En Los escapistas de Fedosy Santaella, el lector podrá asombrarse, asustarse, enfurecerse, reírse y regresar a la cartografía de las huidas, los tropiezos y los encuentros fortuitos que lleva toda existencia. Cada cuento de este libro ha sido fabricado con el detalle de un compositor a la vez puntilloso y huidizo que nos entrega una escritura donde se resume lo mejor de esa literatura que combina las referencias más inmediatas con aquellos clásicos universales. Sus historias dejan en la piel temblores, cicatrices, memorias de viajes y meditaciones fabulosas, que no por sobresaltadas, pierden el derecho a ser menos reales. Al salir de Los escapistas, el lector sabrá por qué los cuerdos vislumbran monstruos que ni siquiera los más trastornados han podido imaginar.
Todavía no he salido de este libro, al contrario, me interno cada vez más en las galerías prohibidas de sus relatos. Trato de ir "más allá de la luz", como los personajes de estas páginas que bregan con sus remolinos, sus alucinaciones, sus puertas que suenan en la penumbra. Y sus cuellos rotos.
No me gustan las adivinanzas porque adolezco de cierta torpeza mental para responder a preguntas rápidas y acertijos, por eso he estado masticando el título de "los escapistas" como si fuera un buche de arena. Es una trampa de título. No importa lo mucho que los narradores de Santaella me recalquen que los personajes "huyen" de algo (un país, una depresión, una melancolía, un despecho geográfico) como si me mostraran sus cadenas en una performance de ilusionismo. La palabra se me desarma. Se siente más como un limbo, como una casa que me objetiviza y me pone en peligro de mutar en autómata ("Raymon Roussel se queda en casa"). Los escapistas son pesadillas, son laberintos hacia el vacío, hacia la excusa trastornada y trasnochante de asir la imaginación. "Los verdaderos escapistas son equinocciales", me digo, y por eso creo que el cuento que cierra la antología cumple su función de ouroboros y no me deja salir. Este libro empieza con un fantasma y termina en una cueva. Aceptar su viaje implica buscar nuestras propias grietas, huir del regazo de la mujer yegua e intervenir la realidad con el peso del sueño. Hay selva en este libro, hay un país, pero, sobre todo, parece haber una vocación del extravío.
En la transposición de Mike Flanagan de "Otra vuelta de tuerca", el personaje de Peter Quint le dice a Miles que las personas son como puertas y que solo hace falta encontrarles la llave. Esa sensación también es patente en esta colección, no solo por la presencia constante de portales o de puertas a las que alguien toca durante la noche, sino porque la lectura parece comportarse como una llave que va probando los mecanismos internos de su lector hasta reacomodarle sus quicios.