es moralmente ciego. Yo no podría adorarlo si pensara que lo es”. A lo que podríamos fácilmente contestarle: ¿y eso qué? El hecho de que él prefiera que Dios sea de una determinada manera no debería cambiar en absoluto la naturaleza de Dios. En la misma vena, alguien escribe en un comentario algo así como “yo no quiero un Dios que permite el sufrimiento, pero tampoco quiero un Dios limitado”. De nuevo, ¿qué le importa a Dios lo que quieras de él? O bien: ¿qué le importa al universo lo que quieras de él? El que te parezca más satisfactoria o agradable la idea de que Dios existe no la hace ni un ápice más real. Cualquiera descartaría este razonamiento así planteado, y sin embargo muchas veces, como incluso en este libro, aparece bajo algún tipo de disfraz respetable.
Kushner, por lo demás, da una vuelta teológica que sin embargo termina en lo que, para mí, es el punto de partida. Su universo se parece mucho al mío, hecho de una naturaleza ciega e intrínsecamente amoral. Es nuestra propia consciencia la que imprime juicios de valor, la que distingue entre un bien y mal sin correlación con los hechos del mundo. Si quisiera, podría decir que esa consciencia es comparable a la divinidad. Desde ya, no sería el mismo Dios personal en el que Kushner cree y del que habla, pero al mismo tiempo ese Dios de Kushner se parece demasiado a su propia inexistencia.