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La hamburguesa que devoró el mundo: Un panfleto ecoanimalista
174 pages, Paperback
Published February 24, 2025
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August 24, 2025
Javier Morales Ortiz escribe un libro "ecoanimalista", aunque sin tener muy claro que se pueda hacer algo por cambiar el mundo, lo que no está mal visto. Apuesta el autor por vivir lentos como caracoles y modestos como musgos, y por dar la batalla a pesar de todo. Su receta para conseguir salvar el planeta y, de paso, a todos los animales que vivimos en él es tan sencilla como improbable (por no decir imposible): decrecimiento, cambio de modelo económico y una nueva manera de relacionarnos con la naturaleza.
Tras aportar muchos datos sobre el daño que hacen la ganadería y la pesca, o de cómo hemos sobrepasado ya seis de los ocho límites que nos llevarán al colapso, Ortiz da voz a ecologistas y animalistas para ver si consiguen ponerse de acuerdo en una solución conjunta. Y el resultado es lo esperado, todos creen que es posible llegar a acuerdos, pero en sus declaraciones vemos que esos acuerdos son imposibles.
Los ecologistas se mantienen en ese pensamiento mágico de que existen ecosistemas que hay que preservar de cualquier trastorno (incluyendo ahí la defensa de la destructiva ganadería extensiva, de la caza y la pesca y, por supuesto, del asesinato masivo de todas las especies "invasoras", excluyendo, por supuesto, a los peores: los humanos) como si existiese algún ecosistema en este planeta que no haya sido modificado, de una manera u otra por nuestra especie.
Los animalistas se plantan, con razón, afirmando que cada ser es único y que no tiene sentido esa defensa de ecosistemas per se, destruyendo a todo animal que moleste en esa panacea mágica de los ecologistas.
Entre las respuestas a las encuestas encontramos algunas surrealistas como las de Joaquín Araújo, que asegura que claro que es animalista, "cómo no serlo siendo ganadero", o la de Javier Rico, que defiende ser animalista y comer animales. Menos mal que hay alguna voz inteligente como la de Alicia Puleo, que cree en el consenso, pero no en cómo llevarlo adelante.
Tras aportar muchos datos sobre el daño que hacen la ganadería y la pesca, o de cómo hemos sobrepasado ya seis de los ocho límites que nos llevarán al colapso, Ortiz da voz a ecologistas y animalistas para ver si consiguen ponerse de acuerdo en una solución conjunta. Y el resultado es lo esperado, todos creen que es posible llegar a acuerdos, pero en sus declaraciones vemos que esos acuerdos son imposibles.
Los ecologistas se mantienen en ese pensamiento mágico de que existen ecosistemas que hay que preservar de cualquier trastorno (incluyendo ahí la defensa de la destructiva ganadería extensiva, de la caza y la pesca y, por supuesto, del asesinato masivo de todas las especies "invasoras", excluyendo, por supuesto, a los peores: los humanos) como si existiese algún ecosistema en este planeta que no haya sido modificado, de una manera u otra por nuestra especie.
Los animalistas se plantan, con razón, afirmando que cada ser es único y que no tiene sentido esa defensa de ecosistemas per se, destruyendo a todo animal que moleste en esa panacea mágica de los ecologistas.
Entre las respuestas a las encuestas encontramos algunas surrealistas como las de Joaquín Araújo, que asegura que claro que es animalista, "cómo no serlo siendo ganadero", o la de Javier Rico, que defiende ser animalista y comer animales. Menos mal que hay alguna voz inteligente como la de Alicia Puleo, que cree en el consenso, pero no en cómo llevarlo adelante.
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