Me entretuvo, sí. Me gustó, a ratos. Me agotó, también.
Es un libro que se devora rápido, porque tiene ese ritmo de pensamiento acelerado, de personajes que corren sin saber muy bien hacia dónde. Javiera, la protagonista, es intensa, impulsiva, medio contradictoria. Y eso está bien, porque ¿quién no lo ha sido alguna vez? Hay momentos en los que me daban ganas de abrazarla y decirle “todo va a estar bien” y otros en los que la habría sacudido para que dejara de sabotearse. Al final, la historia no trata solo de una relación poliamorosa en Barcelona o de la amenaza que titula el libro, sino de ese proceso confuso en el que una persona intenta encontrarse y, de paso, no perderse del todo en los demás.
Tiene escenas brillantes, de esas que te sacan una carcajada o una mueca de reconocimiento incómodo. Paulina Flores sabe escribir diálogos rápidos, situaciones que parecen absurdas pero que, si lo piensas bien, podrían haberle pasado a cualquiera. También sabe golpear cuando toca, con frases que se quedan dando vueltas en la cabeza. Pero, por otro lado, hay momentos en los que la repetición cansa, como si el libro se quedara atrapado en un mismo bucle de deseo, frustración y contradicción sin llegar a una conclusión del todo satisfactoria.
Igual hay algo en esa repetición, en ese ir y venir de Javiera, que se siente demasiado real. Como cuando te obsesionas con un mensaje que no llega, con una conversación que no cerraste bien, con una historia que sabes que no va a terminar donde quieres, pero sigues ahí, dándole vueltas. Quizás ese es el mayor acierto del libro: no te dice nada nuevo, pero te deja atrapado en el mismo enredo en el que hemos estado todos alguna vez.