Este libro es un relato coral. Cada pequeña viñeta e historia cuenta fragmentos de la vida de seis mujeres en México, Colombia, Bosnia, Kosovo y Serbia después de que sus hijos, hijas, maridos, hermanos fueran desaparecidos o asesinados.
Su propuesta es relevante porque se trata de un tema contemporáneo relativamente universal personas que buscan a sus familiares víctimas de desapariciones forzadas– a través de historias arraigadas en sus particularidades locales. Suena atractiva la invitación a seguir la vida de protagonistas de latitudes tan diferentes –de países latinoamericanos y de la periferia europea– atravesando historias similares.
Táctica cruel para generar terror en la sociedad, la desaparición forzada es un crimen de lesa humanidad que transgrede los derechos humanos; se trata de un problema a nivel mundial que no solo afecta a las familias de los desaparecidos, también crea grietas al interior de la sociedad, infectada por una preocupante sensación de inseguridad.
Ante las ausencias imprevistas del ser amado, la comunidad se va quebrando, el dolor inunda las vidas de los familiares que comienzan búsquedas eternas en desiertos y basureros, con la esperanza de encontrar certeza, alguna pista, un cuerpo que confirme la desgracia. Las desapariciones provocan huecos, vacíos de aflicción que solo pueden contrarrestarse con el amor infinito de madres, hermanas y abuelas que todos los días escudriñan, sobreviven, en contextos plagados de injusticia.
En Huecos (Dharma Books, 2024), la periodista mexicana Chantal Flores ahonda en este doloroso tema de una forma muy humana, sentándose a la mesa y conviviendo con seis mujeres afectadas por la ausencia forzada de hijos, hijas, hermanos y esposos, en lugares tan disímiles como México, Colombia, Bosnia, Kosovo y Serbia.
La autora intenta entender el dolor ante la pérdida mientras habla, cocina, llora, escucha, camina y se acerca a fosas clandestinas junto a Mirna, Lucy, Margarita, Zekija, Valdete y Dragana, las incansables protagonistas de las crónicas que reúne el libro.
Chantal cuenta en la introducción de su libro: “Cuando llegué con ellas quería entender el dolor que origina la desaparición forzada, aunque después comprendí que lo más que podía hacer era mostrarlo y compartir lo que ellas me habían permitido ver. Al inicio, sólo lograba ver la superficie. La labor de decenas de familias que apenas se visibilizaba a raíz de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en Iguala, Guerrero, en el sur de México. Mientras los grupos de búsqueda iban encontrando fosa tras fosa, y se descartaba la posibilidad de que ahí estuvieran los restos de los estudiantes, una pregunta sobrevolaba en silencio: ¿Quiénes son ellos y ellas si no son los 43 normalistas?”.
Gracias a la prosa de Flores, mezcla de crónica y reportaje, a lo largo de las 276 páginas que conforman Huecos el lector se verá al interior de la rutina de las familias que siguen su camino ante la incertidumbre, incorporando actividades de búsqueda lo mismo en Kosovo que en Medellín, o en los sórdidos desiertos del norte de México.
“Este libro empieza cuando dejé de esconderme en el periodismo y la ciencia, y me atreví a sentarme con las pausas que las ausencias traen. El dolor que se apodera del cuerpo después de pasar días escuchándolas a ellas y la rabia que se asienta en el estómago al regresar a la “vida cotidiana” que aún no ha sido tocada por la desaparición. Como pequeños rincones que se van separando de un territorio cada vez más fragmentado con la creencia de que no les va a tocar. Mientras yo me veía obligada a vivir en dos mundos donde el único hilo que me sostuvo es este libro que ahora comparto con ustedes”, señala la autora.
Huecos ya está disponible en librerías, el soberbio trabajo de Chantal Flores desde una perspectiva humanitaria, que pone el foco no en las cifras sino en la conmoción que provocan las desapariciones. Divididos por fronteras, conflictos políticos y guerras contra el narcotráfico, los seres humanos han convertido paulatinamente el mundo en un entorno hostil, copado de miedo e inseguridad.
Normalizar la violencia, no debe ser una opción. La tristeza invade a familias que en lugar de reír y pasear, deben aprender a buscar fosas clandestinas en eternos parajes; se rastrea por tierra suelta, trozos de ropa, huesos quemados, restos humanos. Se buscan hijos, hermanas y padres. Se busca la esperanza.
Nunca imaginé leer Huecos: retazos de la vida ante la desaparición forzada de Chantal Flores y sentirme tan conmovida, tan vulnerable, tan cerca del dolor ajeno. Pensé que era un libro sobre desapariciones; no sabía que era, en realidad, un libro sobre el amor, la memoria y la resistencia. Desde las primeras páginas, algo se quebró en mí. No es una lectura fácil ni pretende serlo: es una herida abierta contada con una voz que no busca consuelo, sino verdad.
