Algunas de las ideas de este compendio de ideas:
Todas las religiones afirman que hay alguna clase de vida después de la muerte. Al parecer es lo que define a una religión o la distingue de filosofías o sabidurías o ascetismos. Y es una de las cosas que más me disgustan de la religión, esa negación timorata de la muerte como lo que realmente es, una aniquilación completa y definitiva. Me disgusta no sólo por la cobardía que refleja y por la frívola necedad de reemplazar un hecho clamoroso de la realidad por una ilusión sin ningún fundamento, sino por algo que encuentro mucho más grave; por excluir al hombre del orden de la naturaleza. El fenómeno histórico de la vida, al que le debemos todo, no existe sin la muerte. Pretender exceptuarnos, en razón de un privilegio tan dudoso como el espíritu o la conciencia, me parece un sacrilegio, o peor: una deslealtad con el resto de los seres vivos (y no excluyo a las moscas ni a los árboles).
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En el futuro se había inventado un software maravilloso, de no creer; pero existía de verdad. Uno escribía en su computadora cualquier cosa, no palabras sino letras y espacios a ciegas, poniendo los dedos al azar en el teclado, hasta llenar una página, o dos, o cien, las que quisiera. No importaba el galimatías que quedara, como el del mono de la fábula sentado a la máquina de escribir. Después ponía a actuar el programa, que era básicamente un decodificador. Trataba a esa acumulación de letras y espacios como un texto escrito en clave, y descubría ésta. El desciframiento podía hacerlo el programa mismo, en segundos, o podía hacerlo el usuario si quería entretenerse. Disponiendo de la clave, era un trabajo mecánico, no difícil pero sí laborioso, porque se trataba de claves complicadísimas. Algunos lo disfrutaban, y hasta se volvían adictos. El texto resultante tenía sentido, dado que el programa elegía, entre los miles de millones de posibilidades, la que diera el
sentido más coherente al todo. Se ayudaba con programas auxiliares que tenían archivados, y revisaban en microsegundos, todos los géneros, estilos y procedimientos de la historia de la literatura. Aparecía, sorprendente, inesperado, ante los ojos del usuario, que en cierto sentido (y en el sentido legal sin duda alguna) era su autor. Él lo había escrito, pero hasta que no lo leía no sabía de qué se trataba. Los escritores que tenían este programa (se podía bajar gratis de la web, pero se necesitaba una computadora muy potente) empezaron a escribir con él sus libros, que tuvieron tanta aceptación como los libros escritos del modo convencional, de los que no se distinguían mayormente.
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Toda vanguardia, llevadas sus premisas a las últimas consecuencias, desemboca en la muerte del arte tal como lo conocemos: actividad pequeño burguesa, individualista, casi siempre mercenaria, vanidosa, capitalista. El camino hacia esa conclusión fatal es el de una progresiva reducción del tiempo que lleva realizar la obra de arte. Es como si todo lo viejo y descartable del viejo arte que ya
no queremos estuviera representado por el tiempo que llevaba hacerlo, la paciencia que había que tener con los materiales, y antes con el aprendizaje. Todos los vanguardismos, por distintos que sean entre ellos, de un modo u otro van en esa dirección: primero a lo rápido, después a lo instantáneo, hasta llegar a lo ya hecho.
Es fácil suscribir estas posturas, es casi inevitable hacerlo si uno está comprometido con una idea honesta del arte, pero ahí uno descubre que lo que parecía marginal o accidental era, probablemente, la clave y soporte de todo lo demás. Quiero decir que es probable que las prácticas artísticas hayan tenido como fin principal (por raro que suene) ocupar el tiempo. Ocuparlo del modo más absorbente, más pleno, con menos culpa, con más justificación. Ocuparlo para la eternidad, pero dentro de la vida cotidiana del artista. Se dirá que esto equivale a poner al arte en el mismo plano que sacar palabras cruzadas o mirar televisión. De acuerdo. ¿Qué tiene de malo?
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¡Qué lastima que Poirot no exista! No porque él podría resolver todos esos crímenes en los que la policía no da en el clavo; a mí qué me importa que se resuelvan o no. Lo lamento por un motivo más personal, que quizás parezca frívolo o trivial. Me gustaría que él me interrogara en relación con un crimen sucedido, por ejemplo, en el edificio donde vivo, o en la vecindad, o en cualquier lugar por donde yo hubiera andado en los momentos cruciales. Entonces yo podría describirle con precisión (con la precisión del escritor que creo o quiero ser) ese pequeño signo que para mí no significa nada pero que aun así puedo poner en palabras: “Oí un sonido breve y chirriante al otro lado de la pared, como de metal contra metal.”
“Me llamó la atención que tenía colgando de los pelos de la barba un hilito blanco.”
“Alguien debía de haber estado regando las macetas esa mañana, porque había restos de agua en las baldosas.”
“Un cordón negro de hilo de seda, de unos treinta centímetros de largo, con una bolita dorada del tamaño de una arveja en el extremo.” “A esa hora el perro que había estado ladrando toda la noche se había llamado a silencio.”
Poirot sabría qué significaba exactamente ese dato, cómo encajaba en la historia; quizás no el dato en sí sino un adjetivo o un adverbio que yo habría intercalado en la frase sólo para agregar un detalle más. La precisión de mi discurso, su elegancia, no se perdería en el vacío, como lamentablemente sucede en mi vida real. Le daría sentido a la apasionada atención al mundo, que es el fundamento del arte de la palabra.
Si yo fuera poeta no tendría tanto motivo para lamentar la inexistencia de Poirot. Porque un poeta puede poner toda esa atención y precisión en el poema, donde cumplen una función, importan, dan la clave del poema. En lo que escribo yo, en cambio, son adornos gratuitos.