Cerré Hombre lento con una sensación rara: no tristeza, ni enfado, sino esa incomodidad que aparece cuando un libro te obliga a mirar algo que llevas tiempo esquivando.
Pensé en mi padre. En un amigo. En mí mismo dentro de… ¿cuánto? ¿diez, veinte años? Pensé en lo poco que hablamos de la pérdida de autonomía hasta que ya es demasiado tarde. Y durante unos días me sorprendí haciendo cosas absurdas: cargar bolsas demasiado pesadas, rechazar ayuda que no molestaba, fingir una autosuficiencia innecesaria.
No era orgullo. Era miedo.
Paul Rayment, el protagonista de la novela, vive exactamente ahí.
Un hombre mayor, acostumbrado a una vida solitaria y autosuficiente. Un día va en bicicleta. Al siguiente, una pierna amputada y una vida que ya no reconoce como propia. La independencia se convierte en dependencia, y el futuro en una sucesión de concesiones que no pidió, pero con las que tendrá que convivir. Entre ellas, una enfermera croata que despierta en él algo que ya creía enterrado: el deseo de conexión, de amor, de significado. Pero Coetzee, como siempre, no entrega lo que se espera. No nos da una historia de superación edificante ni un relato con moraleja. Lo que nos da es algo más incómodo, más crudo, más real: un hombre atrapado en su propia testarudez, en su resistencia a aceptar la compasión, en su lucha interna entre la dignidad y la necesidad.
Porque claro, lo de enamorarse de tu enfermera no es precisamente una idea revolucionaria. Lo hemos visto en películas, novelas y hasta en algún que otro reality de baja estofa. La diferencia aquí es que Coetzee no nos deja acomodarnos en la historia que queremos ver. No es un romance edulcorado ni un melodrama sentimental. Paul no es un héroe romántico; es un hombre mayor, testarudo y, a ratos, irritante. Marijana no es la típica figura angelical de la devoción abnegada; es una profesional eficiente, una madre con preocupaciones y, sobre todo, una mujer con su propia vida. Y esa vida no gira alrededor de Paul, por más que él lo desee.
Pero más allá de la lucha interna de Paul, hay otra cuestión que flota en el aire: la pertenencia. Paul es australiano, sí, pero ¿se siente realmente parte del país en el que ha vivido toda su vida? Marijana, su enfermera croata, carga con una sensación similar de desarraigo. Entre ambos hay un juego de distancias: cultural, social, emocional. Coetzee nos muestra que el aislamiento no siempre es una elección, a veces es el resultado de no encajar del todo en ningún sitio.
El ritmo de la novela es deliberadamente pausado, casi exasperante. Coetzee nos hace sentir lentos, como su protagonista: cada página, cada pensamiento, se arrastra con la misma parsimonia que el tiempo de Paul. No es una historia que se apure; es una historia que se arrastra, que obliga al lector a sentir cada momento de quietud, de duda, de estancamiento. Es como si Coetzee nos pusiera en la piel de Paul Rayment, el hombre lento, no solo a través de su situación, sino también a través del ritmo mismo de la narración.
Y cuando parece que la novela ya ha dejado claras sus cartas, aparece Elizabeth Costello.
Sí, “esa” Elizabeth Costello: la de la novela de Coetzee del mismo título. No como un personaje convencional, sino como una presencia incómoda, difícil de clasificar, que entra en la vida de Paul Rayment como Pedro por su casa y sin ofrecer explicaciones. Coetzee no se preocupa de decirnos quién es exactamente ni qué papel “debería” cumplir. Solo la deja estar. Y eso basta para que algo empiece a desajustarse.
Ahora, sobre Elizabeth Costello… ¿Qué decir de ella? Porque, en serio, ¿quién se atreve a meter a una mujer que ya es un libro dentro de otro libro? Coetzee lo hace, y lo hace para descolocarnos. Costello no es solo una figura literaria que se pasea como un fantasma por la novela; es una pregunta con piernas, una presencia que obliga a Paul —y al lector— a enfrentarse a lo que preferiría no mirar.
¿Es un espectro? ¿Una voz de la conciencia? ¿La autora discutiendo con su criatura? Coetzee no responde, porque no le interesa responder. Le interesa incomodar. Costello funciona como un espejo que no devuelve una imagen nítida, sino fragmentos: la fragilidad, las ficciones que nos contamos para seguir adelante, la dependencia que fingimos no necesitar.
Para Paul, Costello se convierte en una herida narrativa que no deja de tocar. Para el lector, en una advertencia: no hay historia inocente, ni identidad que no esté atravesada por la mirada de otro.
Y aquí es donde, para muchos, la novela empieza a tambalearse. No porque Coetzee pierda el control, sino porque parece retarnos a perder el nuestro. Avanza como su protagonista: a trompicones, con vacilaciones, sin saber bien qué dirección tomar. ¿Estamos en una historia sobre un hombre enfrentándose a su nueva realidad, o en un juego metaficcional donde un autor nos lanza migas de pan para que intentemos descifrar su laberinto? No hay respuesta, porque la novela misma no se decide del todo. Y si eso desconcierta, probablemente es porque debería hacerlo.
¿Es esta una de sus mejores novelas? Pues mira, no lo sé. ¿Es una de las más fascinantes? Con total seguridad. Porque lo que Hombre lento pone sobre la mesa no es solo la fragilidad del cuerpo, sino también la de la identidad. ¿Quiénes somos cuando ya no podemos ser quienes éramos? Y lo más inquietante: ¿qué pasa si la ayuda que nos ofrecen no nos salva, sino que nos expone?
Es una novela que divide. Algunos la considerarán una obra maestra de la introspección, otros que la aparición de Costello es una jugada tramposa, incluso un síntoma de agotamiento narrativo de Coetzee. Lo cierto es que no es una lectura fácil ni complaciente, pero ¿cuándo lo ha sido Coetzee? Si esperas que te tome de la mano, te equivocaste de escritor.
Sea como sea, esta es una novela que merece ser leída. Porque te remueve. Porque te conmueve. Pero no esperes que te guíe. Hombre lento es una novela sobre la parálisis, en todos los sentidos. Paul está atrapado en su cuerpo, en su orgullo, en su incapacidad de aceptar ayuda. Y la novela, a su manera, también queda atrapada en una incertidumbre narrativa que nunca se resuelve del todo. Algunos dirán que eso es una genialidad; otros, que es una trampa. Pero tal vez ahí esté el punto. Hay momentos en la vida en los que no hay avance claro, solo la espera. Y cuando llegamos a ese punto, ¿qué nos queda? ¿La paciencia? ¿La desesperación? ¿La esperanza? Coetzee no responde. Solo nos deja en el umbral, tan inmóviles como su protagonista.
Al final, la verdadera pregunta es esta: ¿es Paul Rayment un hombre lento porque su cuerpo ha perdido agilidad, o porque su mente y su orgullo lo han dejado atrapado en un lugar del que no quiere —o no puede— salir?
Tal vez la respuesta importe menos que el hecho de que tarde o temprano, todos nos volvemos hombres lentos. Algunos porque la vida les quiebra el cuerpo. Otros porque el miedo, el orgullo o la duda los encadenan a lo que fueron. La pregunta es: cuando nos llegue el momento, ¿seremos capaces de aceptarlo?