Flores entrelaza las historias de seis mujeres de distintos países —México, Bosnia, Kosovo, Colombia y Serbia— unidas por una misma ausencia. Todas perdieron a alguien: un hijo, un esposo, un hermano. Todas habitan un hueco. Pero más que narrar tragedias, la autora logra mostrar lo que queda después del horror: las rutinas, los silencios, los gestos pequeños que sostienen la vida cuando todo se ha ido. En un fragmento escribe: “Ninguna vida es lineal. Nuestra propia memoria tiene baches y nosotras mismas recordamos hechos y circunstancias de distinto modo cuando le ponemos luz con el paso del tiempo. Esos puntos de vista nos cuentan la vida como es: emparchada. Este libro recoge esas vidas fragmentadas y construye un collage de la supervivencia. En sus retazos —y, por supuesto, en sus huecos y parteaguas— hay mucho sentido por descubrir.”
Mientras leía, sentí que cada historia era una grieta en la que podía verme. Mirna, una madre sinaloense, abre el refrigerador todos los días aunque no tenga hambre. “Abrir, mirar, cerrar”, dice. Un gesto simple, pero cargado de lo que no puede decirse: la rutina convertida en refugio, en memoria. Esa escena me dolió más que cualquier descripción explícita, porque entendí que los huecos no están solo en las tumbas ni en los expedientes, sino en los actos cotidianos, en los lugares donde el silencio se instala.
En otro momento, una mujer serbia confiesa: “No sé si busco su cuerpo o mi cordura.” Esa frase me persiguió. La leí y tuve que cerrar el libro. Me quedé mirando la pared, pensando en todas las cosas que buscamos sin saber si lo que queremos recuperar es al otro o a nosotros mismos. En esas páginas, Flores no solo cuenta desapariciones; nos muestra cómo se vive con el hueco, cómo se sobrevive a lo que no termina de irse.
El libro me hizo entender que la desaparición forzada no es solo una tragedia personal, sino una herida colectiva. Que cada rostro en un cartel, cada nombre escrito en una manta, es un recordatorio de lo que elegimos no mirar. Y, aun así, Huecos no se queda en la desesperanza. Hay una ternura honda en la forma en que Chantal escribe, una fe en la memoria, en el acto mismo de buscar. “Buscan con los pies llenos de lodo, con la garganta seca, pero con la esperanza intacta —dice—. Porque lo que se ama no se deja de buscar.”
Nunca antes un libro me había hecho sentir tanto respeto por la palabra “esperar”. En Huecos, esperar no es pasividad: es resistencia. Es negarse a aceptar el olvido como destino. Las mujeres que habitan estas páginas son madres, hermanas, esposas, pero sobre todo son guardianas de la memoria. Ellas buscan no solo a sus seres queridos, sino también la dignidad, la verdad, la justicia.
Leer Huecos fue como asomarme a un pozo y ver mi propio reflejo temblando en el agua. No puedo llenar esos vacíos, pero sí puedo mirarlos. “No podemos llenar los huecos —escribe Chantal Flores—, pero podemos mirarlos. Nombrarlos. Sostenerlos entre las manos para que no se vuelvan olvido.” Esa línea se me quedó tatuada. Me recordó que mirar el dolor de los otros también es una forma de amor.
Cuando cerré el libro, no sentí alivio. Sentí una responsabilidad. Comprendí que leer algo así no es solo un acto de empatía, sino de memoria. Porque mientras alguien recuerde, mientras alguien escriba, mientras alguien pronuncie esos nombres, los desaparecidos siguen existiendo de algún modo.
Nunca imaginé leer esto y sentirme tan afectada. Huecos me enseñó que el dolor compartido puede transformarse en memoria, y que la memoria —cuando se sostiene con ternura— puede ser una forma de justicia. Este libro no busca consolar, busca despertar. Nos recuerda que los huecos no se llenan con olvido, sino con presencia, con escucha, con amor. Y aunque duele, hay algo profundamente humano en reconocer que incluso en medio de la ausencia, todavía hay vida.
Este es uno de estros libros, a los que ni siquiera le quieres poner una calificación por qué se siente extraño que toque temas tan sensibles y que todo se convierta en unas simples estrellas, para mi este libro va mucho más allá.
Es un libro profundo, que habla de las desapariciones forzadas y cómo se vivieron desde diferentes entidades, cuenta fragmentos de la vida de seis mujeres en México, Colombia, Bosnia, Kosovo y Serbia después de que sus hijos, hijas, maridos, hermanos fueran desaparecidos o asesinados. La profundidad con la que lo cuenta, te hace sentir cómo si estuvieras viviendo el duelo con ellas, recuerdo como se me enchinaba la piel al leerlo. Es un libro crudo pero que todxs deberíamos leer.