El autor se eleva por encima de la mediocridad en alza en el campo de la filosofía "objetivista" de la subjetividad y de la filosofía "cientifista" de lo humano. Esto es, no cae en los reduccionismos analíticos, cognitivistas o cientifistas (genetismo, neurocentrismo, etc) que tan a sus anchas invaden los mass media, el periodismo de divulgación y, terriblemente, por ciertos entornos académicos.
En ese sentido, y dada su fama, es de agradecer su puesta en valor del lenguaje humano, subrayando cómo la comunicación no es su fin primordial; su exposición clara acerca de los equívocos acerca de la "inteligencia" artificial, su enaltecimiento del arte y de la estética -donde se trasciende lo meramente utilitario y se entra en un universo de trascendencia- y un largo etcétera. El asunto es que todo esto se lleva diciendo, especialmente en la filosofía "continental", por no hablar de tantas ramas de la psicología y la antropología, desde hace décadas. Aun así, debido a lo comentado en el primer párrafo se entiende que sea necesario -una vez más- afirmarlo.
Sin embargo, Gómez Pin se ancla a discursos un tanto convencionales, más que redichos (¡lo que menciona de Aristóteles y Kant lleva siendo dicho casi un siglo!), mencionando autores y obras del acervo clásicas ignorando tantas dimensiones filosóficas de las últimas décadas. Sí, claro, menciona a De Waal (es ya un lugar común hacerlo), pero no sabe polemizar o generar dialéctica ni con éste ni con Westermack. ¿No ha leído a Derrida o a Cimatti, autores que habrían provocado, al respecto de lo animal, una mayor profundización y tensión? Por no hablar del asunto tecnológico, donde no parece tampoco sacar especial partido a la fecundidad de la filosofía de la tecnología. Y, con respecto a la estética, se parapeta en discursos que casi rozan el sentido común (quizás habrían sido todavía elocuentes hace décadas pero, a día de hoy, hay autores mejores).
Hay demasiada glosa y extensión en este ensayo, y pese a que el autor se posiciona la cautela y no renuncia a autores tan diversos como Freud, Quignard o Calasso, actuando de contrapeso a Bell o Pinker, no parece que haya sido capaz de promover ni un nuevo horizonte ni tampoco saber como otorgarle altura a ciertos debates. No dice tonterías, claro está, e intenta divulgar aspectos que hoy corren el riesgo de obviarse, pero su retórica, más pensada para alguien de cierta cultura, impediría lo que posiblemente habría sido su mejor destinatario: un público amplio. Al fin y al cabo, no se puede hablar de un nivel deslumbrante, por mucho que se empeñe en analogías y ejemplos que poco aportan.